Pornografía, enfermedades de transmisión sexual y Coedúcate: cuando la escuela acelera el problema que dice combatir

Según el servicio especializado del Hospital Universitario Vall d’Hebron, la tasa de infecciones de transmisión sexual entre adolescentes es muy superior a la de los adultos. Hablamos de chicos y chicas de entre 13 y 17 años, especialmente afectados por la clamidia y la gonorrea. La muestra puede que no sea lo suficientemente extensa para establecer conclusiones definitivas, pero sí suficiente para encender todas las alarmas. Sobre todo porque estos datos no aparecen de la nada: se inscriben en una tendencia sostenida desde hace años.

Las infecciones de transmisión sexual crecen entre los jóvenes. Y esto es extraordinariamente grave.

No es solo una cuestión sanitaria. El problema es mucho más profundo. Este aumento refleja hábitos, conductas, formas de relación y determinada educación afectiva y sexual que está fallando. Cuando chicos y chicas de trece, catorce o quince años entran en dinámicas sexuales propias de adultos, las consecuencias no son únicamente médicas. También afectan a la madurez emocional, la capacidad de vinculación, la percepción del propio cuerpo y la forma de entender al otro.

Sin embargo, la respuesta dominante suele ser siempre la misma: más educación sexual, es decir, más información técnica sobre preservativos y protocolos preventivos. Pero casi nunca existe una reflexión sobre la cuestión esencial: si estas relaciones deberían producirse a estas edades. Ni una sola palabra sobre la necesidad de madurez personal antes de entrar en una experiencia que compromete el cuerpo, la afectividad y la identidad. Todo queda reducido a la gestión del riesgo.

Nuestra sociedad ha dejado de ser simplemente permisiva. Ha pasado a estimular activamente la sexualización precoz. Y una de las expresiones más claras de este modelo es el programa Coeduca’t de la Generalitat, aplicado obligatoriamente entre los 3 y los 18 años en los centros educativos. El programa se presenta bajo el lenguaje de la diversidad, la igualdad y la prevención, pero según sus críticos transmite una determinada antropología: la centralidad del deseo sexual como elemento estructurador de la identidad personal.

No se limita a hablar de respeto o convivencia. Impulsa una determinada forma de entender la sexualidad basada en la experimentación temprana, la búsqueda del placer y la disolución de límites culturales y morales. Y lo hace utilizando recursos que muchos padres desconocen o que, de conocer con detalle, probablemente rechazarían.

Es el caso de la utilización de contenidos explícitos o paraexplícitos, materiales vinculados a la bisexualidad precoz, referencias a prácticas sexuales e incluso programas audiovisuales como ¡Oh My Goig! de Betevé, utilizados como soporte pedagógico. Todo esto en una sociedad donde el acceso a la pornografía se produce habitualmente a los diez u once años.

Y ahí aparece la gran contradicción.

¿Cómo se pretende frenar a las ETS entre adolescentes si, simultáneamente, se les educa en la normalización de las relaciones sexuales tempranas?

¿Cómo denunciar la pornografía mientras se introducen en las escuelas materiales que banalizan la hipersexualización?

¿Cómo hablar de respeto mientras buena parte de la cultura audiovisual y educativa empuja hacia la cosificación?

La pornografía no es un simple entretenimiento privado. Es una pedagogía del deseo. Educa la mirada, modela expectativas y define roles. Y lo hace de forma intensiva, repetitiva y precoz.

Un adolescente que aprende sobre sexualidad principalmente a través de la pornografía no recibe información neutral. No existe una pornografía “buena”. Aprende por exposición. Y lo que aprende está claro: la mujer como objeto disponible, la intensidad sustituyendo la relación, la excitación inmediata ocupando el lugar del vínculo y del respeto.

La pornografía no muestra simplemente actos sexuales: enseña una determinada forma de desear.

Por eso el problema no es solo si provoca conductas agresivas. El problema es más profundo: configura el marco mental desde el que se interpreta la sexualidad. Exactamente igual que un deportista automatiza movimientos a través de la repetición, la pornografía actúa como un entrenamiento constante del impulso: repetición de escenas, intensificación de estímulos, fijación de patrones y reducción de la distancia entre excitación y conducta.

Y esto tiene consecuencias.

La neurociencia conoce perfectamente el mecanismo de la habituación: lo que hoy excita, mañana resulta insuficiente. Por eso el consumo pornográfico tiende a la escalada: mayor intensidad, mayor transgresión, mayor agresividad simbólica. No porque todo consumidor se convierta en agresor –eso sería falso–, sino porque el umbral moral se desplaza progresivamente.

Lo que antes parecía impensable resulta imaginable.
Lo excepcional se convierte en normal.
La frontera interior se erosiona.

Y, mientras, las instituciones públicas insisten en reducirlo todo a técnicas preventivas y discursos sobre “sexualidades diversas”, evitando deliberadamente la cuestión central: el dominio de uno mismo, la capacidad de poner límites y la necesidad de madurez. Precisamente, los mismos requisitos necesarios para un buen aprovechamiento escolar.

Porque el problema de fondo no es tecnológico. Es antropológico.

Una sociedad que no educa en el gobierno del deseo termina sometida al deseo. Y entonces solo le queda gestionar los daños: ETS, dependencia pornográfica, banalización afectiva, cosificación y deterioro de las relaciones humanas.

La tradición cristiana —y también cualquier gran tradición humanista— había entendido una idea elemental: el respeto al otro comienza por el dominio de uno mismo. Sin esa base, toda educación sexual acaba convertida en una simple técnica de reducción de riesgos.

Y el resultado es el que ya tenemos frente a los ojos: adolescentes cada vez más expuestos sexualmente, más influidos por la pornografía y más afectados por enfermedades de transmisión sexual.

Cataluña no necesita más propaganda sexual institucional. Necesita una educación afectiva y moral capaz de formar a personas libres, responsables y maduras. Necesita recuperar la idea de que la sexualidad no es un juego precoz ni un derecho al consumo del cuerpo del otro, sino una realidad humana de enorme trascendencia personal.

Porque una cultura que acelera el deseo pero elimina los límites no educa: abandona.

Y por eso, según esta visión crítica, es necesario empezar por lo más fácil y efectivo: retirar el programa Coeduca’t de las escuelas catalanas.

Reducir la educación sexual a los preservativos y técnicas preventivas es ignorar el problema de fondo: la falta de madurez afectiva. #Adolescentes #ETS Compartir en X

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