El anuncio no fue menor ni el escenario inocente. En la clausura del Spain Investors Day, ante grandes fondos internacionales y ejecutivos de multinacionales, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, presentó a bombo y platillo la creación de un fondo soberano bautizado como España Crece. Una dotación pública inicial de 10.500 millones de euros, con la ambición declarada de movilizar hasta 120.000 millones en inversión total, orientada —según el relato oficial— a sectores estratégicos y de alto valor añadido.
La cifra impresiona. El nombre sugiere optimismo. Pero el contexto revela otra cosa muy distinta: un ejercicio de ingeniería política destinado a disimular uno de los grandes fracasos económicos de la España reciente.
Un fondo soberano nacido de un incumplimiento
La dotación inicial de España Crece no surge de nuevos recursos ni de un esfuerzo presupuestario adicional. Procede directamente de los fondos europeos Next Generation que España no logrará ejecutar antes del plazo límite de 2026. En otras palabras: dinero ya asignado, ya comprometido con Bruselas, pero no gastado conforme a los objetivos, calendarios y reformas estructurales pactadas.
Conviene recordar que, paralelamente, el Gobierno renunció de forma explícita a la parte crediticia de esos fondos —préstamos en condiciones extraordinariamente favorables— por un importe equivalente. Se tiró la pelota hacia adelante. Y ahora, con el envoltorio de un fondo soberano, se intenta legitimar lo que en esencia es una incapacidad de gestión: no haber sabido transformar una oportunidad histórica en modernización real de la economía.
Que la Comisión Europea avale esta mutación de los fondos dice mucho sobre su propia crisis interna de credibilidad y coherencia. El cambio implica, de facto, una flexibilización sustancial de los compromisos iniciales, permitiendo al Ejecutivo español saltarse el espíritu y la letra del acuerdo original.
Una oportunidad perdida de dimensión histórica
La comparación no es retórica. En términos de volumen actualizado, las transferencias a fondo perdido del programa Next Generation superan el esfuerzo financiero que recibió Alemania con el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel plan fue el catalizador de la gran transformación alemana: productividad, industria, innovación, cohesión social.
En España, los fondos europeos han tenido un efecto muy distinto. Han contribuido a sostener el crecimiento del PIB a corto plazo y han permitido al Gobierno gastar sin presupuestos generales aprobados. Pero no han alterado el problema estructural de fondo: la baja productividad crónica de la economía española, estancada desde hace más de dos décadas.
Ni la estructura sectorial ha cambiado de forma significativa, ni el peso de la industria avanzada ha crecido, ni el diferencial de productividad respecto a la eurozona se ha reducido. El cuello de botella sigue exactamente dónde estaba.
Más poder en la Moncloa, menos control democrático
El diseño del fondo soberano introduce un elemento adicional de preocupación. España Crece no se limitará a conceder ayudas o facilitar créditos. Tendrá capacidad para tomar participaciones empresariales, adquirir compañías y orientar decisiones estratégicas con una libertad muy superior a la que hoy tiene el Estado.
Todo ello bajo una gobernanza dependiente directamente de la Moncloa. En la práctica, una parte sustancial de los recursos europeos —financiados por los contribuyentes de todos los Estados miembros— quedará bajo el control discrecional de un presidente que hace tiempo opera sin un control parlamentario efectivo.
Este intervencionismo ampliado no es neutro: altera las reglas del juego empresarial, introduce incentivos políticos en la asignación de capital y desplaza el riesgo desde el sector privado hacia el contribuyente.
La otra frase clave: “necesitamos más gente”
El anuncio del fondo eclipsó una segunda afirmación que pasó casi desapercibida, pero que es igualmente reveladora. El presidente reiteró su apuesta por mantener abiertas las puertas a una inmigración masiva. “El país necesita más gente”, afirmó.
La política no es nueva y sus efectos son cada vez más visibles. La llegada continua de grandes flujos migratorios ejerce una presión intensa sobre el mercado de la vivienda y sobre unos servicios públicos ya tensionados: sanidad, educación, dependencia, servicios sociales o transporte ferroviario de cercanías.
Pero hay un efecto menos debatido y quizá más decisivo: esta estrategia refuerza un modelo económico basado en sectores de baja productividad y bajos salarios. Alimenta el crecimiento extensivo —más mano de obra— en lugar del intensivo —más capital, tecnología y eficiencia—. Y contribuye a la depresión salarial en un contexto en el que el salario mínimo interprofesional ya roza peligrosamente los salarios más frecuentes, reduciendo incentivos a la cualificación y al ascenso profesional.
Inflación, impuestos y deterioro social
Si a todo ello se suma una inflación persistente —en torno al 2,9% general y cerca del 3% en alimentos en 2025, acumulándose a la de los años previos— el resultado es un deterioro claro de las condiciones de vida de una parte creciente de la población.
El diagnóstico es conocido, pero no por ello menos grave:
A) incremento sostenido del esfuerzo fiscal y de la cuña impositiva;
B) precio inasumible de la vivienda;
C) pérdida de poder adquisitivo por inflación acumulada;
D) presión creciente sobre servicios públicos deficitarios.
España Crece no es el inicio de una nueva etapa. Es el epílogo de una oportunidad perdida. Un intento de diluir en el tiempo, y en un nuevo artefacto financiero, el fracaso de haber desaprovechado el mayor programa de transferencias de la historia europea. El relato promete transformación. La realidad, de momento, solo confirma estancamiento con mejor maquillaje.
Más poder económico en la Moncloa y menos control parlamentario: el verdadero significado del nuevo fondo soberano. #EspañaCrece Compartir en X





