Al final, la guerra de Rusia contra Ucrania y la política seguida por la Unión Europea terminará teniendo un coste muy alto para nosotros mismos. En cierto modo nos dispararemos un tiro al pie. Naturalmente, las sanciones a Rusia tendrán un fuerte impacto. Se considera que su PIB este año caerá un 8,1%, que es una cifra muy alta, pero ni mucho menos peor que la que registró, por ejemplo, España con la covid

Por su parte, Ucrania experimentará un bajón astronómico con una pérdida del 36% del PIB. Esto en lo que respecta al panorama de los contendientes directos. Pero es que en los principales países de Europa la situación pinta bastos y la amenaza de la estanflación es muy real. Para el conjunto de la eurozona y por el primer trimestre del año el PIB habrá crecido un 0,3% y el IPC un 7,4%. Para la Unión Europea en su conjunto, las cifras serán respectivamente de 0,4 y 8,1.

Algún país ya registra crecimientos negativos o muy próximos a él. Es el caso de Francia, que si bien tiene la inflación más controlada, un 5,8%, en el primer trimestre, su PIB ha experimentado una caída de -0,2, mientras que Italia debía conformarse con un migrado 0 ,1 y una inflación del 3,6. La economía determinante del conjunto europeo, la alemana, también registra un incremento del PIB muy bajo, del 0,2 y una inflación por el contrario elevada, el 7,8. Para España, la cifra es de 0,3 y 8,3 para cada una de las dos magnitudes. El país que presenta una mayor inflación es Holanda con un 11,1%.

Todo esto dibuja un panorama que combina aquella tan difícil situación en la que hay un bajo crecimiento económico y a la vez una elevada subida de precios. El problema es que este escenario puede acentuarse porque el incremento de los precios de la energía seguirá muy arriba a consecuencia de la progresiva desconexión de los flujos procedentes de Rusia. Ahora, la prohibición de importar petróleo por mar de Rusia va a crear nuevas tensiones en el mercado de los hidrocarburos que de momento tienen situado el precio del barril en 120 dólares. Y no parece, más bien al contrario, que pueda descender.

Por otro lado, el suministro de gas licuado, especialmente el de EE.UU., que ha encontrado un gran negocio con las restricciones de Europa a Rusia, resulta claramente más caro.

El otro capítulo, el de la alimentación, tampoco parece que tenga que mejorar, de una parte por la escasez de productos básicos, como son los cereales procedentes de Rusia y Ucrania, pero también porque el incremento de los precios de este tipo de materia prima ya se iban produciendo antes de la guerra.

Todo define una combinación perfecta para que se produzca una nueva crisis económica, si es que no hemos entrado ya, y sería la tercera que registramos desde 2008.

Este escenario condenaría a España a no recuperar el valor de su producción hasta pasado el 2023 y, por tanto, nos situaríamos con un ciclo crítico largo que se vendría a añadir al muy largo experimentado por el gran crack de 2008.

Una acumulación de hechos económicos tan desfavorables en un relativamente corto espacio de tiempo, poco más de una década, es insólito y sin duda dará lugar a fuertes distorsiones geoeconómicas, sociales y políticas. Pero, en estos momentos, la Comisión Europea, presidida por Ursula von der Leyen, parece vivir de espaldas a esta complejidad negativa, como lo hace todavía de una forma más acentuada el presidente Sánchez, que está repitiendo exactamente la misma historia que Rodríguez Zapatero: negar que nos hemos situado en una nueva crisis y pintar el panorama español con los mejores y brillantes colores.

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