Poco más de un año después del inicio de la pandemia, el fracaso de los países europeos y de las instituciones de Bruselas es total.

La comparación con otras partes del mundo, algunas muy alejadas y otras muy cercanas, resulta dolorosa para cualquier capital del continente europeo, de París a Atenas, pasando por Berlín.

La crisis generada por el virus ha supuesto un brutal, y muy revelador, examen de la gobernanza y de la capacidad de resistencia y adaptación de las sociedades a través del mundo. Algunas de ellas lo han aprobado con creces, otras lo han vergonzosamente suspendido.

Según el atento ensayista francés Nicolas Baverez, quizás el resultado más revelador sea el siguiente: por el momento, Occidente ha demostrado estar en declive frente a Asia, Europa estar en declive en el seno de Occidente, y Francia estarlo dentro de Europa.

Baverez es particularmente duro para con su país, y compara la debacle del año pasado con la derrota frente a la Alemania de Hitler en 1940.

En ambos casos, arguye, se puso de manifiesto la obsolescencia de las capacidades públicas (en 1940, del ejército, en 2020 del sistema de salud), pero también la fragilidad de la sociedad francesa (entonces, minada por una guerra civil fría entre las izquierdas y las derechas; ahora fragmentada en grupos identitarios distintos, como describe Jérôme Fourquet con en su obra “El archipiélago francés”).

En 2020 como en 1940, describe Baverez, las instituciones de la República francesa fueron incapaces de dar una respuesta a los desafíos del país porque se trataba de crisis para las cuáles su pesada maquinaria burocrática no tenía respuesta alguna.

En Francia en particular, el caos ha sido mayúsculo, prosigue Baverez: normas que cambian de forma constante, reglas burocráticas que desafían el sentido común, promesas repetidamente incumplidas, incapacidad de aprender de los errores cometidos durante la primera ola del virus, etcétera etcétera.

La Unión Europea, por su parte, tampoco ha estado a la altura. La insistencia de la Comisión para que fuera Bruselas quién realizara las compras de las vacunas ha terminado en desastre. Aunque es cierto que no le faltaba mérito a la idea, la Comisión ha demostrado ser un ente concebido para la burocracia e incapaz de gobernar, y mucho menos en tiempo de crisis.

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El famoso y tan alardeado fondo de recuperación de 750.000 millones de euros, tan difícil de negociar, se ha quedado obsoleto en pocos meses. Además, con un inicio de la distribución del dinero previsto en 2022, llegará demasiado tarde.

Europa ha incluso fracasado en establecer un marco común para la gestión de los transportes, algo que entra de lleno en sus competencias. Tampoco ha sabido o podido imponer reglas sanitarias básicas similares en todos los estados miembro, cosa que ha dado lugar a disparidades enormes de un país a otro.

Baverez insiste en señalar la Covid-19 como un “último aviso”, ya que pone en evidencia para todo francés (y más en general, europeo) la degradación de los servicios públicos mientras que su coste no para de crecer, el error de desindustrializar a marcha forzada, las consecuencias de la falta de inversiones en investigación y desarrollo, la fragmentación social y la falta de valores compartidos, y por último la fragilidad del proyecto europeo.

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