Rusia, China y Occidente. Mitos y realidades

Quizás no esté familiarizado con el nombre de Thomas L. Friedman, pero se trata  de un columnista consagrado, ganador de tres Premios Pulitzer, lo que ya da una idea de su relieve profesional. Uno de sus últimos artículos en el New York Times, China y Rusia exponen las debilidades del autoritarismo, merece atención porque es un documentado análisis de las situaciones de aquellos dos países y  encierra todas las virtudes del gran periodismo. También expresa las limitaciones de la forma actual de entenderlo desde el apriorismo liberal, en el sentido que se le da al término al otro lado del atlántico: el uso del relato establecido por la ideología dominante como marco de referencia para examinar la realidad.

Su tesis es muy concreta. Considera un error creer que los sistemas autoritarios son más eficientes que las democracias, y utiliza dos grandes hechos recientes para  demostrarlo: el ataque ruso a Ucrania y la lucha contra la pandemia en el caso China.

Friedman considera que Moscú se equivocó gravemente al pensar que podría acabar con rapidez con Ucrania, un país de 44 millones de personas, cada vez más inclinado hacia Occidente y más armado y entrenado por la OTAN”. El resultado hasta ahora ha sido un fracaso militar y político y un fiasco económico. La causa es que el “sistema” de Putin se sustenta en mentir hacia arriba —todos les dicen a sus superiores lo que quieren oír, hasta a Putin— y en perforar hacia abajo, para extraer los recursos naturales de Rusia. Literalmente, “la Rusia de Putin se basa básicamente en petróleo, mentiras y corrupción, y ese no es un sistema que pueda resistir”.

Por parte de China, la mutación ómicron del SARS-CoV-2 ha puesto contra las cuerdas la política de Pekín de “cero contagios” y ha conducido a cerrar Shanghái y partes de otras 44 ciudades, lo que afecta a unos 370 millones de personas. Friedman sostiene que los éxitos del régimen se basan “en el trabajo duro y los talentos de manufactura de su población, dirigida de manera férrea y vertical por el Partido Comunista Chino, que es inflexible pero parecía ansioso por aprender del extranjero”. Este afán de aprendizaje ha sido en gran medida devorado por el éxito de sus resultados, haciéndole creer que era posible enfrentarse solos a una pandemia y  producir sus propias vacunas, en lugar de importar mejores vacunas de Occidente. Su afán era demostrar, con menos muertes y menor daño económico, que “el comunismo chino es superior a la democracia estadounidense”.

Nuestro periodista critica lo que considera una gran negligencia en la vacunación de las personas mayores, y ahora paga las consecuencias, porque, además, sus vacunas Sinopharm y Sinovac, parecen no ser tan efectivas contra la variante ómicron como las vacunas de ARNm fabricadas en Occidente. “En China, más de 130 millones de personas de 60 años o mayores no están vacunadas o han recibido menos de tres dosis”, y cita al The Financial Times, que a su vez remite a un estudio de la Universidad de Hong Kong.

Sus conclusiones son que los sistemas autoritarios de alta coerción lo son a la vez de baja información, y esto es una debilidad grave cuando se enfrenta a grandes retos como puede ser una pandemia o una guerra. Su corolario es un canto a la actual democracia Occidental a causa de la gran ventaja competitiva, que significa el poder votar para remplazar líderes incompetentes, y una libertad de información que evita las “mentiras sistémicas”, lo que permite adaptarse más y mejor a la dinámica de cambios bajo la cual vivimos.

El contraste con la realidad

¿Pero es realmente así? El diagnóstico encierra mucho de verdad, pero también una deformación de los hechos para que encajen con el relato preestablecido.

El ejército ruso ha fracasado hasta ahora, a causa, según los expertos militares, de una estrategia equivocada y de una logística defectuosa e insuficiente. Está por ver si tiene éxito la rectificación y la segunda fase emprendida, dirigida a operar en espacios abiertos bajo una dirección centralizada, a fin de embolsar al ejército ucraniano del este, el que se encuentra en el frente Donbáss.

Pero, además, para interpretar la situación y perspectivas de Rusia, se deben considerar necesariamente cuatro factores claves:

  • Ha invadido Ucrania sin movilizar a su ejército formado por reservistas, utilizando solo los recursos humanos que disponía en condiciones normales, a los que ha añadido mercenarios chechenos y los  procedentes de la guerra de Siria.
  • Rusia es una gran potencia en gas y petróleo, de tal manera que tanto el FMI como la OPEP han advertido sobre la dificultad de substituir estos suministros de energía a escala global. Esto le confiere una fuerza estratégica importante, como muestra la actitud alemana de evitar que se bloquee el suministro de gas ruso a Europa, cuya factura cubre sobradamente su gasto militar en Ucrania.
  • Su gran potencial nuclear y balístico.
  • El más decisivo, la reacción del pueblo ruso ante la invasión, que  nada tiene que ver con el mainstream interpretativo de Europa y Estados Unidos. Ven la invasión como una defensa de la agresión occidental, que significa la progresión de la OTAN en sus fronteras. Rusia tiene, con razón o sin ella, el sentimiento profundo de la humillación a la que la ha sometido Occidente desde el fin de la URSS, y el sentido histórico de que las principales agresiones han venido de allí. El resultado es un Putin en máximos de popularidad.

En el caso de China, la información de Friedman no es del todo exacta. La vacunación en las ciudades con dos dosis en los mayores es cercana al 100%. No así en el ámbito rural, que es mucho más baja. En todo caso, si los datos oficiales son ciertos, a 20 de abril la tasa de vacunación es de 230 por 100 habitantes, mientras que la de EUA es de 172, claramente inferior a la China.

La decisión de implantar el “Covid cero” responde a una necesidad: el sistema sanitario de aquel país no soportaría unas tasas de afectación como las sufridas en Europa. El resultado está a la vista: 0,32 muertos por 1000 habitantes, por 175 en España y 182 en EUA. Los medios de comunicación occidentales relatan la confusión inicial de los primeros días de cierre de Shanghái, pero cuentan muy poco de la  relativa “normalización” posterior en el suministro de alimentos. Lo que si tiene el cierre, y tendrá consecuencias para todos, es en el ámbito económico, pero por ahora no resulta evidente la superioridad Occidental contra la Covid.

Corolario

El problema no  es la mayor o menor eficacia de aquellos regímenes, sino la decadencia de las instituciones políticas y sociales de Occidente. España es un buen ejemplo de ello. Del éxito histórico de la Transición y de los Pactos de la Moncloa, a la situación actual, va un mundo… a peor, sin visos de ser remediado. El resultado de las recientes presidenciales francesas es otro signo evidente. Lo explicaba en mi artículo anterior, La caída de la democracia liberal, y en  La incógnita francesa en la edición en papel de La Vanguardia del 25 de abril. De hecho, y ahora mismo, la administración Biden ve la guerra de Ucrania como una forma de desgaste a Rusia por medio de un país interpuesto, estrategia que tanto la Comisión Europea como el gobierno de Kiev siguen acríticamente, pero que es una mala solución para Europa y Ucrania.

El riesgo para la democracia Occidental, no surge de la mayor o menor eficiencia rusa y china, sino de su capacidad para ser inclusiva, eficaz y eficiente. Es ahí donde está quebrando. En realidad, nada nuevo bajo el sol, porque estas son las condiciones que han validado, o expulsado a la democracia a lo largo de la historia.

Artículo publicado en La Vanguardia

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