Sí, señoras y señores: Enric Juliana, ese gran florentino de la crónica política, ya ha encontrado la fórmula para afrontar las encuestas que no encajan con el relato que se está construyendo sobre Pedro Sánchez. A partir de ahora serán, según escribe en La Vanguardia, «móviles cual pluma al viento». La imagen, tomada del aria más conocida de Rigoletto, es magnífica. El problema es que Verdi componía una ópera y Juliana pretende explicar unas elecciones.
¿Por qué los sondeos, hasta ahora bastante consistentes, deben volverse de repente volátiles? Por las «nuevas texturas» de la situación política y social, nos dice. ¡Texturas! La palabra tiene una elegancia innegable: parece que pueda sustituir a las cifras sin necesidad de discutirlas. Pero la política no es un tapiz y las encuestas no son plumas que el viento reparta según las necesidades narrativas de cada domingo.
La cuestión es otra. El objetivo que parece perseguir la campaña socialista es instalar una idea: Sánchez puede acabar siendo el líder del partido más votado. No necesariamente el que gobierne, que es una cuestión muy distinta, sino el primero en número de votos. Una victoria simbólica con la que presentar una derrota parlamentaria como un triunfo moral y preparar el relato del día siguiente.
No sería precisamente una continuación de su trayectoria inmediata. En 2023, el PP obtuvo 137 diputados y el PSOE, 121. Sánchez conservó la presidencia porque reunió 179 apoyos para la investidura. Es perfectamente legítimo: vivimos en un régimen parlamentario. Precisamente por eso, ahora resulta curioso el esfuerzo por convertir la primera posición en una especie de título de propiedad política.
Hollywood llega a Fuenlabrada
Mientras tanto, la campaña ha incorporado otro género: el melodrama. El 17 de octubre, en Fuenlabrada, Sánchez declaró públicamente su amor a Begoña Gómez. Hubo emoción, abrazo y beso. Hollywood, con las siglas del PSOE como productor ejecutivo. El afecto matrimonial merece respeto; transformarlo en una escena central de un mitin puede ser perfectamente legítimo… y arriesgado.
El detalle incómodo es que Begoña Gómez afronta un juicio con jurado popular por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación. Tiene, naturalmente, derecho a la presunción de inocencia y a defenderse. Pero precisamente porque la causa debe decidirse sobre la base de las pruebas, y no de las simpatías o antipatías, sorprende que se exponga su imagen a una identificación tan intensa con el candidato que divide al electorado.
El riesgo no es que un beso constituya una irregularidad jurídica. No lo es. El problema es que la escenificación política dificulte, al menos en la percepción pública, separar a la persona acusada del presidente. Un jurado debe valorar hechos, no votar a favor o en contra de Sánchez. Situar a su mujer en el centro del espectáculo de campaña puede ser sentimentalmente eficaz; como ejercicio de prudencia jurídica y de defensa de los intereses de la inculpada, es mucho más discutible.
Por eso, quienes viven las azarosas circunstancias de un juicio anunciado buscan mantener el perfil público lo más bajo posible, como Zapatero. Afrontar la siempre difícil prueba de un jurado popular de la mano de un personaje como Sánchez, que lleva años sin poder salir a la calle sin ser abucheado, puede tener réditos electorales, pero no beneficia en absoluto a Begoña Gómez desde el punto de vista penal.
Las matemáticas que explican la operación
Volvamos a los números, menos líricos, pero más tozudos. La media de sondeos recogida por Onda Cero hasta el 12 de octubre situaba al PP en el 32,2 %, al PSOE en el 26,6 % y a Vox en el 18,6 %. PP y Vox sumaban, por tanto, el 50,8 %. Esta es la fotografía, no el resultado del 29 de noviembre. Además, contrasta con el CIS, que otorga al PSOE el 34 % y al PP el 22,2 %. No todas las encuestas dicen lo mismo, pero tampoco todas cambian de signo por arte de magia.
Hay, eso sí, dos mecanismos electorales que explican el interés socialista por presentarse como primera fuerza.
El primero es la concentración del voto en la izquierda. La fragmentación de Sumar, el Frente Amplio y Podemos puede empujar a una parte de los electores hacia el PSOE para evitar votos sin representación. En Cataluña, el CEO atribuye al espacio de Sumar solo dos o tres diputados, frente a los siete de 2023. Ada Colau encabeza la candidatura por Barcelona, pero el rendimiento fuera de esta circunscripción plantea interrogantes evidentes.
El segundo mecanismo es el movimiento dentro de la derecha. Vox se acerca al 19 % en varias estimaciones, mientras que el PP conserva una ventaja apreciable sobre el PSOE. Si una parte del voto popular se desplaza hacia Vox y una parte de la izquierda alternativa hacia los socialistas, las posiciones relativas de los dos grandes partidos podrían acercarse sin que cambiara sustancialmente el peso de los bloques. Es una hipótesis aritmética, no una profecía.
Y aquí está el núcleo de la operación narrativa: ser el primero no equivale a disponer de una mayoría para gobernar. Si un partido perdiera el poder mientras encabezara individualmente el recuento, podría proclamarse vencedor y desplegar una oposición de máxima presión en el Congreso y en la calle. Mientras tanto, el nuevo ejecutivo tendría que afrontar numerosos problemas pendientes, incluida la aprobación de unos nuevos presupuestos, inexistentes desde los de 2023.
Juliana pone la música, Sánchez pone el beso y los estrategas, la calculadora. El problema no es que las encuestas sean plumas al viento. Es que hay quien confía en que, con suficiente viento mediático, el público deje de mirar hacia donde señala la brújula.
Enric Juliana pone la música, Sánchez el beso y los estrategas la calculadora. Ser la primera fuerza no es lo mismo que tener mayoría para gobernar. #PolíticaEspañola Compartir en X





