Hay carreras políticas que avanzan por méritos, otras por constancia, y algunas por esa misteriosa capacidad contemporánea de flotar siempre, aunque el resultado electoral sea más bien subacuático. Gabriel Rufián Romero pertenece a esta última categoría: fracasado como aspirante municipal en Santa Coloma de Gramenet, pero celebrado ahora como posible faro de la izquierda española situada a la izquierda del PSOE. Porque, ya se sabe, la palabra «extrema» solo se aplica a la derecha.
La paradoja es notable.
Rufián se presentó en el 2023 en Santa Coloma de Gramenet, su ciudad, con la ambición de sacudir la hegemonía socialista de Núria Parlon. Sin embargo, el resultado fue discreto: ERC pasó de tres a cuatro concejales, mientras el PSC mantenía una mayoría absoluta abrumadora, con 17 de los 27 concejales del consistorio. La operación Rufián no rompió nada esencial. Hizo ruido —y eso es algo que sabe hacer muy bien—, pero la ciudad siguió votando como siempre.
Luego, como suele ocurrir en la política actual, el fracaso local no tuvo consecuencias proporcionadas. Rufián aguantó poco más de año y medio como concejal y renunció al acta en enero del 2025 para concentrarse en el Congreso. Una forma elegante de decir que Santa Coloma le había servido de decorado, mientras Madrid seguía siendo el escenario principal, que en realidad nunca había abandonado.
Rufián es hijo político de ese independentismo que descubrió que un buen eslogan podía sustituir a una política. Vino de Súmate, pasó por la ANC y Oriol Junqueras le situó en el Congreso en el 2015. Desde entonces, hace más de una década que forma parte de la clase política instalada en Madrid, aunque conserve la gesticulación de quien habla desde fuera del sistema.
Su principal virtud es la frase corta y punzante, concebida más para circular por X que para sostener una idea.
Tiene el don del impacto verbal, pero también el defecto de haber contribuido a convertir el debate político en una batalla de barra americana. No argumenta tanto como dispara. Y, cuando dispara, a menudo lo hace con ese desprecio tan característico de los profesionales de la superioridad moral.
Ahora bien, una parte de la izquierda española le mira como posible líder de un nuevo espacio unitario. Las recientes encuestas le sitúan como el nombre mejor valorado entre los votantes progresistas para encabezar una candidatura a la izquierda del PSOE. Un dato que dice mucho de Rufián, pero aún más del estado de ese espacio político.
Yolanda Díaz ha quedado políticamente chamuscada. Sumar se ha ido convirtiendo en una sala de espera. Podemos vive instalado en la combustión permanente. Y, en medio de ese paisaje, aparece Rufián como solución. Es la política española en estado puro:
cuando faltan ideas, se busca a un personaje.
Lo sorprendente es ERC.
Un partido que asegura querer reconstruir el independentismo mantiene como principal voz en Madrid a un dirigente que parece cada vez más tentado por otra película: la de liderar la izquierda española plurinacional. Todo ello mientras ERC ha facilitado la presidencia de Salvador Illa y sostiene una geometría política que cuesta distinguir de una rendición administrada.
Rufián puede ser muchas cosas: hábil, mediático, incisivo, televisivo. Pero no representa renovación alguna. Es más bien el síntoma de una época en la que la política confunde la notoriedad con el liderazgo y la frase con el pensamiento.
Ay, Carrillo. Ay, Anguita. Cómo ha terminado todo.
Rufián puede ser muchas cosas: hábil, mediático, incisivo, televisivo. Pero no representa renovación alguna. Es más bien el síntoma de una época en la que la política confunde la notoriedad con el liderazgo y la frase con el… Compartir en X






