Elecciones andaluzas: el voto se moviliza, el sanchismo se desmorona y el PP gana sin la absoluta deseada

Andalucía es una tierra que suele decidir tarde, pero cuando se moviliza lo hace con una contundencia muy particular. Es una comunidad clave: concentra al 17,7% de la población española y, cuando habla en las urnas, España escucha.

Estas elecciones andaluzas, de hecho, se juzgaban en tres planos simultáneos: la capacidad del PP de consolidar su hegemonía, la fuerza real de María Jesús Montero y, sobre todo, el estado de salud del sanchismo.

La conclusión es clara: el voto se ha movilizado, el PSOE ha vuelto a retroceder y Pedro Sánchez sale gravemente tocado.

María Jesús Montero había apelado a la movilización. Y la logró. La participación creció más de nueve puntos porcentuales. Pero lo relevante es que esta movilización no le ha beneficiado. Al contrario: la ha perjudicado aún más. Éste es el hecho políticamente devastador de la jornada.

Tras el desastre histórico de Juan Espadas -que había conducido al PSOE andaluz al peor resultado de su historia, con 30 escaños-, Montero debía simbolizar la recuperación socialista. Pero no solo no lo logró, sino que empeoró el resultado: 28 diputados y una nueva caída de 1,4 puntos porcentuales.

Es decir: mayor participación y menos apoyo socialista.

Este hecho desmonta uno de los grandes argumentos del relato progresista español: que la abstención perjudica automáticamente a la izquierda. En Andalucía ha ocurrido exactamente lo contrario. El voto se ha activado y una parte importante de esa movilización lo ha hecho contra el PSOE y contra el gobierno central.

Y todavía hay más. La coalición Por Andalucía —el espacio de Sumar e Izquierda Unida— también retrocede en porcentaje de voto, a pesar de mantener sus escaños. El caso es especialmente significativo porque Podemos se había integrado en él, y el resultado confirma una evidencia cada vez más clara: electoralmente, Podemos es hoy una fuerza prácticamente extinguida.

Mientras, Sumar sigue instalado en la UCI política. Andalucía se suma así a los malos resultados de Extremadura, Aragón y Castilla y León. La tendencia es ya demasiado consistente para considerarla accidental.

En conjunto, estas elecciones afectan directamente a un territorio donde vive cerca del 17,7 % de la población española. Y el veredicto es inequívoco: el rechazo al gobierno Sánchez y a su coalición no disminuye; se refuerza.

Sánchez sigue gobernando como si nada fuera con él. Se presenta todavía como el portador inevitable de buenas noticias. Pero la realidad pesa demasiado. Y aunque unas elecciones autonómicas no equivalen a unas generales, hay datos imposibles de ignorar.

La primera es que María Jesús Montero no era una candidata cualquiera. Era vicepresidenta del gobierno español y vicesecretaria general del PSOE. Una de las principales arquitectas del sanchismo desde su inicio.

La segunda es que la campaña fue deliberadamente nacionalizada. Sánchez estuvo omnipresente y una parte central del discurso socialista consistía precisamente en reivindicar el “buen gobierno de España”.

Los electores andaluces no lo han comprado.

El dato más humillante para el PSOE es probablemente el de Almería, donde VOX supera a los socialistas: 23,2% frente al 21,5%. Hace sólo dos décadas, el PSOE rozaba el 50% de los votos en Andalucía. Hoy representa a poco más de uno de cada cinco electores.

El hundimiento es histórico.

Y obliga inevitablemente a mirar hacia Cataluña, convertida en el gran feudo socialista del Estado. Pero incluso ahí hay señales de alerta. Salvador Illa gobierna con menos del 28% de los votos en las autonómicas, mientras que el PSOE obtuvo en Catalunya el 34,5% en las generales. Sin Andalucía, Madrid y Comunidad Valenciana, la diferencia socialista catalana es insuficiente para garantizar a Sánchez el gobierno de España, especialmente con una extrema izquierda gubernamental en proceso de descomposición.

Esto alimenta una hipótesis cada vez más presente: unas eventuales elecciones generales convertidas en una especie de plebiscito constituyente sobre la España plurinacional. Pero ese debate todavía no es inmediato.

El PP, por su parte, ha logrado algo políticamente muy difícil: mantener un resultado extraordinario. Ha perdido solo 1,5 puntos porcentuales pese al aumento fortísimo de participación. Esto también desmiente otra tesis recurrente: que Juanma Moreno había ganado únicamente gracias a la abstención de la izquierda.

No. Ha resistido bien.

En las actuales circunstancias sociales, económicas y políticas, superar el 40 por ciento de los votos es una demostración de fuerza electoral muy considerable. Pero la política española sigue atrapada en una obsesión: si el PP necesita o no a VOX.

Y sí, lo necesita.

Sin mayoría absoluta, Moreno depende de la abstención o del soporte de VOX. En una democracia madura, esto no debería ser ningún drama: bastaría con que VOX no votara con la izquierda contra la investidura para que Moreno pudiera gobernar negociando ley a ley.

Sin embargo, VOX no se mueve según la lógica del buen gobierno institucional. Santiago Abascal considera que su partido es decisivo y, después de haber resistido casi intacto el aumento de participación, intenta imponer sus grandes ejes ideológicos —como la «prioridad nacional»— aunque no han recibido el apoyo mayoritario de los electores andaluces.

En todo este escenario, el PSOE también tiene una gran responsabilidad. Por un lado, convierte a VOX en el espantajo electoral permanente. Pero, por otro lado, hace todo lo posible para que el PP se vea obligado a gobernar con VOX en cada territorio. La coherencia institucional poco importa si el objetivo final es beneficiar a Sánchez.

La estrategia es transparente: convertir a las próximas generales en una especie de Armagedon político. Él o VOX. El bien o el caos.

Pero esa tensión artificial convence cada vez a menos gente.

Hay otro beneficiado de la jornada: Adelante Andalucía. La izquierda andaluza crítica con Sánchez ha prácticamente doblado su resultado, pasando del 4,6% al 9,6%, superando claramente a la coalición de Sumar y Podemos.

Es otra señal significativa: incluso dentro del espacio de la izquierda crece el rechazo al sanchismo.

El dato final acaba de completar el retrato político: el PSOE ha perdido las veinte principales ciudades andaluzas frente al PP.

Fracasa el PSOE. Fracasan los ministros enviados por Sánchez. Fracasa la candidata más poderosa del socialismo español. ¿Y aún debería creerse que todo esto no tiene nada que ver con el presidente del gobierno?

Andalucía ha emitido sentencia. Y no parece precisamente favorable.

El gran dato andaluz es este: más participación y menos voto socialista. #Andalucía #elecciones #PSOE Compartir en X

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