Asamblea General de la ONU. Diecisiete amenazas globales y una crisis de gobernabilidad

El 22 de septiembre, Nueva York abrirá el debate general del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Las intervenciones se celebrarán del 22 al 26 y el 28 de septiembre de 2026. Los gobernantes hablarán delante del mundo. La cuestión es si pueden gobernar aún los peligros que describen.

Las amenazas globales van mucho más allá de la inteligencia artificial. Algunas ya destruyen vidas y capacidades. Otras pueden desencadenar una ruptura repentina. Confundirlas impide actuar bien. Todas comparten un problema: crece nuestra capacidad de provocar daños mientras se debilitan las instituciones, conocimientos y vínculos necesarios para evitarlos.

Las amenazas globales que ya actúan

  1. La quiebra de la seguridad colectiva. El veto permite que las grandes potencias bloqueen al Consejo de Seguridad cuando sus intereses están en juego. La ONU sigue prestando servicios indispensables, pero resulta impotente ante demasiadas agresiones. Quienes deberían garantizar las reglas pueden impedir que se apliquen.
  2. La erosión del multilateralismo. Las normas compartidas ceden ante la negociación bajo presión. Trump trata alianzas y compromisos según el beneficio inmediato estadounidense; Rusia vulnera la soberanía ucraniana. Europa paga su dependencia industrial, energética y militar. Cuando manda la fuerza, los países débiles pierden protección.
  3. La persistencia de las guerras. Ucrania, Oriente Próximo y los conflictos africanos destruyen poblaciones, escuelas y economías. El rearme absorbe recursos. Ganar una batalla no garantiza una paz estable. Sin objetivos políticos alcanzables y diplomacia efectiva, la superioridad militar puede alimentar una guerra sin salida.
  4. El cambio climático. Según la Organización Meteorológica Mundial, los años 2015-2025 fueron los once más cálidos registrados. Calor, sequías, incendios e inundaciones alteran las condiciones de vida. El deshielo del permafrost libera gases de efecto invernadero. El Mediterráneo necesita protección concreta, desde la vivienda hasta el agua.
  5. La degradación de la biosfera. Destruimos hábitats, empobrecemos suelos y sobreexplotamos acuíferos. Este deterioro tiene causas propias, aunque el clima lo agrave. Se debilita la fertilidad, la disponibilidad de agua y la producción de alimentos. Podemos contabilizar crecimiento económico mientras consumimos las bases naturales que van a permitir producir mañana.
  6. La financiarización y la deuda. El FMI sitúa la deuda pública mundial cerca del 94% del PIB en 2025. La refinanciación permanente y las inversiones sustentadas en rendimientos inciertos, también en IA, multiplican dependencias. Cuando aumentan los intereses, queda menos margen para pensiones, servicios, defensa y prevención.
  7. Las migraciones desbordadas e instrumentalizadas. El problema aparece cuando el volumen y rapidez de las llegadas superan la capacidad de vivienda, escuela, trabajo e integración. La dependencia de otros estados por controlar fronteras facilita presiones. Gobernar exige ordenar los flujos, hacer cumplir las leyes y sostener los territorios receptores.
  8. El desequilibrio demográfico. La fecundidad persistentemente baja, la pérdida de la natalidad, que hace estragos en Cataluña, compromete el relevo generacional y presiona los cuidados, las pensiones y la producción. Vivir más es un progreso. El peligro es llegar a esa longevidad sin familias ni instituciones capaces de sostenerla.
  9. El retroceso educativo. PISA 2025, publicado este septiembre, documenta un nuevo deterioro del rendimiento de la OCDE, especialmente en lectura. Comprender peor significa juzgar peor. Delegar el trabajo intelectual sin conservar criterio propio agrava la dependencia. Una sociedad compleja necesita ciudadanos capaces de comprender aquello que les gobierna. En este contexto bajista, el caso de España y Cataluña es catastrófico.
  10. El deterioro del Estado de derecho. La captura de instituciones, el debilitamiento de los controles y la degradación administrativa reducen la capacidad de corregir errores. Cuando el Estado sirve a la continuidad de los gobernantes, la ley pierde autoridad. El país puede conservar recursos y conocimiento, pero puede perder la capacidad de utilizarlos con justicia.
  11. La desvinculación social. La soledad, la fragilidad familiar y la pérdida de comunidad deshacen redes de confianza y ayuda. Las necesidades de cuidado se trasladan a servicios saturados o a mercados inaccesibles. Sin compromisos duraderos, cuesta educar, cooperar y sostener a los vulnerables. Ninguna tecnología sustituye todo este trabajo.
  12. La resistencia a los antimicrobianos. Las infecciones resistentes erosionan ya la eficacia de los tratamientos. Esto compromete también operaciones, trasplantes y terapias contra el cáncer. El deterioro puede avanzar sin una gran epidemia visible. Parte de la medicina moderna depende de unos fármacos que pueden dejar de protegernos.
  13. El crimen organizado transnacional. El narcotráfico, el tráfico de personas y el blanqueo acumulan dinero, violencia y poder institucional. La OIT estima en 236.000 millones de dólares anuales los beneficios ilegales del trabajo forzado privado. Las redes criminales pueden comprar protección política y disputar al Estado el control efectivo.Las amenazas potenciales de ruptura

Las amenazas potenciales de ruptura

  1. Una escalada nuclear. Los arsenales existen. La catástrofe no se ha producido. La expiración del New START en febrero de 2026, sin sustituto, ha debilitado los límites verificables. Una decisión deliberada, una falsa alarma o un fallo de cálculo podrían provocar daños inmensos. Es necesaria comunicación y control de armamentos.
  2. Una pérdida de control sobre la IA. Los fraudes y otros usos perjudiciales son ya reales. Una pérdida extrema de control sigue siendo un escenario incierto, según el informe internacional de seguridad de 2026. La competición empresarial acelera el despliegue. La supervisión independiente debe llegar antes de que los daños sean irreversibles.
  3. Una nueva pandemia o crisis biológica. La COVID demostró que un patógeno puede paralizar a sociedades enteras. Añadimos los accidentes de laboratorio y el uso malicioso de la biotecnología. Ignoramos cuándo llegará la próxima gran emergencia. Sin embargo, conocemos la necesidad de vigilancia, preparación sanitaria y cooperación.
  4. Un fallo extenso de los sistemas esenciales. Electricidad, telecomunicaciones, pagos, logística y suministros dependen unos de otros. Un ciberataque, un sabotaje o una avería pueden propagar interrupciones entre países. La concentración de proveedores agrava la fragilidad. La eficiencia sin alternativas de reserva nos deja expuestos.

Estos riesgos se multiplican entre sí. Una guerra encarece la energía; la deuda recorta la prevención; una sociedad mal formada acepta peores decisiones. Hemos ganado años de vida, conocimiento y capacidad de curar. Ahora hay que defender estas conquistas de forma efectiva. A los gobernantes reunidos en Nueva York debemos exigirles responsabilidades, recursos y resultados comprobables. Los discursos no detendrán ninguna de estas amenazas.

El debate de la ONU pone el foco en diecisiete amenazas globales: trece crisis vigentes y cuatro riesgos potenciales que exigen capacidad real de gobernar. #ONU Compartir en X

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