El independentismo del procés o la retirada de la Brigada Ligera

Es como si la trágica y heroica consumación final de la carga de la Brigada Ligera a lo largo del “Valle de la Muerte” se hubiera transformado en una parada y vuelta atrás al ver el rostro del enemigo. El desastre hubiera sido incluso peor al ir y volver bajo su fuego graneado, pero el final ya no sería recordado como una locura heroica, como el Alzamiento del Viernes Santo irlandés, sino como una patochada mortal.

Pues bien, el independentismo que empezó en tono presuntamente heroico en sus grandes palabras, no como tragedia, sí como drama, la carga de la Brigada Ligera se transformó cuando la caballería llegó cerca de las líneas, en una vuelta atrás, en una retirada, desandando el difícil camino realizado y más que doblando los riesgos de destrucción. En realidad, la carga histórica de la Brigada Ligera fue considerada como irresponsable y a la vez heroica, quizás porque todo gesto de este tipo conlleve necesariamente audacia que descalifica cuando el final no está acompañado por el éxito.

Pero si decides lanzarte, detenerte de pronto es peor. Si ya sabes de buen inicio que tus posibilidades son escasas, puedes decidir no llevar a cabo la intentona. Pero, si al final decides asumir el riesgo, ha de ser con todas sus consecuencias. No puedes emprender la vía heroica y después retroceder.

Y esto es lo que hizo el Procés y lo hizo en dos ocasiones. La primera en 2017 cuando en el Parlament declaró -que no proclamo- la independencia, para inmediatamente después anunciar que la dejaba sin efecto. Era la retirada escandalosa de la Brigada Ligera, dejando a todo el mundo en un sinsentido absoluto. Significaba el reconocimiento de un fracaso, con el agravante de que el enemigo era una sombra, una amenaza, pero no una realidad física presente en el campo de batalla. Se lo imaginaban en sus cerebros entrando impetuosamente en el Parlament, pero no estaba allí y posiblemente nunca habría llegado. Más tarde sí, como llegó igualmente después de la retirada, con el inconveniente que antes ya había quedado destruida la Brigada.

Pero por si fuera poco volvieron a repetirlo en el 2019, cuando los serios incidentes ocasionados por las protestas por la sentencia de los dirigentes del Procés, ocuparon portadas en el mundo entero.

El resultado de todo esto es que el proceso independentista en Cataluña no existe, porque las fuerzas que lo impulsaron han sido destruidas por una combinación que, en primer lugar, aparece en los propios errores, y después, como es lógico, la respuesta del Estado al intento de separar a una parte de este.

Sucintamente referido el escenario es este: no existe horizonte temporal ni estrategia para alcanzar la independencia, por consiguiente, no hay proyecto independentista. Los sujetos colectivos que deberían impulsarlo están destruidos o han huido. Esquerra pertenece a este último grupo. Después de empujar a Puigdemont a realizar la carga sobre la que dudaba, su experiencia le ha llevado a la conclusión de que lo que mejor que puede hacer es hacer de Esquerra Republicana Española, y no de Esquerra Nacional Catalana, y por consiguiente, la prioridad es mantener a Sánchez y a Podemos en el Gobierno. Es como si el Sinn Féin hubiera apoyado a los gobiernos laboristas en Londres, o que el independentismo escocés actuara en términos parecidos. Naturalmente nunca se les ha pasado por la cabeza tal cosa, porque hay una contradicción en dotar de gobernabilidad e intentar mejorar el estado del cual se intenta separar y supeditar la separación al buen funcionamiento de dicho estado.

Junts per Catalunya es, en estos momentos, un conglomerado heterogéneo, por un lado, de intereses personales muy ligados al cargo, proclives a la grandilocuencia en sus declaraciones y terriblemente escaso en su práctica en el camino independentista. Son radicales en sus posiciones y sobre aspectos sensibles, como el catalán, pero se desconoce cómo pueden alcanzar la independencia. Lo peor es que no lo conocen ni ellos mismos. Solo un cambio radical de escenario podría significar una cierta recuperación de una organización que en buena medida se destruye a sí misma.

Sería el regreso “triunfal” de Puigdemont para someterse al “martirio” de la detención, juicio y, previsiblemente durante un tiempo, encarcelamiento. Así podría comenzar un epígono real de Mandela que insuflara fuerza al independentismo y pusiera ante una contradicción inasimilable a Esquerra Republicana. Pero, hoy por hoy, Puigdemont ni va a volver, ni se le espera, dedicado a su inofensivo juego del Consejo para la República y determinadas escenificaciones internacionales, que nada cambian y se agotan en su propia realización.

En el ámbito de la sociedad civil, la fuerza más numerosa y dotada de una mayor capacidad de movilización, la Asamblea Nacional Catalana, que consiguió reunir a cientos de miles de catalanes, ha quedado reducida a piel y huesos y consigue poco más que reunirá a unos cientos. El papel de Omnium siempre ha sido más de acompañamiento, pero claro ahora hay poco que acompañar. Lo que tenía de ser la punta de lanza del independentismo, los CDR, están desaparecidos en combate. Seguramente algunos de sus componentes si vieron demasiado cerca como blanco de los ojos de las líneas enemigas, y prefirieron dejarlo todo para mejor ocasión. Algo parecido y en mayor medida es lo que ha sucedido con el Tsunami Democràtic, que después de unos inicios y espectaculares éxitos se esfumaron

Resultado: el independentismo del procés es una vía políticamente muerta que lo único que consigue, para perjuicio de los catalanes, es justificar el mal Gobierno, hacer perder el tiempo y la ilusión a muchas personas.

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