Es un hecho ampliamente acreditado que la calidad institucional es un factor determinante de la productividad de un país o región. No es una opinión ideológica, sino una constatación empírica asumida por la investigación económica internacional. Tanto es así que el Índice Europeo de Calidad Institucional (EQI) la incorpora como uno de sus indicadores centrales, junto al gasto en I+D, el peso de la gran empresa, el capital humano, la dimensión del área metropolitana, la presencia de sectores tecnológicos e incluso la productividad de las regiones vecinas.
Un reciente estudio de CaixaBank Research sobre la productividad de las comunidades autónomas españolas en el contexto regional europeo pone cifras y contexto a una realidad incómoda: Cataluña no destaca.
Cataluña, atrapada en la media
Si se divide el conjunto de regiones europeas en diez deciles de productividad —de lo peor a lo mejor— Cataluña se sitúa exactamente en el quinto decil, es decir, en el centro de la tabla. Comparte posición con territorios como las Islas Baleares, Cantabria, Asturias, La Rioja o Aragón. En el decil inmediatamente superior aparecen Navarra y la Comunidad de Madrid, mientras que el País Vasco destaca claramente, situándose ya en el séptimo decil.
Este posicionamiento no es anecdótico: refleja fielmente la posición de Cataluña en renta per cápita dentro del Estado español, donde ocupa el cuarto puesto. No hay milagro productivo oculto ni ninguna ventaja estructural excepcional.
Fortalezas que no compensan las debilidades
Cataluña mantiene todavía una posición relativamente buena en algunos indicadores clave. Destaca en gasto en I+D dentro de su grupo, dispone de un área metropolitana de gran tamaño y presenta una densidad económica razonable. Por lo que respecta al peso de los sectores tecnológicos, la posición es favorable, pero cada vez más justa.
Si solo jugaran estos factores, sería legítimo pensar en una trayectoria de mejora progresiva. Pero no es así.
El colapso silencioso: gran empresa, capital humano e instituciones
Cataluña falla estrepitosamente en tres ámbitos decisivos. El primero es el peso de la gran empresa, claramente insuficiente y por debajo del umbral medio. El segundo, aún más grave, es el capital humano, donde los indicadores muestran una bajada preocupante. Pero el tercer factor es, sencillamente, catastrófico: la calidad institucional.
Este indicador, clave para cualquier economía avanzada, hunde a Cataluña en la miseria comparada. Y aquí no vale refugiarse en la excusa del Estado. Si bien el marco estatal afecta a todas las comunidades, la Generalitat dispone de competencias amplias y recursos presupuestarios suficientes para marcar diferencias. En un segundo nivel, encontramos instituciones con un peso económico enorme -el Ayuntamiento de Barcelona, la Diputación y el Área Metropolitana- que condicionan decisivamente el funcionamiento del país.
Sin pacto institucional, todo es papel mojado
Cualquier pacto de país en materia de productividad debería empezar por una condición previa ineludible: definir negro sobre blanco los compromisos concretos, medibles y compartidos de las instituciones públicas. Sin ello, cualquier acuerdo con el mundo empresarial está condenado al fracaso, como ya ocurrió reiteradamente.
Pero exigir eficacia, eficiencia, rendimiento de cuentas real, objetivos verificables y cambios estructurales a instituciones asfixiadas por la partitocracia y la burocracia parece un imposible metafísico.
Del mito al declive
Que un país que históricamente había hecho del capital humano y de la capacidad emprendedora su orgullo haya llegado hasta aquí, es profundamente triste. «Los catalanes de las piedras hacen panes», escribía Cervantes. Sin embargo, hoy el sistema educativo catalán se sitúa en la cola del español, y el relato de la excelencia se ha disuelto en una realidad mediocre que va a peor.
Y de esa autodestrucción no podemos culpar a Madrid. La responsabilidad recae en los gobiernos catalanes de las últimas décadas, en sus partidos, en una administración secuestrada por los intereses partidistas y en una oposición incapaz -o desinteresada- en formular un proyecto sólido de país. Algunos nuevos actores políticos crecen electoralmente, sí, pero a menudo a base de soluciones simplistas, imaginarias o directamente delirantes.
Un escenario adverso sin agentes de cambio
La combinación es letal: baja calidad institucional, deterioro del capital humano, inmigración masiva y poco cualificada que impulsa sectores de baja productividad y tensiona servicios, colapso de infraestructuras clave, una Diputación prácticamente inútil, una AMB con escaso peso político y un Ayuntamiento de Barcelona atrapado en una burbuja autorreferencial, renunciando a cualquier papel estratégico en la racionalización económica del territorio.
Todo ello, aderezado con una presión fiscal que sitúa a Cataluña en lo alto de España, configura un escenario pesimista no solo por lo que es, sino porque no se ven agentes de cambio reales. Mientras, el mundo económico institucionalizado se limita al intercambio de cromos dentro del statu quo.
Cataluña no es ningún motor europeo de productividad: está atrapada en la media por su baja calidad institucional. #Productividad #Cataluña Compartir en X





