Hace poco se ha sabido que los países de la Unión Europea han acordado prohibir las importaciones de petróleo de Rusia. El acuerdo, cuyo objetivo es retirar al Kremlin una fuente de financiación por la guerra de Ucrania, incluye una excepción temporal para Hungría, Eslovaquia y Chequia, tres países particularmente dependientes del oro negro ruso.

Este enésimo embargo tiene dos aspectos profundamente negativos.

El primero es que corre el riesgo de tener escaso impacto sobre Rusia. A pesar de las numerosas sanciones ya existentes, Rusia ha seguido exportando recursos energéticos a los países europeos aprovechando las numerosas zonas grises de los textos legales. Tampoco es que la demanda mundial de los recursos rusos escasee. Además, parece muy improbable que esta nueva punición modifique ni siquiera en una coma la postura política de Vladimir Putin.

Ahora mismo la política europea para Ucrania se limita a facilitar la continuación del conflicto bélico, con todas sus implicaciones humanas y económicas

La segunda implicación negativa de las nuevas sanciones es que demuestra que Europa no tiene ninguna propuesta para poner fin a la guerra, más allá de seguir ayudando militar y financieramente a Ucrania y castigar a Rusia. Es decir, la política europea para Ucrania se limita a facilitar la continuación del conflicto bélico, con todas las implicaciones humanas y económicas que esto supone.

Hasta ahora, Europa no ha puesto sobre la mesa ninguna propuesta de paz, ni ha hecho el menor esfuerzo para sentar a los beligerantes en una mesa de negociación. La Comisión Europea «más geopolítica de la historia», la que sueña con la autonomía estratégica de la UE, es en realidad la que más se ha puesto en manos de Estados Unidos y la que menos ha hecho para avanzar los intereses geopolíticos europeos.

¿Cuáles son las consecuencias de esta política, o más bien, de la ausencia de una verdadera política europea hacia Ucrania?

La primera es la cifra de víctimas mortales: las estimaciones más conservadoras la sitúan en 20.000 muertes entre los rusos, y una cifra equivalente o cercana entre los ucranianos. Es decir, nos acercamos ya a los 50.000 muertos, una cantidad que no tiene en cuenta a los mutilados de guerra ni a los otros heridos que sufrirán daños físicos irreversibles, ni tampoco a los miles de niños huérfanos y todos los problemas sociales derivados.

La segunda consecuencia es la demolición económica de Ucrania, un país de entrada extraordinariamente pobre y subdesarrollado, incluso para los estándares post-soviéticos. A modo de ejemplo, Bielorrusia tiene un PIB per cápita que dobla al de su vecina Ucrania.

Después de 8 años de la revolución pro-occidental de la Euromaidán, Ucrania no ha logrado recuperar el PIB per cápita que tenía en 2013.

Gran parte de la culpa la tiene la corrupción que impera en el país. Aunque Ucrania ha mejorado un poco en el ranking de corrupción percibida de Transparency International, en 2021 el país ocupaba todavía la posición 122 sobre 180 países puntuados. Tan sólo 3 puntos la separaban de Rusia, país que es percibido en Occidente como mucho más corrupto que Ucrania.

Este año, se prevé que el conflicto reduzca el PIB ucraniano en un 45%, un porcentaje que podría ser incluso superior si se confirma el actual escenario de guerra larga en el que trabajan la mayor parte de analistas. Rusia, por su parte, podría perder entre un 12% y un 15% del PIB.

Para llegar a un nivel económico que haga viable la entrada de Ucrania en la Unión Europea podrían pasar décadas

Nadie sabe cuántos años va a costar que Ucrania se recupere de una caída tan brutal de su producto interior bruto. Para alcanzar un nivel económico que haga viable la entrada en la Unión Europea podrían pasar décadas.

Tampoco se sabe de dónde saldrán los miles de millones de dólares que Ucrania necesitará para reconstruirse. Una suma en cualquier caso astronómica y que aumenta con todos los días de conflicto.

Se habla mucho de un plan Marshall para Ucrania, pero la realidad es que tanto Estados Unidos como Europa se están preparando precisamente para subir los tipos de interés, que es sinónimo de ajustarse el cinturón . Los países europeos en particular necesitarán cada euro disponible para pagar la deuda astronómica de la pandemia y los excesos cometidos durante años de dinero fácil garantizado por el Banco Central Europeo.

En 2023, cada país deberá volver a valerse por sí mismo, colocando su deuda en los mercados. Veremos quién dará dinero a Ucrania después de este cambio de paradigma.

La tercera consecuencia serán las facturas energéticas disparadas para obtener el gas licuado proveniente de Estados Unidos y el petróleo de los países de la OPEP, que han dejado claro repetidamente que no tienen ninguna intención de realizar un acto caritativo con los europeos que compense su propio embargo en Rusia.

Esto, sumado con las enormes dificultades exportadoras de China a raíz de su gestión de la pandemia, seguirá incrementando la inflación, particularmente después del verano, cuando vuelva el frío.

En definitiva, la actual política europea hacia Ucrania no sólo contribuye a alargar el conflicto, con las consecuentes pérdidas humanas y económicas para los ucranianos, sino que hace que Europa se convierta en el principal perdedor no beligerante, tanto en términos políticos como económicos.

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