Hay líderes que esperan los conflictos y otros los provocan. En la política contemporánea, el choque no es un accidente: es una herramienta. Pedro Sánchez lleva tiempo jugando con esta hipótesis. Y finalmente, el conflicto que orbitaba en torno a su estrategia exterior ha estallado: el enfrentamiento con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya no es una insinuación retórica, sino una realidad verbal de una dureza inédita.
La pregunta no es si el conflicto se ha producido, sino si era buscado.
La política española vive en un ciclo electoral permanente. La posibilidad de un adelanto de las elecciones generales, haciéndolas coincidir con las andaluzas, es una carta que nunca desaparece del todo de la mesa. Un choque internacional de alto voltaje puede cohesionar el voto propio, polarizar el escenario y desplazar el eje del debate hacia un terreno emocional en el que el presidente se mueve con habilidad. Además, podría amortiguar el impacto de una eventual derrota en Andalucía que afectaría directamente a su número dos en el gobierno y el partido.
El conflicto exterior como instrumento de política interior: una operación arriesgada pero no irracional.
El problema radica en que los actores internacionales no son figurantes de una campaña española. Las palabras atribuidas a Trump —calificando a España de “aliado terrible” y amenazando con represalias comerciales, aranceles e incluso con el uso unilateral de las bases de Base Naval de Rota y Base Aérea de Morón— introducen un elemento de incertidumbre que supera el cálculo táctico. Las relaciones bilaterales con Estados Unidos no son simbólicas: afectan a defensa, comercio, energía y seguridad.
En la narrativa oficial del sanchismo, los acuerdos con Washington —de raíz franquista— son vistos como una herencia incómoda, casi comparable a lo que la ley de Memoria Democrática considera vestigios del pasado. Resulta paradójico que en un gobierno tan proclive a la «resignificación» simbólica no se haya planteado una resignificación estratégica de estas bases. ¿Por qué será?
Pero el segundo vector del problema es aún más delicado: el choque no está solo con Washington, sino con Europa.
Enfrentarse a Estados Unidos en el contexto actual ya es arriesgado; hacerlo desmarcándose del núcleo duro europeo es temerario. Alemania, bajo el liderazgo de Friedrich Merz, ha reforzado su apuesta de apoyo a Trump, como se ha hecho evidente en su visita al despacho Oval, simultáneamente al conflicto con Sánchez. Francia impulsa una arquitectura de seguridad europea con dimensión nuclear propia. Reino Unido, Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca se alinean en una concepción más robusta del paraguas estratégico; Madrid no quiere saber nada.
Felipe González entendió que el eje Madrid-Berlín era estructural para el encaje español en Europa. Cultivó relaciones con Helmut Kohl a pesar de la divergencia ideológica. Sánchez, por el contrario, parece preferir la confrontación retórica y el juego de posiciones. Quizás calcula que su electorado premia la distancia con Trump más que penaliza la tensión con Berlín. Quizás. Pero Alemania no es un actor menor: es la potencia económica central de la Unión. ¿Contra EE.UU., Alemania y el eje europeo al mismo tiempo? ¿Es esta la política internacional que favorece los intereses de la gente?
España firma compromisos en el marco de la OTAN -NATO- pero anuncia simultáneamente que no alcanzará el 5% del PIB en gasto de defensa, quedándose en torno al 2%. La inteligencia táctica consiste en estar dentro del acuerdo y fuera del coste. El problema es que los aliados saben contar también.
A esta ecuación se le añade un tercer factor: Irán.
El régimen de Teherán no es una democracia imperfecta, sino una teocracia dictatorial y represiva con vocación expansiva. Ha proyectado poder mediante actores como los hutíes en Yemen, ha convertido a Hezbollah en un estado dentro del Estado en Líbano, ha financiado a Hamás y ha desarrollado un programa nuclear que inquieta desde hace años a la Agencia Internacional de la Energía Atómica.
Reducir el debate a una apelación formalista a los tratados internacionales o a una invocación abstracta de Naciones Unidas puede parecer elegante, pero corre el riesgo de ignorar la naturaleza del régimen al que se enfrenta Occidente. La guerra, como decía Juan Pablo II, es mala porque es guerra, y no por una lógica tan forzada como la que quiere aplicar España, que ha merecido, algo difícil, el elogio del régimen iraní, pero también la amenaza de su embajador si no nos portamos bien.
Si un conflicto en Oriente Medio tensiona los recursos militares estadounidenses y desvía munición y capacidad logística del frente ucraniano, la presión sobre la Unión Europea aumentará. Y aquí emerge la pregunta incómoda: ¿Está España preparada para asumir un esfuerzo adicional sostenido? Con una deuda elevada, una economía con déficits estructurales y un gasto militar contenido, la respuesta es obvia.
Y todavía está el sur.
Marruecos es un privilegiado aliado de Washington. En un escenario de reconfiguración de alianzas, Rabat podría reforzar su posición estratégica. España ya dio un giro histórico en la cuestión del Sáhara Occidental, alterando su compromiso tradicional con el pueblo saharaui. Sin embargo, si el vecino del sur aprovecha la coyuntura para presionar en materia migratoria o territorial, la Moncloa se encontraría con un frente adicional abierto. La gestión de los flujos migratorios por el sur peninsular y la entrada masiva de droga son indicadores que generan tensión social.
Todo ello configura un escenario de alta volatilidad.
La aversión a Trump –y especialmente en sectores amplios de la izquierda española– es profunda, casi visceral. Pero la política exterior no puede reducirse a una pulsión emocional. Requiere cálculo frío, jerarquía de intereses y conciencia de correlación de fuerzas. El odio puede ser un combustible electoral, pero es un mal consejero estratégico.
En ese contexto, el episodio simbólico de la intervención de Melania Trump ante el Consejo de Seguridad de la ONU fue criticado por el feminismo de la cuota y la represión, en lugar de celebrarlo como un avance.
Sánchez ha decidido jugar en un terreno donde cada movimiento tiene repercusiones que superan el calendario electoral. Quizá obtenga rendimientos a corto plazo. Quizá consolide su relato de resistencia ante un Trump percibido como antagonista civilizatorio. Sin embargo, también puede abrir una fractura con los principales aliados occidentales en un momento de redefinición global.
La historia suele ser severa con los dirigentes que confunden el escenario con el decorado.
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