La expresión «línea roja“ se ha puesto de moda para denominar actos que cruzan una frontera conceptual y crean una situación irreversible y nefasta. Es lo que antiguamente se llamaba “ir demsiado lejos” o, coloquialmente, “pasarse de la raya”. Pero en en el término “línea roja” sobre todo tiene relevancia el matiz de la irreversibilidad: lo que se quiebra atravesando la imaginaria línea no puede volver a unirse, la rotura es irreparable y definitiva. Cada vez se habla más de líneas rojas y cada vez se las cruza con más frivolidad, de modo que los destrozos de tantas transgresiones resultan catastróficos.
Desde hace unos días Donald Trump agravia y acosa verbalmente al Papa León XIV. En realidad, los improperios, las extravagancias y las groserías de Donald Trump no son nada nuevo, forman parte de su repertorio habitual. No es el único que ejerce esta clase de política: en incontables países y gobiernos, así como en partidos de las más variadas ideologías, las muy malas maneras, la mentira, la calumnia y la afrenta se han convertido casi en norma universal de comportamiento.
un Papa no es un jefe de estado “cualquiera”, porque no representa a una nación, sino a la comunidad humana más cosmopolita que existe y que está repartida por todo el globo
El mayor problema en este caso es que León XIV no es un político cualquiera, sino un jefe de estado extranjero. Ya sabemos que, en general, los presidentes estadounidenses no suelen sentirse obligados a tratar con muchos miramientos a sus colegas de otros países. Donald Trump parece sentir menos que ningún otro la obligación de guardar las formas. Ahora bien, un Papa no es un jefe de estado “cualquiera”, porque no representa a una nación, sino a la comunidad humana más cosmopolita que existe y que está repartida por todo el globo: 1.400 millones de católicos. Y los representa de modo mucho más serio, más hondo, más verdadero e incluso más íntimo que cualquier dirigente político.
¿Por qué? Simplemente porque las naciones son instituciones humanas, artificiales y muy perecederas y sus gobernantes están sometidos a estas circunstancias. Desde que existe el cristianismo (casi dos milenios) ¡cuántas naciones han surgido y desaparecido sin dejar rastro! ¡Cuántas hay hoy que dentro de unos años o siglos no serán más que un recuerdo en los libros de historia!
El Papa no representa solamente a los católicos, sino también a una Verdad inextinguible que permanece cuando las naciones se disuelven. Para los católicos el Papa es el Vicario en la Tierra de esa Verdad trascendente. Atacar y acosar al Papa es cruzar una línea muy roja, rojísima.
la crítica al Papa ha de estar justificada, bien argumentada y expresada con el debido respeto. Pero Trump ni siquiera es católico y no digamos ya teólogo…
Desde luego, los Papas son criticables, ya que son humanos y necesariamente imperfectos, los ha habido buenos, malos y mediocres. Pero quienes en primer lugar pueden criticarlo son los competentes para discernir sobre sus dichos y hechos. Es decir, quienes saben algo de teología. O, como mínimo, quienes son católicos. Y la crítica al Papa ha de estar justificada, bien argumentada y expresada con el debido respeto.
Pero Trump ni siquiera es católico y no digamos ya teólogo… Pedirle a Donald Trump que antes de criticar al Papa cumpla alguno de los requisitos enunciados, es pedir demasiado: evidentemente estamos ante una persona que lamentablemente padece un desequilibrio mental considerable. Lo suyo no es una neurosis, una depresión, un trastorno de ansiedad, de personalidad, una anorexia o cualquiera de las perturbaciones que en nuestros días y en nuestra sociedad ya no se salva casi nadie. No, lo suyo es algo más grave.
Lo vemos en las imágenes que publica de sí mismo. En una se presenta como un segundo Cristo sanando a un enfermo, mientras una admiradora le reza mirándolo embelesada. En otra se muestra al lado de un Cristo que lo abraza afectuosamente mientras en el fondo se ve una bandera de los Estados Unidos. Estas blasfemias serían de una magnitud inconmensurable, si no supiéramos que vienen de una persona seriamente perturbada.
No suelen sobresalir los presidentes estadounidenses por su gran intelecto, pero al menos la mayoría poseía antaño un cierto grado de sensatez
Donald Trump no es el problema. El problema es el sistema del que forma parte, una nave de la que él, en realidad, no parece ser el piloto, sino más bien el mascarón de proa. No es la primera vez que al frente de la mayor potencia del mundo vemos a un presidente incapacitado. Su antecesor, el demócrata Joe Biden (ése sí católico, al menos nominalmente), era un débil mental aquejado de una senilidad que mermaba su capacidad intelectual de modo imposible de disimular.
No suelen sobresalir los presidentes estadounidenses por su gran intelecto, pero al menos la mayoría poseía antaño un cierto grado de sensatez que en los últimos tiempos se echa trágicamente de menos. El verdadero problema no son, como decíamos, estos personajes extraviados, sino su entorno y los hilos que los mueven.
Dos de los principales miembros del gobierno de Trump afirman ser católicos: el vicepresidente Vance y el secretario de estado Rubio.
¿Cómo reaccionaría un católico consecuente, sensato y honesto que formara parte del gobierno de Trump en una situación como la actual? No es difícil adivinarlo: o bien pediría perdón al pontífice e intentaría convencer al presidente de su error, o dimitiría y expresaría claramente su desacuerdo con el presidente. Pero no ha ocurrido nada de esto.
Dos de los principales miembros del gobierno de Trump afirman ser católicos: el vicepresidente Vance y el secretario de estado Rubio. Ninguno de los dos se ha distanciado de las declaraciones de Trump ni de sus blasfemias. Rubio, que en sus 55 años de vida ha cambiado tres veces de religión (primero católico, luego mormón, más tarde baptista y ahora, por el momento, de nuevo católico) ha guardado silencio, a pesar de que su posición como ministro de asuntos exteriores lo convierte en principal responsable de las relaciones internacionales en el gabinete.
Su rival por la sucesión de Trump, el vicepresidente Vance, ni siquiera ha sido capaz de callar: en unas primeras declaraciones, afirmó que el Papa no debía meterse en asuntos políticos, que debía limitarse a los morales, como si la política pudiera estar al margen de la moral; más tarde se atrevió a advertir a León XIV de que tuviera más cuidado cuando hablase de teología.
Durante una reciente entrevista televisiva afirmó estar obsesionado por los OVNIS.
Uno se pregunta qué competencia tiene el vicepresidente de los E.UU. para hacer tales advertencias. Vance no es teólogo, fue cabo del ejército en el Irak y luego se licenció en ciencias políticas y se doctoró en derecho. Durante una reciente entrevista televisiva afirmó estar obsesionado por los OVNIS. Interrogado por el presentador acerca de este tema respondió: “No creo que sean extraterrestres, creo que son demonios, pero ese es un tema para un debate más extenso”.
Como su interlocutor insistió en que contara algo más sobe el asunto, dijo: “Bueno, mira, creo que los seres celestiales que vuelan por ahí, que les hacen cosas raras a la gente… Creo que el deseo de atribuir todo lo celestial, todo lo que es de otro mundo, describirlo como extraterrestres… Quiero decir, todas las grandes religiones del mundo, incluido el cristianismo, en el que creo, han entendido que hay cosas raras ahí fuera”. No parece la respuesta de un teólogo, pero ni su profundísima ignorancia ni el ser un recién llegado al catolicismo (se convirtió en 2019) le impiden dar lecciones de teología al Papa…
Sin embargo, como sus opiniones son muy mudables, ahora, al cabo de varios días, intenta congraciarse con el pontífice y declara contrdiciéndose a sí mismo que «el papa León predica el Evangelio, como debe ser, y eso implica inevitablemente que exprese sus opiniones sobre las cuestiones morales de actualidad», a lo que añade: «Estará en nuestras oraciones, y espero que nosotros estemos en las suyas». Para que estas oraciones sean efectivas el gobierno estadounidense deberá cambiar muchas cosas, porque como ha dicho León XIV en Camerún, Jesucristo “no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra”.
J.D. Vance no parece ser un hombre de convicciones precisamente muy firmes. Cuando nació se llamaba James Donald Bowman. Más tarde adoptó el apellido de su padrastro, Hamel, y cambió Donald por David. Pero el nombre de James David Hamel tampoco le satisfizo por mucho tiempo, pues unos años después se sometió a una nueva metamorfosis onomástica y pasó a llamarse James David Vance (el apellido de su madre).
En cuestiones de religión tampoco ha sido ha sido un modelo de constancia: originariamente fue protestante, a los 23 años se hizo ateo y desde hace 7 años se declara católico. En política se ha mostrado igualmente inestable, pues pasó de ser un enemigo enconado de Trump, al que combatía públicamente, a convertirse en adalid de su política y, sobre todo, en su vicepresidente y posible sucesor.
Así pues no es alguien de comportamientos consecuentes y fidelidad a la palabra dada. Tal vez la raíz de su inconsistencia esté en su propio pasado, pues proviene de una familia muy conflictiva y de rasgos cercanos a la marginalidad. No es culpa suya, si tuvo tal desgracia, pero tampoco tienen que sufrir otros por las debilidades de un político cuyos fundamentos existenciales fueron tan desfavorables.
para ser católico no basta con asumir una posición justa y meritoria en temas de género y de aborto
Desde luego, Vance ha defendido en política posiciones muy propias del catolicismo: se ha mostrado muy contrario a la ideología de género, partidario de la familia tradicional y enemigo del aborto, si bien en este campo la acción del gobierno del que forma parte ha sido más retórica que otra cosa, pues en el fondo todo sigue igual. Sin embargo incluso en estos asuntos lo persigue la contradicción, pues es amigo y su carrera política ha gozado del patrocinio del multimillonario Peter Thiel, quien está “casado” con otro hombre…
Ahora bien, aun dejando de lado esta inconsecuencia, para ser católico no basta con asumir una posición justa y meritoria en temas de género y de aborto: el catolicismo, y el cristianismo en general, no se limitan a eso, son muchísimo más.
La política social y económica del gobierno de Trump está a remota distancia de la doctrina social que la Iglesia viene enseñando no desde León XIII, sino ya desde San Juan Crisóstomo. En relación a la conservación de la naturaleza como obra y don de Dios, la política de los republicanos disiente del magisterio de Juan Pablo II, de Benedicto XVI, el Papa que puso los fundamentos teológicos de la doctrina pontificia en esta materia, y de Francisco I. La exaltación del recurso a la fuerza militar y la defensa de la libertad de los ciudadanos para poseer y usar armas de fuego constituyen la antítesis del mandamiento de paz presente en todos los aspectos del magisterio de Cristo.
San Agustín describía en La ciudad de Dios: “Sin justicia ¿qué son los estados, sino grandes bandas de ladrones?”
Pero aún más grave es el desdén del derecho y del orden basado en la justicia. Cuando Trump afirma que le basta con su propia moralidad y con su propia mente y que no necesita ningún derecho internacional, y cuando los miembros de su gobierno callan y conceden, si no es que corroboran explícitamente tales pretensiones, hemos llegado a lo que San Agustín describía en La ciudad de Dios: “Sin justicia ¿qué son los estados, sino grandes bandas de ladrones?”
Porque sin respeto al derecho, sólo ateniéndose soberbiamente a la propia opinión y voluntad, la justicia es imposible. Hoy se está repitiendo lo que San Agustín cuenta en el mismo capítulo de La ciudad de Dios: Alejandro Magno preguntó a un pirata si le parecía bien estar infectando el mar de piratería. El interrogado respondió: “Lo mismo que te parece a ti lo que haces con el mundo entero; pero como yo lo hago con un barquichuelo, me llaman pirata; a ti, porque lo haces con una flota, te llaman emperador”.
Y contra esto ha clamado León XIV: contra la rapiña y la violencia disfrazadas de autoridad, contra la guerra fuera de todo derecho, contra el estado convertido en banda de ladrones, contra el desorden moral y político, contra el caos. Ha hecho lo mismo que Pío X cuando, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, el embajador de Austria-Hungría le pidió la bendición para sus soldados, a lo que el pontífice respondió: “Yo bendigo la paz, no la guerra”. Y ha hecho lo mismo que Pío XII cuando condenaba las violencias de la Segunda Guerra Mundial y que Juan Pablo II cuando clamaba contra las Guerras del Golfo. Es decir, ha cumplido con su misión como Vicario de Cristo.
Un Papa no puede mezclarse en todos los asuntos políticos, sería inaceptable, por ejemplo, que recomendara el voto para uno u otro partido. Pero ello no significa que su misión acabe donde empieza la política, que es la actividad social y humana por excelencia y que como tal debe estar regida por la moralidad. Y ahí tiene el Papa algo que decir…
Muchos cristianos, justamente decepcionados por ideologías explícitamente hostiles a su religión, buscan desesperadamente una opción política y creen encontrarla cuando hallan una cuyos dirigentes se llaman a sí mismos cristianos y ofrecen unos cuantos argumentos que coinciden con las tradiciones de la fe. Pero para ser cristiano no basta con apropiarse de unos cuantos argumentos y usarlos de bandera. Por sus frutos los conoceréis.
El primer fruto de la guerra denunciada por León XIV fue, el primer día de la contienda, el bombardeo de una escuela en la ciudad iraní de Mirab. Murieron más de 160 personas, la gran mayoría niñas de entre 7 y 12 años. Después del primer ataque, mientras los padres de las alumnas y los sanitarios intentaban ayudar a las víctimas, se produjo un segundo bombardeo. No es una técnica de exterminio nueva, se empleó, por ejemplo, en 1945 en Dresde, donde, mientras se efectuaban las labores de rescate, la aviación británico-estadounidense lanzó una segunda oleada de bombas que masacró a los supervivientes y a los equipos de rescate.
El ataque a Mirab no fue ningún error. Los mismos que fueron capaces de encontrar y matar al hombre mejor protegido del Irán, el ayatolah Jamenei, y a gran parte de su familia ¿no sabían que en Mirab estaban atacando una escuela? ¿Quién puede creerlo? ¿Ha habido muestras de arrepentimiento? ¿Se ha intentado siquiera salvar las apariencias? ¿Puede un Papa callar ante guerras como ésta?
de qué modo Israel, el gran aliado de los Estados Unidos en el actual conflicto, está tratando a los cristianos en Tierra Santa
Especialmente alarmante es el hecho de que no sólo Donald Trump y su vicepresidente se muestran insolentes frente al Vicario de Cristo. En dos artículos recientes recordábamos en estas mismas páginas de qué modo Israel, el gran aliado de los Estados Unidos en el actual conflicto, está tratando a los cristianos en Tierra Santa[1]. ¿Es puramente casual esta coincidencia en la hostilidad hacia la Iglesia? No lo creemos.
Los católicos tenemos deberes morales que también inciden en la política: tener los ojos abiertos, no dejarnos engañar por falsos profetas, jamás dar a las ideologías (las que sean) preeminencia sobre el magisterio de Cristo y, sobre todo, mantenernos fieles a la Verdad. Aunque cueste y aunque duela.
[1] conversesacatalunya.cat/es/la-agonia-del-cristianismo-en-tierra-santa/ y conversesacatalunya.cat/es/israel-contra-los-cristianos/
Trump contra el papa León XIV: cuando la política cruza sus propias “líneas rojas”. Un análisis sobre poder, fe y los límites morales que ya nadie parece respetar. #LeónXIV #Trump Compartir en X





