Hay crisis que terminan cuando desaparecen las imágenes de las televisiones. Y hay otros que comienzan precisamente entonces. La de Ceuta pertenece a esta segunda categoría.
Se podrá discutir si entraron 40.000, 50.000 o 72.000; habrá que aclarar cuántos miles siguen en la ciudad, cuántos son menores y, sobre todo, la terrible cifra de los muertos. Todo esto es esencial. Pero, por debajo del drama humanitario y del caos político, ha aparecido una realidad aún más inquietante: España ha descubierto una nueva y extraordinariamente barata forma de vulnerar su soberanía.
De esta crisis quedan nueve conclusiones.
Primera. Ceuta no ha sufrido primordialmente una crisis migratoria, sino una crisis de soberanía. Cuando decenas de miles de personas pueden atravesar en pocas horas una frontera internacional y obligar a un Estado europeo a movilizar a las Fuerzas Armadas, ya no hablamos solo de inmigración irregular. Hablamos de control del territorio. Pedro Sánchez lo reconoció implícitamente cuando calificó los hechos de «violación y ataque a la integridad territorial».
Segunda. Ha aparecido una nueva forma de vulnerabilidad española. No hacen falta tanques, misiles ni soldados. La presión híbrida permite causar una formidable crisis mediante una masa humana que atraviesa una frontera cuando alguien, simplemente, deja de contenerla. El coste para quien ejerce esa presión es mínimo; para quien la recibe puede ser político, humanitario, económico y militar.
Tercera. España depende de Marruecos para controlar una parte decisiva de su propia frontera. Rabat afirma disponer de unos 24.000 agentes dedicados al control migratorio en el norte y asegura haber impedido decenas de miles de entradas irregulares cada año. Si esto es cierto, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo pueden pasar repentinamente decenas de miles de personas? La dependencia de la buena voluntad marroquí ya es un problema de seguridad nacional.
Cuarta. El Gobierno reaccionó, pero lo hizo cuando Ceuta estaba ya desbordada. Este es el punto débil de la defensa de Marlaska. Quizás nadie le advirtió de que entrarían exactamente 72.000 personas. Pero desde días antes las llegadas crecían extraordinariamente; Ceuta estaba en emergencia y policías y guardias civiles avisaban de que no podían más. La cuestión no es adivinar una cifra. Gobernar consiste precisamente en anticiparse al desastre.
Quinta. Las mafias no son una explicación suficiente. Pueden haber difundido mensajes, organizado movimientos y explotado la ocasión. Se debe investigar. Pero las mafias viven del negocio clandestino, no de una entrada masiva, gratuita y retransmitida por televisión que provoca de inmediato el reforzamiento de la frontera. La pregunta sigue intacta: ¿por qué el poderoso dispositivo marroquí dejó de contener a esa multitud?
Sexta. El Gobierno está atrapado en su propia contradicción. No se puede proclamar que España ha sufrido un ataque contra su integridad territorial y, simultáneamente, limitarse a elogiar la colaboración del país desde cuyo territorio se ha producido. Si ha habido ataque, es necesario explicar quién lo ha hecho posible. Y si Marruecos ha sido un colaborador ejemplar, alguien tendrá que explicar cómo es posible lo ocurrido.
Séptima. Ceuta y Melilla ya no pueden ser tratadas como un apéndice de la política migratoria. Son una cuestión central de defensa española. España comparte las amenazas de la OTAN en el este, naturalmente, pero tiene una geografía que Polonia, Finlandia o Estonia no tienen. Nuestro flanco sur exige inteligencia, vigilancia marítima, drones, defensa aérea, logística y capacidad militar de reacción inmediata. El gasto en defensa debe medirse también por la capacidad de proteger las vulnerabilidades específicamente españolas.
Octava. Ceuta es también un problema europeo. La ciudad tiene singularidades respecto a Schengen, pero es España y es frontera exterior de la Unión. Europa acaba de descubrir que parte de su perímetro depende, en último término, de la voluntad de un tercer Estado. Y esto es una fragilidad terrible, que ningún otro país presenta. Por eso la política migratoria española deja de ser solo española: sus consecuencias afectan a los demás socios.
Novena. Esta crisis tendrá consecuencias políticas. Alimentará a las fuerzas europeas que reclaman fronteras mucho más duras y facilitará que Marine Le Pen y otros movimientos presenten a Ceuta como la demostración práctica de sus advertencias. En España puede reabrir con total intensidad el conflicto entre PP y Vox, especialmente sobre los menores. Y la regularización extraordinaria, con una demanda muy superior a la prevista inicialmente, será inevitablemente releída a la luz de lo que acaba de suceder.
Pero todavía queda lo más grave. Un centenar de muertos, según las estimaciones citadas por el presidente Vivas, miles de personas pendientes de identificación o retorno y una enorme incertidumbre sobre el número de menores reclaman investigación y responsabilidades. Las responsabilidades penales corresponden a los jueces. Las políticas, no. Estas pertenecen al Congreso, al Gobierno y a los ciudadanos y no pueden quedar enterradas bajo la próxima noticia.
Ceuta ha demostrado algo que España haría bien en no olvidar: puede sufrir una agresión a su soberanía sin que nadie dispare un disparo. La frontera cedió no frente a un ejército, sino ante una masa humana que alguien dejó pasar. Esta es la nueva vulnerabilidad que el Estado debe afrontar.
Y, de hecho, no es una situación inédita. Marruecos ya ejerció con éxito una forma similar de presión con su Marcha Verde sobre el Sáhara. Sánchez carece de memoria histórica.
Nueve conclusiones de Ceuta y una devastadora: depender de Marruecos para controlar la frontera es ya un problema de seguridad nacional. #Marruecos #Ceuta Compartir en X





