Europa se prepara para la guerra equivocada: el verdadero peligro no es Rusia, es Irán

Europa se ha convencido de que ha entrado en una nueva Guerra Fría. Su gran objetivo es rearmarse ante una doble preocupación: la progresiva retirada de Estados Unidos de su papel como garante de la seguridad europea y la amenaza que representa Rusia tras la invasión de Ucrania. Todo el debate sobre la defensa europea parece girar en torno a este escenario.

Pero la geopolítica suele castigar a quienes se preparan para la guerra equivocada.

La primera pregunta es muy sencilla: ¿constituye realmente Rusia una amenaza militar convencional para la Unión Europea?

Si se observan los datos con cierta frialdad, la respuesta es menos evidente de lo que sugiere el relato dominante. La Unión Europea dispone de un producto interior bruto cercano a los 21 billones de euros, mientras que el de Rusia ronda los 2 billones. También en gasto militar Europa mantiene una clara superioridad: cerca de 381.000 millones de euros anuales frente a unos 170.000-190.000 millones de Rusia.

Si esa diferencia apenas se traduce en una ventaja militar significativa, no es por falta de recursos, sino por la incapacidad europea para transformar su inmensa superioridad económica en poder estratégico.

La fragmentación industrial, las duplicidades, los sistemas de armas incompatibles, los interminables procesos de adquisición y la ausencia de un mando realmente integrado han convertido la política europea de defensa en una suma de esfuerzos nacionales más que en un verdadero proyecto común.

Los ejemplos son suficientemente ilustrativos. El programa FCAS, destinado a desarrollar el caza europeo de sexta generación, debía simbolizar una industria militar integrada entre Francia, Alemania y España. Sin embargo, ha terminado encallando entre disputas industriales, desacuerdos sobre la propiedad intelectual y continuos retrasos.

Una evolución similar ha sufrido el programa F126 de la Marina alemana, que finalmente ha renunciado a sus aspiraciones iniciales en favor de una solución más convencional.

Europa sigue demostrando enormes dificultades para ejecutar grandes proyectos estratégicos compartidos.

Sin embargo, la realidad del campo de batalla ucraniano también obliga a cuestionar algunas percepciones.

Cuando Rusia inició la invasión, confiaba en tomar Kiev en pocos días. Cuatro años después sigue sin haber logrado una ruptura decisiva del frente. Los avances territoriales se han medido con frecuencia en apenas unos kilómetros tras meses de ofensivas con enormes costes humanos.

Y eso frente a un país mucho más pequeño, que ha tenido que reconstruir buena parte de su ejército durante la propia guerra, extraordinariamente dependiente de la ayuda occidental y con graves problemas de movilización.

El ejército ruso ha puesto de manifiesto importantes carencias logísticas, limitaciones ofensivas y problemas de coordinación muy superiores a los que la mayoría de los analistas le atribuían antes de 2022.

Eso no significa que Rusia haya dejado de ser un problema. Sigue siendo una potencia nuclear, un actor revisionista y un vecino incómodo. Pero convertirla en el eje casi exclusivo de la planificación estratégica europea puede impedir identificar dónde se encuentra la vulnerabilidad más profunda del continente.

Y esa vulnerabilidad no está en el este. Está en el sureste.

La principal amenaza estratégica para Europa no es tanto una hipotética invasión terrestre rusa como la consolidación de Irán como potencia capaz de condicionar la economía europea.

Irán es un régimen teocrático que, pese a las sanciones, ha desarrollado una potente industria de misiles balísticos y drones, ampliamente probada en conflictos reales. Al mismo tiempo, dispone de una extensa red de milicias aliadas que proyectan su influencia desde Líbano hasta Yemen.

Pero su principal arma es la geografía.

El estrecho de Ormuz sigue siendo el principal cuello de botella energético del planeta. Por este paso marítimo circula cerca de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo y una parte muy importante del gas natural licuado procedente del golfo Pérsico. Al mismo tiempo, los ataques de los rebeldes hutíes contra el tráfico marítimo en el mar Rojo han demostrado hasta qué punto Bab el-Mandeb también constituye un punto vulnerable.

Ormuz y Bab el-Mandeb conforman el principal eje de vulnerabilidad energética de Europa.

La pregunta es: si Estados Unidos redujera de forma significativa su presencia naval en el golfo Pérsico y el mar Rojo, ¿podría Europa garantizar por sí sola la libertad de navegación?

Hoy la respuesta es negativa.

Europa no dispone de una fuerza naval integrada capaz de sostener durante meses una operación de esta magnitud. No existen un mando único, una logística común ni una doctrina naval compartida. Las principales armadas europeas continúan actuando desde una lógica esencialmente nacional.

En ese escenario, Bruselas probablemente recurriría a las sanciones, la diplomacia y la negociación. Pero un régimen como el iraní difícilmente interpretaría esa actitud como una demostración de fortaleza.

Europa acabaría pagando más por el petróleo, el gas, el transporte, los seguros marítimos y buena parte de las materias primas que alimentan su economía. El resultado sería una creciente dependencia económica de un actor dispuesto a utilizar la energía y las rutas comerciales como instrumentos de presión.

Incluso la cuestión nuclear, tan presente en el debate público, quizá no sea el factor más determinante para Europa. Un eventual arsenal nuclear iraní constituiría, antes que nada, una amenaza existencial para Israel, que difícilmente aceptaría ese escenario. Para Europa, el riesgo más inmediato es otro: que Teherán convierta su posición geográfica en una herramienta permanente de coerción económica.

Todo ello obliga a replantear las prioridades estratégicas europeas.

Si la principal vulnerabilidad se encuentra en el sureste, resulta difícil justificar una estrategia centrada casi exclusivamente en la confrontación con Rusia. Sin renunciar al apoyo a Ucrania ni a la disuasión militar, Europa debería procurar construir, cuando las circunstancias lo permitan, un marco de coexistencia estable con Moscú que le permitiera concentrar recursos en los espacios donde realmente se juega su seguridad económica.

Esta idea puede parecer paradójica, pero Rusia tampoco tiene interés en una hegemonía iraní en Oriente Próximo. El actual acercamiento entre Moscú y Teherán responde sobre todo a circunstancias coyunturales derivadas de las sanciones occidentales y de la guerra de Ucrania. Sus intereses geopolíticos de largo plazo no son necesariamente coincidentes.

La gran paradoja es que Europa corre el riesgo de construir exactamente el escenario que más debería evitar. Si convierte a Rusia en un enemigo permanente, reforzará aún más su dependencia de China y consolidará el eje Pekín-Moscú. Si, al mismo tiempo, sigue dependiendo de Estados Unidos para garantizar la seguridad de las rutas marítimas, quedará expuesta al chantaje económico de Irán.

La geopolítica no consiste en prepararse para la guerra anterior, sino en identificar la siguiente antes de que se manifieste.

Europa sigue mirando obsesivamente hacia el este, mientras su vulnerabilidad más decisiva se encuentra en los estrechos marítimos que conectan el golfo Pérsico con el Mediterráneo.

Los grandes errores estratégicos rara vez nacen de la falta de información. Nacen de una lectura equivocada de las prioridades. Las civilizaciones no suelen fracasar porque les falte riqueza, sino porque dejan de distinguir cuál es el peligro principal y cuáles son los riesgos secundarios.

Si mañana Estados Unidos redujera su presencia naval en el Golfo Pérsico, ¿podría Europa mantener abiertos Ormuz y el mar Rojo por sí sola? De esa pregunta depende buena parte de nuestra seguridad económica. Compartir en X

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.