Cuando el foco se hace frente: la tragedia del gran incendio de la Segarra y el olvido estratégico de Cataluña

El incendio iniciado el 1 de julio entre Torrefeta y Florejacs, en la comarca de la Segarra, arrasó unas 6.000 hectáreas y se extendió rápidamente hacia la Noguera y l’Urgell. La tragedia se agravó con la muerte de dos personas —un granjero y un trabajador agrícola— atrapados por las llamas en Coscó cuando intentaban huir. La noche del 2 de julio se declaró controlado, pero los equipos de emergencia continúan trabajando sobre el terreno.

Con ráfagas de viento de hasta 120 km/h y una velocidad de propagación de 28 km/h, este incendio ha sido clasificado como de “sexta generación”, una etiqueta mediática utilizada para describir fuegos fuera de control, impulsados por el cambio climático, la urbanización difusa y la mala gestión del territorio. Un pirocúmulo de 14.000 metros de altura da cuenta de la violencia del fenómeno.

A pesar de su magnitud, no fue un incendio forestal clásico, sino uno de paisaje agrícola: afectó principalmente a cultivos, no a masas boscosas densas. Esto redujo el impacto ecológico y el riesgo de erosión, aunque las pérdidas económicas y humanas son igualmente devastadoras.

Este episodio vuelve a poner sobre la mesa una verdad olvidada: los grandes incendios no son nuevos en Cataluña. La diferencia actual es la frecuencia. Las condiciones que los propician —alta temperatura, baja humedad, vegetación seca y material fino inflamable— ya existían en el pasado. La clave era y sigue siendo la prevención eficaz

Año Hectáreas quemadas
1986 65.812
1987 1.945
1988 3.084
1989 5.996
1990 1.084
1991 5.386
1992 1.592
1993 6.965
1994 75.702
1995 7.345
1996 821
1997 921
1998 18.361
1999 1.298
2000 8.058
2001 3.010
2002 2.040
2003 9.442
2004 1.048
2005 5.176
2006 3.288
2007 1.591
2008 555
2009 3.462
2010 618
2011 1.097
2012 15.026
2013 1.059
2014 1.571
2015 1.602
2016 2.011
2017 1.294
2018 141
2019 5.078
2020 132
2021 2.430
2022 5.835
2023 1.442
2024 519

Un modelo que funcionó: la estrategia del Departamento de Agricultura

Tras la gran catástrofe de 1986, Cataluña puso en marcha una política forestal innovadora y eficaz que logró reducir drásticamente las hectáreas quemadas. El Departamento de Agricultura aplicó una nueva estrategia contra el fuego forestal que conozco bien, porque la implementé junto con otros responsables del departamento en el ámbito forestal y de los nuevos agentes rurales, como el primer responsable de estos y que dio forma al cuerpo, Víctor Compte.

La respuesta se concentraba en un punto: evitar que el foco del incendio se transformara en un frente. Este enfoque tenía puntos en común con otros fenómenos que obedecen a la misma lógica. Un foco que se expande, y esto afecta a un amplio espectro de fenómenos.

El “Programa Foc Verd” tradujo en términos operativos adaptados al problema del fuego forestal; fue su núcleo: prevención activa, detección rápida, respuesta inmediata, control territorial a través de las Agrupaciones de Defensa Forestal (ADF) y los Voluntarios Forestales Estas estructuras, junto con la creación del nuevo cuerpo de Agentes Rurales, y la modernización operativa, marcaron un antes y un después.

Se trataba de evitar que un foco se convirtiera en frente. La estrategia era clara: prevención en invierno, detección inmediata de la columna de humo, intervención rápida con capacidad de extinción mínima. La velocidad por encima de la cantidad y ubicación estratégica de recursos. Un principio común con la contención de epidemias o conflictos asimétricos: atajar el inicio, porque después puede ser demasiado tarde.

El modelo catalán fue pionero. Integraba gestión integral del riesgo, creación de áreas estratégicas de prevención, recuperación del terreno forestal quemado, y medidas fiscales y formativas. Muchas de sus bases siguen vigentes en planes como el INFOCAT o el Pla Alfa.

Pero, ¿qué pasa cuando el foco se escapa?

Cuando un incendio se transforma en un gran frente —como el de la Segarra—, todo el sistema diseñado para prevenir y contener se ve sobrepasado. Como en una “guerra relámpago”, válida contra fuerzas convencionales, ya no sirve frente a una “bomba nuclear táctica” que significa el gran fuego de kilómetros de frente. Y ahí aparece la gran carencia: Cataluña nunca ha implementado un programa específico contra los grandes incendios.

Ya fuera de la Generalitat, y tras otro año fatídico, 1994, diseñé un plan, pero nunca llegó a aplicarse. Consistía en definir módulos de superficie “sacrificables” para crear barreras efectivas que ningún frente de llamas pudiera atravesar. Era una estrategia quirúrgica, diseñada para proteger vidas, viviendas, infraestructuras y actividades económicas, asumiendo pérdidas controladas para evitar catástrofes totales. A menos hectáreas “sacrificables” más costes. Esa es la elección.

Ahora, con la tragedia de la Segarra aún reciente, tal vez haya llegado el momento —con treinta años de retraso — de establecer por fin el Plan contra los Grandes Incendios Forestales. Porque si algo nos enseña la historia es que los errores reiterados se pagan, mientras que los que se enmiendan siempre gratifican.

Twitter: @jmiroardevol

Facebook: josepmiroardevol

🔥 El incendio de la Segarra deja dos muertos y 6.000 ha arrasadas. ¿Por qué seguimos sin un plan contra grandes incendios tras 30 años de advertencias? #IncendioSegarra #CambioClimático #FocVerd #Catalunya Compartir en X

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