Liberalismo e identidad: Joseph H.H. Weiler y Francis Fukuyama

El profesor americano y sudafricano, Joseph H.H. Weiler,  expresidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia, considerado uno de los mayores expertos en integración europea, pronunció una  conferencia magistral  en Barcelona, a principios de 2019 (por tanto, antes de la pandemia y de la guerra de Ucrania), invitado por el Club Tocqueville, sobre el tema  “La guerra cultural europea: 2003-2019“.

Comenzó explicando que la crisis cultural existente en Europa venía marcada por la Gran Recesión de 2008 y por los populismos resultantes de la misma (Brexit, Trump, etc.). Esta crisis cultural se manifiesta fundamentalmente de dos formas: a) creciente euroescepticismo en países como Hungría y Polonia, pero también en Italia, Austria y en menor medida en Alemania y Holanda; el Brexit es una de sus concreciones más importantes, y b)  descenso de la confianza en las instituciones de la democracia liberal, un fenómeno que no es exclusivo de los países de la Europa del Este, sino que se extiende a todo lo continente (y otros lugares del mundo).

Siempre, según Weiler, esta crisis no obedece a razones materiales. Países como Polonia y Austria, por ejemplo, apenas han recibido el impacto de la crisis económica de la Gran Recesión. También rechazó que una gran parte de estos países tuvieran tendencias fascistas. Por tanto, se pregunta cómo explicar esta profunda crisis europea en la que se rechazan los postulados liberales. Según él, nos encontramos ante una “crisis espiritual”.

Los principales valores europeos, aquellos que Weiler llamó la “Santa Trinidad liberal”, son el respeto a los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho

Los principales valores europeos, aquellos que él llamó la “Santa Trinidad liberal”, son el respeto a los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho. Los tres vértices son indivisibles, por lo que la idea de una democracia iliberal es ajena a la tradición europea reciente. Estos valores, esenciales para “una vida buena” (en el sentido aristotélico), no ofrecen ningún contenido ni dirección a nuestras vidas. Nunca hay que perder de vista que, desde un punto de vista antropológico, puede afirmarse que cualquier persona aspira a dar un significado a su vida. Es una  necesidad que se origina por la finitud y la brevedad de nuestra existencia. Este deseo ontológico de dar significado a nuestras vidas, más allá de un interés puramente personal, no viene satisfecho con los valores liberales que ponen al individuo y sus derechos en el centro del debate. Es un discurso necesario pero no suficiente. Faltan los deberes y responsabilidades en relación con la comunidad.

Hay otra serie de valores, a los que se llama “Trinidad secular” que sí ofrecen un contenido comunitarista. Son el patriotismo, la identidad y la religión. Todos ellos pueden convertirse en excluyentes y descender por la senda del fascismo, pero no tiene por qué ser así. Existe también una tradición noble y republicana que permite al individuo sentirse copartícipe del Estado, sin caer en tentaciones nacionalistas o autoritarias. La democracia no puede reducirse a elecciones periódicas, sino que debe fomentar el sentimiento de pertenencia a una comunidad concreta. Por otra parte, la identidad nacional de los países, como la de las personas –cada uno de nosotros con una dignidad inherente– no es fungible, sino que es única. Así, mientras todos los países de la UE comparten la Trinidad de valores liberales, tienen también cada uno de ellos una identidad propia que les distingue del resto.

Este rechazo a dotar de contenido sustantivo al proyecto de integración europeo se empezó a evidenciar en 2003

Sin embargo, la integración europea ha ejercido cierta presión sobre estas identidades singulares, lo que es un error, porque las identidades colectivas que nos trascienden y que nos permiten “pertenecer” reconfortan, abrazan y dan sentido. La religión, por su parte, supone también la introducción de un discurso de deberes y responsabilidades  que hoy está ausente de nuestra cultura política secularizada. Y son precisamente los deberes de cuidado y responsabilidades los que tejen los lazos y los vínculos de solidaridad con nuestros conciudadanos. Este rechazo a dotar de contenido sustantivo al proyecto de integración europeo se empezó a evidenciar en 2003, cuando en relación con las discusiones sobre la Constitución europea (Tratado constitucional fallido) los dirigentes europeos rechazaron incluir el cristianismo entre los valores comunes de la tradición europea, aunque una mayoría de ciudadanos se mostraba a favor. Según  Weiler,  “esta tensión identitaria culmina el año 2019 con la previsible salida del Reino Unido de la UE” (así ha sido, como también acabamos de ver la caída del gran líder populista del Brexit, Boris Johnson).

En conclusión, Weiler declaró que la UE y sus estados miembros han dado mucho valor a la trilogía liberal, pero han ignorado el contenido sustantivo que le puede proporcionar la trilogía secular. Otras voces nos están recordando su importancia, lo que explica el auge de las políticas identitarias. «El problema es que las propuestas identitarias únicamente las están abanderando dirigentes como Marine le Pen o Viktor Orbán».

Weiler admitió en el turno de preguntas que este proceso cultural se inició hace décadas y que su reversión va a necesitar mucho tiempo. También reconoció que muchos de los problemas no son responsabilidad de los gobiernos, sino que vienen de casa o de la escuela. Aclaró la necesidad de entender que la identidad suele ser compleja y múltiple, pero no por eso debemos ignorar su importancia. El Brexit, «que es una tragedia», al menos ha servido para hacer más fuertes los lazos entre los estados que han continuado en el seno de la UE, lo que convierte a Europa en «una comunidad de destino». Referente a la falta de liderazgo en la UE, Weiler comentó que en gran parte se debe a que la UE es una maquinaria administrativa y política que por esencia busca siempre el consenso, y esto es a menudo enemigo de un verdadero liderazgo.

Weiler ha escrito un libro titulado “Una Europa cristiana. Ensayo exploratorio” (Encuentro, 2003). Allí escribe: “Una Europa cristiana es una Europa que respeta por igual de forma plena y completa a todos sus ciudadanos, creyentes y laicos, cristianos y no cristianos. Una Europa que incluso celebrando la herencia noble de la Ilustración humanista, abandona su cristofobia, y no le causa miedo ni embarazo reconocer el cristianismo como uno de sus elementos centrales en el desarrollo de su propia civilización“.

Weiler se resiste a que Europa sea sólo una denominación geográfica o un área de integración económica

Como dice el profesor Rubio Llorente en el prólogo de este libro, Weiler se resiste a que Europa sea sólo una denominación geográfica o un área de integración económica. Está convencido de que la integración europea no es un proyecto refinado de vida en común, sino que responde a un profundo impulso de unión política, a un deseo de constituir una comunidad ética diferenciada.

El politólogo español, Víctor Lapuente (Decálogo del buen ciudadano, Península, 2021) coincide con Weiler cuando argumenta que “patria y religión” son los dos puntales del compromiso que despierta el sentido de trascendencia y la mejor solidaridad de las personas. «Si los abandonamos, nos hundimos y abandonamos la búsqueda de lo trascendental». “Dios y patria son ideales trascendentales que generan moralidad. Vertebran una colectividad ética de derechos y deberes mutuos“.

El famoso sociólogo norteamericano, Francis Fukuyama, también coincide en un artículo que acaba de publicar en la revista Foreign Affairs (“A Country of Their Own”, mayo/junio 2022), donde preconiza que el liberalismo necesita a la nación. En definitiva, viene a decir que los dos “triángulos” de Weiler se necesitan mutuamente y se complementan.

El argumentario del artículo de Fukuyama es el siguiente.

El liberalismo está en peligro. Los pilares fundamentales de las sociedades liberales -tolerancia de la diferencia, respecto a los derechos individuales, imperio de la ley- están amenazados en un mundo que sufre una recesión, o incluso una depresión, democrática. El principio más relevante del liberalismo es la tolerancia. El estado no prescribe creencias, identidades o cualquier tipo de dogma.

Según Freedom House, el número de democracias está cayendo. El declive de la democracia corre en paralelo a la creciente fuerza de las autocracias como China y Rusia. Se observan erosiones de las instituciones liberales en Hungría, Turquía, India o Estados Unidos. En cada uno de estos casos, el nacionalismo ha engendrado el auge del iliberalismo. Los enemigos ya no son adversarios políticos, sino enemigos del pueblo.

El agnosticismo del liberalismo crea «un vacío espiritual». La tolerancia no proporciona vínculos emocionales. El liberalismo se ha mostrado muy eficaz en la gestión de la diversidad en sociedades plurales, pero no es suficiente con eso. Los nacionalistas se quejan de que el liberalismo ha diluido los vínculos de la comunidad nacional y reemplazado por una visión cosmopolita y global. Pero nada hace el universalismo del liberalismo incompatible con un mundo de estados-nación.

La crítica conservadora sustancial del liberalismo -las sociedades liberales no proveen un núcleo moral común sobre el que basar la comunidad- es bastante verdadera. Pero también es cierto que el liberalismo, con sus pretensiones universales, puede ser compatible con el nacionalismo parroquial. Los derechos liberales nada son si no están basados y reforzados para un estado que ejerce el monopolio de la violencia. No existe una contradicción entre el universalismo liberal y la necesidad de estados-nación. Aunque el valor normativo de los derechos humanos puede ser universal, su poder de ser exigidos y aplicados debe tener lugar en un marco territorial bien acotado. Por todo ello, puede decirse que el Estado-nación no desaparecerá como actor crucial de la política global.

Las sociedades liberales exitosas no son neutrales en relación a los valores que son necesarios para sustentarlas. El país sigue siendo la mayor unidad de solidaridad. Las más pequeñas son la familia, amigos, etc. La lealtad es crucial en relación con la legitimidad de los estados.

La identidad nacional es una construcción social que puede obrar en favor de los valores liberales. La UE así lo demuestra

Fukuyama termina su artículo con un canto a favor del nacionalismo liberal. Afirma rotundamente que el liberalismo necesita a la nación. Y pone como ejemplo la Unión Europea (UE). “El liberalismo estaría en peligro si la gente solo viera en él un mecanismo para gestionar pacíficamente la diversidad, sin un sentido más amplio de propósito nacional”. “La identidad nacional representa peligros obvios (“el nacionalismo es la guerra”, decía a menudo Mitterrand), pero también es una oportunidad. La identidad nacional es una construcción social que puede obrar en favor de los valores liberales. La UE así lo demuestra. Fue creada como un antídoto al nacionalismo que condujo a las dos guerras mundiales y también ha sido un éxito en relación con el mantenimiento de los lazos internos existentes en sus estados-nación“.

Fukuyama publicó hace cuatro años un libro dedicado íntegramente al concepto de identidad (Identity. Contemporary Identity Politics y Struggle for Recognition, Profile Books, 2018). Lo escribió para explicar la aparición y el triunfo de los populismos después de la Gran Recesión de 2008 y la aparición de líderes populistas como Trump o Boris Johnson. Allí afirmaba que «está claro que ni el nacionalismo ni la religión desaparecen como fuerzas esenciales de la política mundial porque las actuales democracias liberales no han sido capaces de resolver los problemas de la dignidad de la persona».

En el libro habla especialmente del thymós, la parte del alma humana que reivindica el reconocimiento de la dignidad, de la isothymia o la demanda de ser respetado al igual que el resto de las personas y de la megalothymia o del deseo de ser reconocido como superior a los demás. La reivindicación de la dignidad es, a su juicio, el motor y la motivación más importante del nacionalismo. El thymos es el pilar del odio y del orgullo, y pasa por encima de la racionalidad porque tiene que ver con el ser en su sentido más esencial y profundo. Es la necesidad de reconocimiento (need of recognition), sobre la que se construye la propia dignidad.

El thymos es una de las tres partes del alma humana. Las otras dos hacen referencia, por un lado, al deseo y al sentimiento y, por otro, a la racionalidad, según escribe Platón en sus diálogos. Es esta tercera parte del alma humana la que más fuertemente condiciona el comportamiento de los individuos y pueblos, porque la dignidad trasciende en el hombre el deseo y la racionalidad. Fukuyama cree que la necesidad de reconocimiento es uno de los grandes motores clave de la historia.

 

 

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