Minas antipersonas

El armamento y la guerra

Miremos un libro de historia, y parece que nos presenta fundamentalmente, la historia de las guerras. Cabe preguntarse, ¿qué le pasa a la humanidad que está tan ligada a la violencia?

Creer que guerras siempre habrá, y permanecer pasivamente en esta actitud, es una opción que no debemos permitírnoslo. ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos hacer algo o no?

Hay unas leyes que sobre el papel regulan los conflictos bélicos, se aseguran que ninguna de las partes atacará a civiles indefensos. Pero hemos visto el bombardeo de un hospital materno-infantil. O cómo no se dejaban abrir los corredores humanitarios que se habían acordado. Y uno piensa: ¿cómo se pueden cometer crímenes de esa magnitud?

La respuesta a la acogida de los refugiados ucranianos ha sido ejemplar, pero será necesaria una protesta masiva contra la guerra. Una movilización multitudinaria que diga NO en la guerra.

En 1997, una activista social estadounidense, Jody Williams, fundadora y coordinadora de la campaña Internacional para la Prohibición de las Minas antipersonas, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Williams, que quedó mutilada por la explosión de una mina antipersonas, inició una campaña de presión pública sobre los gobiernos, consiguiendo la firma del Tratado de Ottawa que prohibía el uso de las minas terrestres. Este Tratado lo firmaron 154 países, pero todavía hoy, naciones tan importantes como EE.UU., China o Rusia, no lo han firmado.

Ya hace tiempo, que Oxfam/Intermón y Amnistía Internacional, han puesto en marcha una campaña «Armas bajo control» y de la misma manera que estas dos entidades apoyaron con éxito la campaña contra las minas antipersona, podrían volver a conseguirlo contra el armamento. Pero no ha sido así.

Se da el contrasentido que los cinco países que presiden el Consejo de Seguridad, China, Rusia, EEUU, Reino Unido y Francia, son los principales productores de armamento y ponen todas las dificultades para sacar adelante su control.

Se necesitaría una gran movilización pública para poner en marcha una campaña antiarmamentista. Haría falta una sensibilización social que se transformara en presión sobre los gobiernos para disminuir progresivamente el stock de armas, y, por otra parte, dignificar al máximo a las personas que trabajan por la paz, y denigrar a los promotores de la guerra.

Tratar el conflicto con violencia, tratando de eliminar al adversario, es un gran error porque tarde o temprano, se volverá a manifestar en forma de revanchas incontroladas. Cuando las partes en conflicto, son desiguales en fuerza, el fuerte domina, y la otra parte, lo asume como una especie de vasallaje o sumisión que permite al fuerte dominar cada vez más.

Habrá que aprender ya desde la escuela, que el conflicto no es un problema, sino una oportunidad educativa que debe aprovecharse. Esto implica analizar en profundidad las raíces del conflicto, vigilando que ninguna parte salga perjudicada, aunque tenga que bajar el listón de las aspiraciones de cada uno. El diálogo auténtico no puede hacerse desde una situación de dominio, debe ser de igual a igual. Con una escucha profunda de las razones del otro, con el propósito decidido de no romper nunca el diálogo aunque las discrepancias sean grandes.

Ahora más que nunca, queremos lejos de nosotros la violencia. Decididamente, seamos gente de diálogo y de paz.

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