Hay oficios difíciles. Hacer de pescador cuando no hay pescado. Hacer de campesino cuando no llueve. Y después hay una actividad aún más complicada: intentar votar en Catalunya desde una perspectiva católica sin tener que taparse la nariz antes de entrar en el colegio electoral.
La situación tiene un punto de tragicomedia. Durante más de un siglo, el cristianismo —y, más concretamente, el catolicismo— fue una de las grandes corrientes que vertebraron la sociedad catalana. No era una simple adhesión religiosa. Era una forma de entender el país, la cultura, la política, la educación, el asociacionismo e incluso la economía. Catalunya podía ser muchas cosas, pero difícilmente se entendía sin su matriz católica.
Cierto es que el obispo Josep Torras i Bages nunca escribió exactamente aquella frase tan repetida según la cual «Catalunya será cristiana o no será». Pero también es cierto que su obra, especialmente La tradició catalana, respiraba ese mismo espíritu. La nación catalana no estaba concebida como una abstracción ideológica, sino como el fruto de una historia, una cultura y una tradición espiritual compartidas.
Durante décadas, esta corriente compitió con el marxismo y el comunismo por la hegemonía cultural y política del país. Al inicio de la Transición parecía que la balanza se decantaría definitivamente hacia la izquierda. Pero entonces apareció Jordi Pujol, un demócrata cristiano europeo con acento catalán, que construyó un proyecto nacional con fuerza para dominar la política catalana durante más de veinte años.
Cuando Pujol desapareció de la escena y Unió Democràtica se disolvió como un azucarillo dentro de un café demasiado caliente, aquel espacio quedó huérfano. Y todavía sigue así.
Basta recordar un dato hoy casi arqueológico: en el primer Parlament restaurado, cerca de la mitad de los diputados provenían de movimientos escoltes. Muchos de ellos de la DDE, la rama católica de un movimiento juvenil internacional que había formado buena parte de las élites del país.
Ahora el panorama es radicalmente distinto.
ERC es un caso digno de estudio.
Oriol Junqueras se declara católico y nadie tiene derecho a fiscalizar la conciencia ajena. Pero el partido que dirige parece haber recuperado algunos de los reflejos más agresivamente anticlericales del republicanismo de los años treinta. Quedan muy lejos los tiempos de Heribert Barrera, agnóstico declarado pero exquisitamente respetuoso con el hecho religioso. La versión más visible de ERC es hoy la representada por Gabriel Rufián, una figura que algunos ven como una versión posmoderna del «pincho de esquina» tan característico de ciertos ambientes de la vieja FAI.
Hoy, la liturgia dominante parece más bien la de la provocación adolescente.
Existe una necesidad casi compulsiva de marcar distancias con cualquier expresión pública de cristianismo. La caricatura sustituye al argumento. La burla reemplaza el debate.
Los Comuns constituyen otra variedad del mismo fenómeno.
Han heredado parte de la tradición del PSUC y parte del populismo latinoamericano que rodeó a Ada Colau. El resultado es una izquierda que considera sospechosa cualquier manifestación católica, pero practica una curiosa delicadeza multicultural con otras religiones.
Un menú sin carne los viernes de Cuaresma es visto como una intolerable intromisión confesional. Una opción halal, en cambio, se celebra como una expresión ejemplar de pluralismo. Lo que en un caso es fundamentalismo, en el otro es diversidad. La lógica es tan refinada que probablemente solo puede entenderse después de un máster en deconstrucción posmoderna.
Luego viene Junts.
Algunos sectores empresariales siguen soñando que es la reencarnación de Convergencia Democrática. Pero esto es como esperar a que una réplica de cartón piedra pueda sustituir a una catedral gótica.
Junts vive absorbido por una determinada concepción del independentismo que se ha convertido en una especie de dogma superior. Todo queda subordinado a esa causa. La doctrina social de la Iglesia, las advertencias de los papas o las consideraciones morales pasan a un segundo plano si entran en conflicto con la narrativa nacional dominante.
Para un votante católico, el alojamiento resulta difícil y con frecuencia estéril.
Y después llega el último fenómeno político del momento: los orriolistas, los seguidores de Silvia Orriols y su reducido pero disciplinado círculo de fieles.
Han construido un artefacto político que crece a gran velocidad aprovechando los miedos y frustraciones de una parte de la sociedad catalana. Pero bajo la apariencia de defensa de las raíces cristianas late una curiosa furia anticatólica.
La mejor demostración la proporcionó la propia Orriols a raíz de la misa celebrada por León XIV en la Sagrada Família. Vale la pena recordar algunos fragmentos:
«No validaré con mi presencia una Iglesia que desprecia a los catalanes (…) y que contribuye con su insólito y selectivo paternalismo a la islamización de Europa y del mundo.»
Y también:
«Quien no acepte nuestro derecho a la vida, quien no valore ni acepte nuestra identidad milenaria, no debe contar ni con nuestra presencia ni con nuestro apoyo.»
El texto era tan revelador como asombroso. Porque, más allá de la cuestión lingüística -ya discutible cuando se refiere al pontífice que probablemente más catalán ha empleado en sus intervenciones públicas-, lo que aparece es una enmienda a la totalidad de la Iglesia católica real.
Las raíces de este país son cristianas, ciertamente. Pero, para ser precisos, han sido católicas, romanas y papales. Catalunya ha sido históricamente una tierra güelfa. Su tradición no consistía en dar lecciones a Roma, sino en mirar hacia Roma. Precisamente por eso, las tensiones con la monarquía hispánica o con determinados sectores de la Iglesia española fueron frecuentes a lo largo de los siglos.
Resulta paradójico que una fuerza política que se proclama defensora de la tradición catalana acabe combatiendo uno de sus elementos más característicos: la fidelidad a la Iglesia universal.
Su visión de la inmigración tampoco tiene mucho que ver con el catalanismo clásico. Este siempre entendió que los flujos migratorios debían ser regulados y compatibles con la cohesión nacional, pero también que las personas que llegaban y se arraigaban en el país debían ser incorporadas a una comunidad compartida.
Los orriolistas parecen ignorar esa vieja disyuntiva formulada por Umberto Eco entre «apocalípticos e integrados». Prefieren instalarse en el apocalipsis permanente. Y Catalunya ya ha conocido en varias ocasiones estos movimientos de «pit i collons», inflamados de patriotismo y de certeza absoluta, que prometían cambiarlo todo aunque a menudo no llegaron ni a la esquina.
Llegamos a los socialistas.
Salvador Illa se declara católico. De nuevo, ninguna objeción posible sobre las convicciones personales. Pero el Evangelio contiene aquella advertencia de que los árboles se conocen por sus frutos.
Y los frutos políticos del PSC, tanto en la Generalitat como en el Ayuntamiento de Barcelona, son difíciles de conciliar con los planteamientos que defiende León XIV.
La defensa del aborto y de la eutanasia, la ausencia de una política familiar significativa —como evidencia la negativa a desplegar plenamente los compromisos aprobados por el Parlament en materia de apoyo a la familia—, la promoción de la ideología de género y de las políticas LGTBI en el ámbito educativo, así como una concepción de la persona más deudora de la sociología progresista que del humanismo cristiano, configuran una agenda difícilmente compatible con la doctrina social de la Iglesia.
La contradicción es tan evidente que acaba convirtiéndose en cuestión política antes que religiosa.
Queda el Partido Popular.
El PP catalán sigue siendo una formación peculiar. Lleva décadas intentando arraigar en Catalunya sin acabar de entenderla del todo. No es hostil al hecho religioso, pero tampoco parece especialmente dispuesto a defenderlo cuando resulta incómodo.
Y aquí aparece esa palabra terrible del Apocalipsis: tibieza.
«Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero, porque eres tibio, y no eres caliente ni frío, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Tú dices: «Soy rico, me he enriquecido y no me falta nada»; y no te das cuenta de que eres desgraciado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,15-17).
No hay mucho más que añadir.
Por último está Vox.
Comparte con Aliança Catalana una parte importante del discurso antiinmigración. Pero tiene un «pequeño detalle»: propugna la desaparición de las autonomías. En Catalunya, esto equivale a presentarse a unas elecciones de pescadores proponiendo la abolición de las redes.
El votante católico catalán se encuentra hoy políticamente desamparado. No porque falte gente que se declare creyente. Los hay en todos los partidos. El problema es que casi ninguna formación incorpora de forma coherente —o, al menos, no claramente antagónica— una visión inspirada en la doctrina social cristiana.
La tentación habitual es refugiarse en la teoría del mal menor. Pero hay una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el mal menor se convierte en una rutina electoral? ¿Qué sucede cuando una sociedad lleva décadas votando resignadamente lo que considera menos malo?
La respuesta es sencilla. El mal menor acaba adquiriendo dimensiones mayores. Y entonces el ciudadano descubre que lo que parecía un recurso provisional se ha convertido en una enfermedad crónica.
El mal menor acaba adquiriendo dimensiones mayores. Y entonces el ciudadano descubre que lo que parecía un recurso provisional se ha convertido en una enfermedad crónica. Compartir en X





