Colau se ha despedido, y todo el mundo sabe por qué. Simplemente, porque se ha visto incapaz de cumplir el compromiso asumido frente a los votantes que la escogieron. Ser oposición en el Ayuntamiento de Barcelona es una tarea dura, mucho más que hacerlo en el Parlament de Catalunya: es un trabajo ingrato, poco reconocido y con escasa atención mediática.
Colau esperó meses desde las elecciones para constatar que no tenía una salida clara y organizada. Al final, ha decidido dejarlo sin más, esperando mejores tiempos. Lo ha hecho a su manera, en el pleno del pasado viernes 25 de octubre, con un discurso cargado de narcisismo y autocomplacencia, tan ridículo como puede ser cualquier intento de hacer balance en público después de unos resultados mediocres. Cabe recordar que Colau fue reelegida alcaldesa en su segundo mandato gracias al controvertido voto de Valls, una estrella fugaz parisina, que nos dejó como legado un nuevo mandato de una alcaldesa con un fiel núcleo de incondicionales, pero con la mayoría de la ciudad en su contra.
Es pertinente recordar también que su primera victoria se debió, en buena medida, a la decisión del entonces alcalde, Xavier Trias, de no intentar formar una fácil coalición con otras fuerzas como los socialistas o Esquerra Republicana.
En su discurso de despedida, Colau habló con un orgullo desmedido, como si hablara en nombre de toda la ciudad, cuando en realidad sólo representaba el 12% del electorado. Estas visiones tan egocéntricas dicen mucho sobre las manos en las que ha estado Barcelona durante los últimos ocho años, y también sobre el grado de dependencia de sus subordinados, capaces de asumir tanto ego inadecuado.
La historia municipal de Colau es la de un fracaso. Llegó para resolver el problema de la vivienda, y el balance final habla por sí mismo. Confundió el urbanismo orientado a mejorar la calidad de vida con la lucha contra el vehículo privado, ignorando las deficiencias del transporte público, especialmente para entrar y salir de la ciudad. La ciudad empeoró en términos de limpieza y seguridad, levantando la bandera contra el turismo con el resultado de que, al final de su mandato, la ciudad estaba más llena que nunca de turistas.
No es el momento de realizar un balance detallado de su gestión, pero sí cabe señalar el narcisismo de Colau y la toxicidad de su figura cuando se eleva a categoría política. Collboni, su sucesor, es el continuador natural de muchos aspectos de la obra de Colau. No podría ser de otra forma, ya que fue su primer teniente de alcalde y estuvo sometido a su mandato durante años. Uno de los proyectos de continuidad es el tranvía, que pronto circulará hasta el Eixample. Para completar la idea del “tranvía por la Diagonal” sólo faltará el tramo hasta la plaza Francesc Macià, destruyendo la reforma de Trias.
Pero esta prolongación del tranvía se lleva a cabo bajo un silencio oscuro sobre sus condiciones económicas. La inversión pública realizada por el Ayuntamiento y la Generalitat queda en manos privadas, ya que éste es el régimen de concesión actual. El tranvía es hoy en día un negocio privado en Barcelona. No se trata de oponerse a este tipo de actividades por principio, pero sí que debe exigirse transparencia:
- Aclarar cuál será el régimen definitivo de explotación del tranvía: si continuará la concesión actual o se paralizará; y, si se mantiene, cuáles son las condiciones económicas que la rigen, las ventajas para la ciudad, las compensaciones recibidas, la inversión realizada y el cesante lucro.
- Hay que hablar de lucro cesante porque el tranvía elimina buena parte del recorrido de varias líneas de autobuses, reduciendo por tanto los ingresos de la compañía municipal. En este sentido, se está desviando un flujo de ingresos públicos hacia una actividad privada, y esto también debe conocerse.
- También es necesario saber cuánto cuesta esta obra, cuáles son las previsiones sobre el transporte de viajeros, y, cuando empiece a funcionar en noviembre, cuáles son los resultados reales.
- Nunca se ha hecho público un informe sobre el impacto del tranvía en la movilidad ciudadana, ni sobre la posibilidad de alternativas más económicas y flexibles. La disponibilidad de autobuses de gran capacidad eléctricos, junto con la coordinación semafórica, siempre ha sido una alternativa más económica y flexible, y quizás por eso no se ha querido mostrar a los ciudadanos.
- Una última cuestión: la falta de credibilidad de los llamamientos a la participación, tanto de Colau como de Collboni. Es necesaria una consulta ciudadana para demostrar que la opinión contraria al tranvía, que se manifestó durante el mandato del alcalde Hereu y contribuyó a su caída política, ya no existe, y que, en esta ocasión, Barcelona votaría a favor de ese medio de transporte.
El referéndum sobre el tranvía, la transparencia en los datos económicos y financieros, así como los estudios sobre movilidad, son tres grandes cuestiones que la ciudadanía exige a Collboni, quien no puede mirar hacia otro lado y seguir en silencio, arriesgándose a demostrar que la democracia es, en realidad, una partitocracia donde los ganadores se reparten cuotas de poder y favores sin tener en cuenta la opinión de los ciudadanos, quienes, al fin y al cabo, somos quienes, con nuestro dinero, hacemos posible su trabajo.
