¿Progresa Catalunya?

La primera mirada para responder a esta pregunta se dirige, sin duda, al Índice Regional de Progreso Social de la Unión Europea. Disponemos de tres ediciones: 2016, 2020 y 2024, la más reciente y la que utilizaremos. Sin embargo, existe una dificultad: la última edición ha modificado la forma de calcular y presentar el índice, así como una parte de los indicadores. Por tanto, las cifras absolutas no son directamente comparables con las anteriores.

Centrándonos en la radiografía más reciente, y teniendo en cuenta que 100 representa la media de la Unión Europea, Catalunya obtiene un 103,6. Está ligeramente por encima de la media, pero el resultado no parece demasiado brillante para un país que suele considerarse —y ser considerado por sus habitantes— una sociedad avanzada.

En comparación con las demás comunidades autónomas, solo quedan por detrás Castilla y León, con 103; las Islas Baleares, con 102; y, ya por debajo de la media europea, Castilla-La Mancha, Extremadura, Andalucía y Murcia. Catalunya forma parte así del 60% de las regiones europeas que superan la media, pero lo hace sin ningún tipo de exhibición.

La comparación con las regiones francesas vecinas tampoco invita a tocar campanas. El Languedoc-Roussillon presenta un 102, mientras que Migdia-Pirineus llega a 106. En Francia, solo la Alta Normandía, con 102,9, y Provença-Alps-Costa Blava, con 103,3, se sitúan también por debajo de Catalunya. El caso de la mítica Costa Azul invita a una reflexión sobre los límites del turismo intensivo de sol y playa: si una de las regiones turísticas más famosas de Europa queda por debajo no solo de la media francesa, sino incluso de Catalunya, algo falla en ese modelo.

A escala europea, se encuentran por debajo de la media todas las regiones italianas, además de un buen número de las de Europa del Este, especialmente las de Polonia, Rumanía y Bulgaria, así como las de Grecia y Chipre. El consuelo, si se puede llamar así, consiste en mirar hacia abajo. Pero el progreso de un país no debería medirse buscando quién está peor.

¿Qué mide realmente ese índice?

El Índice de Progreso Social no mide directamente la riqueza ni el PIB, sino la capacidad de una sociedad para convertir sus recursos en bienestar efectivo. La Comisión Europea utiliza 53 indicadores sociales y ambientales, agrupados en doce componentes y tres grandes pilares.

El primero son las necesidades humanas básicas: nutrición y asistencia médica, agua y saneamiento, vivienda y seguridad personal. Catalunya obtiene aquí un 101,2, es decir, un resultado muy ajustado a la media europea. La nota excelente corresponde a la seguridad, con 126,5 –una valoración de la que discreparán muchos catalanes, pero que responde a comparaciones relativas entre regiones europeas. Por el contrario, el agua y el saneamiento bajan hasta el 94,5 y la vivienda se hunde hasta el 82,3. Aquí la coincidencia con la percepción ciudadana es casi total. No es necesaria una gran elaboración teórica para entenderlo: encontrar una vivienda adecuada a un precio asequible se ha convertido en una de las grandes fracturas sociales del país.

El segundo pilar, los cimientos del bienestar, es el más preocupante: 97 puntos, por debajo de la media europea. Incluye educación básica, información y comunicaciones, salud y calidad ambiental. Catalunya destaca en información y comunicaciones, con 115,1, y en salud, con 109,7. Pero la calidad ambiental se queda en 95,9 y la educación básica cae hasta un alarmante 69,6. Este es probablemente el principal cuello de botella del progreso catalán: una sociedad con muchas titulaciones superiores, pero con graves deficiencias en los conocimientos fundamentales que la escuela debería garantizar.

El tercer pilar, las oportunidades, es el que salva al conjunto, con 114,1 puntos. Mide la confianza y la gobernanza, la libertad de elección, la inclusión social y la educación avanzada. Catalunya obtiene un resultado extraordinario en educación superior, con 141,4 puntos, y muy bueno en inclusión social, con 121. La confianza y la gobernanza llegan a 105, mientras que la libertad de elección queda en 91,9.

La contradicción catalana queda bien dibujada: disponemos de una población con un elevado nivel de estudios superiores, buena salud, una sociedad inclusiva y una seguridad notable; pero fallamos en vivienda, medio ambiente y, sobre todo, educación básica. Excelimos en el tejado mientras aparecen grietas en los cimientos.

Ahora bien, más allá de este indicador, la confianza en la gobernanza que manifiestan los catalanes en los sucesivos barómetros del Centro de Estudios de Opinión (CEO) está lejos de ser satisfactoria. Hasta tal punto que, desde hace años, la política se ha convertido en uno de los principales problemas percibidos por los ciudadanos, cuando debería ser, precisamente, el instrumento para resolverlos.

Insuficiente progreso para la riqueza disponible

Pese al cambio metodológico, existe un indicador temporal revelador. Catalunya ocupaba el puesto 126 entre las regiones europeas en 2016; retrocedió hasta 135 en 2020 y ha avanzado hasta 117 entre las 237 regiones analizadas en 2024. Se encuentra, por tanto, prácticamente a la mitad de la clasificación: tiene 116 regiones por delante y 120 por detrás.

Sí, ha mejorado en términos relativos, pero su posición sigue siendo discreta para una comunidad que ocupa el puesto 93 en PIB per cápita. Si es la 93ª en capacidad de generar riqueza y solo la 117ª en progreso social, existen 24 posiciones de diferencia entre la capacidad de producir recursos y la de convertirlos en bienestar. Este es el verdadero diagnóstico.

¿Progresa Catalunya? Sí, pero poco, y sin modificar la estructura de sus puntos fuertes y débiles. En algunos ámbitos, como la vivienda, incluso ha empeorado. Y conviene no olvidar que los datos corresponden a 2024 o son anteriores.

Catalunya progresa, pero menos de lo que podría, menos de lo que correspondería a su riqueza y bastante menos de lo que imagina de sí misma. No es un país socialmente fracasado, pero tampoco la sociedad líder que a menudo proclama ser. La cuestión decisiva ya no es si estamos ligeramente por encima de la media europea, sino por qué, disponiendo de más recursos que otras muchas regiones, no sabemos transformarlos mejor en educación, vivienda, calidad ambiental y bienestar.

«El problema de Catalunya no es generar riqueza, sino convertirla en progreso social».

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