¿Vigencia de Jesucristo?

El cristianismo se expande de forma extraordinaria por el testimonio de vida de los primeros cristianos, tan bellamente descrito en la Carta a Diogneto del siglo II. “Mirad como se aman. Mirad como están dispuestos a morir el uno por el otro”, escribe Tertuliano entre los siglos II y III. Según estudios del norteamericano Rodney Stark, antes del año 313, cuando Constantino pone fin a las persecuciones de los cristianos, estos ya superaban el 10% de la población del Imperio Romano, y constituían ya más de la mitad de su población antes del año 380, cuando Teodosio adopta el cristianismo como religión oficial. Paganos ilustres, como Celso o Porfirio, se refieren con ironía a las numerosas conversiones de mujeres, que son un factor decisivo en la difusión evangélica.

Si no nos dejamos influir por el ruido ideológico interesado, el factor humanizador del cristianismo es indiscutible. Cómo lo es también que los grandes desastres de la humanidad en el siglo XX fueron causados por movimientos e ideologías ateos y anticristianos. O que hoy hay más libertad y un mayor reconocimiento y defensa de la dignidad humana, y de la mujer en particular, en los países de tradición cristiana que en los de otras tradiciones religiosas.

La gran cuestión radica en si en la sociedad actual, que vive en un relativismo y sincretismo (religión a la carta) similares a los del siglo II, el cristianismo puede volver a ser semilla de regeneración existencial, espiritual y moral, como lo fue entonces.  La gran cuestión es si el cristianismo hoy tiene algo importante que ofrecer a las mujeres y hombres del nuestro tiempo.

Creo que sí. Y la razón principal es que no se puede vivir sin identidad y sin sentido. Estamos en una sociedad que ha perdido el norte, el horizonte existencial, como vaticinó Nietzsche al anunciar la «muerte de Dios» (La gaya ciencia, 125). Hoy las buenas intenciones no encuentran un suelo suficientemente grueso donde arraigar y acaban siendo flor de un día. Retóricamente se defiende la familia, la ecología, la justicia social… Pero en la práctica lo que se impone en el día a día es la disolución o debilitamiento de los vínculos familiares, la crisis medioambiental, y una desigualdad social creciente.

Las nuevas generaciones sufrirán cada vez más en sus vidas esta crisis de identidad y existencial, y ya no se conformarán con remedios aparentes y sucedáneos. Los jóvenes buscarán cada vez más razones para discernir el sentido de su vida y el camino a seguir para que ésta no naufrague en medio de la confusión general.

Von Balthasar afirma: «La verdad cristiana es sinfónica… Pero la sinfonía no supone de ninguna manera una armonía azucarada y sin tensiones. La música más profunda y sublime es siempre dramática, es acumulación y resolución a un nivel más elevado de tensiones, de conflictos «.

A diferencia de los poderes que hoy dominan el mundo, la Iglesia no engaña a nadie, no predica lo que gusta oir. El cristianismo no es para gente resignada o acomodada, como lo acredita la vida de los miles de santos de la historia. El cristianismo no es una moral del «no», tal como nos han hecho creer sus detractores. Sus «no», en realidad son grandes «sí» a la defensa de la vida humana, de la familia, del amor conyugal y de la dignidad de la persona.

El cristiano sabe que el único cambio verdadero es el que empieza por uno mismo, y sabe que esta conversión personal, motor de todas las verdaderas transformaciones sociales, sólo es posible confiando plenamente en Aquel que nació humildemente hace dos mil años en Belén. Feliz Navidad!

(Versión traducida al castellano por el propio autor)

Publicado en el Diari de Girona el 25 de diciembre de 2019

 

 

 

 

 

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