El Papa llega a tierras catalanas. Y no lo hace para un acto cualquiera: viene a conmemorar el centenario de la muerte de Antoni Gaudí y a bendecir la torre de Jesús, culminando así un hito que convertirá a la Sagrada Familia en el edificio religioso más alto del mundo.
Viene a recordarnos la dimensión universal del arquitecto de Dios, una figura que muchas naciones desearían poder reivindicar como propia.
Qué gran oportunidad tenemos, catalanes.
La oportunidad de mostrar al mundo que somos, efectivamente, tierra de acogida. Y, en este caso, lo somos con una de las voces morales más escuchadas de nuestro tiempo.
Pero también es una oportunidad para dejarnos interpelar por Antoni Gaudí. Un católico consecuente que entendió que la grandeza de este mundo no reside ni en la fama ni en la riqueza, sino en la alabanza al Creador; es decir, en el amor al prójimo. Y, si se quiere expresar en términos más seculares, Gaudí trabajaba para sus contemporáneos, para sus hijos y para las generaciones futuras, consciente de que él no era más que un instrumento.
Conviene recordar cómo vivió. En sus últimos años, el hombre que proyectaba la catedral más ambiciosa de Europa dormía en una modesta habitación del taller de la Sagrada Familia, vestía ropa gastada y dedicaba sus días al templo y a la oración. Cuando un tranvía lo atropelló en la calle de las Corts, en junio de 1926, nadie lo reconoció: iba vestido con tanta humildad que lo tomaron por un mendigo y lo trasladaron a un hospital de pobres.
«Mi cliente no tiene prisa», respondía cuando le preguntaban por los plazos del templo, refiriéndose a Dios. Esa era su medida del tiempo y del éxito.
Dejémonos interpelar, pues, por uno de los catalanes más ilustres de nuestra historia. El ejemplo de Gaudí nos invita a superar una tentación demasiado presente entre nosotros: la de buscar siempre a los culpables fuera. El mañana se construye hoy, pero no desde el tacticismo, la inmediatez o el emotivismo, sino desde la generosidad, el rigor y la inteligencia.
Recordémoslo: durante estos dos días, el mundo nos mirará.
Sintámonos orgullosos de ser catalanes.
Gracias, papa León XIV, por visitarnos.
Gaudí no construyó para sí mismo, sino para quienes vendrían después. Quizá ésta sea la lección que Catalunya más necesita recordar hoy. #AntoniGaudí Compartir en X






