La peor guerra del mundo, ahora mismo

La peor guerra del mundo, hoy, por el número de víctimas, desplazados y su duración, no es ninguna de las que ocupan la atención mediática y política internacional. Es, sin embargo, la gran olvidada: la guerra de Sudán. Recordarlo es una cuestión elemental de justicia.

El conflicto sudanés, invisible para gran parte de la opinión pública global, evidencia la hipocresía de la política internacional, especialmente de aquellos actores que más se proclaman defensores de derechos humanos y del orden internacional, como la Unión Europea o España. También pone de manifiesto la impotencia —o inutilidad— de Naciones Unidas, incapaces de impulsar iniciativas efectivas ni siquiera en un conflicto que es, en esencia, una guerra civil.

La guerra comenzó el 15 de abril de 2023 y ya hace tres años que se alarga.

Enfrenta a las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), el ejército oficial liderado por Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un poderoso grupo paramilitar comandado por Mohamed Hamdan “Hemedti”. El conflicto estalla a raíz de desacuerdos sobre el reparto de poder y la integración de las RSF dentro del ejército, y se transforma rápidamente en una guerra abierta que afecta a Jartum, Darfur y otras regiones del país.

Pero ninguna guerra puede sostenerse durante tanto tiempo sin recursos. Y Sudán es uno de los países más pobres del mundo. Con un PIB per cápita de unos 581 dólares en 2024 –frente a los más de 38.000 de España–, resulta evidente que el conflicto no se financia con recursos propios. En términos absolutos, el PIB sudanés (unos 49.900 millones de dólares) es unas 35 veces inferior al de España. Sin embargo, ambos bandos mantienen ejércitos numerosos y activos.

La clave es el soporte externo.

El gobierno sudanés recibe ayuda principalmente de Egipto y Arabia Saudí, mientras que las RSF cuentan sobre todo con el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Sudán se ha convertido así en un escenario de confrontación indirecta entre potencias regionales que, paradójicamente, comparten intereses en otros ámbitos.

Los EAU tienen intereses económicos y geoestratégicos muy claros. Varias fuentes señalan que apoyan a las RSF mientras se benefician del oro sudanés, que sale hacia Dubái. Este flujo convierte a Sudán en una pieza clave de una economía informal de guerra, donde el oro se transforma en armas, drones y financiación. Además, Abu Dhabi busca reforzar su influencia en el Mar Rojo y en el Cuerno de África, una región estratégica para las rutas comerciales globales.

Egipto, por su parte, apoya al ejército sudanés y se presenta como mediador político. El Cairo considera la estabilidad de Sudán como una cuestión de seguridad nacional: teme una desintegración del país que genere más refugiados e inestabilidad en su frontera sur. También está en juego el control del Nilo y el equilibrio regional, especialmente en relación con la toma etíope del Nilo Azul.

Otros actores también intervienen. Rusia, a través del Grupo Wagner o redes afines, mantiene intereses económicos y militares, sobre todo vinculados a la explotación de oro, una vía para obtener divisas y sortear sanciones internacionales.

El resultado es devastador.

Gran parte de Jartum ha quedado destruida. Aunque el ejército ha recuperado algunas zonas, la inseguridad persiste. La crisis humanitaria es extrema: más de 30 millones de personas necesitan ayuda urgente, y el país afronta un hambre generalizado con riesgo de catástrofe masiva en muchas regiones rurales.

Las cifras de víctimas son imprecisas, pero se calcula que superaban las 28.000 a finales de 2024. Estimaciones más recientes apuntan a más de 40.000 muertes a mediados de 2025, mientras que estudios sobre mortalidad excesiva sugieren que solo en el estado de Jartum podría haber habido más de 60.000 muertes en los primeros 14 meses.

Algunos análisis, como los publicados por Le Monde, sitúan el total por encima de los 150.000 fallecidos y advierten que podría acercarse a los 200.000 si se incluyen las muertes por hambre y enfermedades.

Sudán es hoy la peor crisis de desplazamiento del mundo. En un país de unos 45 a 50 millones de habitantes, más de una cuarta parte de la población ha tenido que huir de su casa.

A pesar de la magnitud de la tragedia —tanto en términos humanos como de vulneración del derecho internacional—, la guerra de Sudán sigue fuera del foco. No interesa ni a Naciones Unidas ni a la Unión Europea.

Sudán es hoy el gran espejo de la inutilidad del sistema internacional: muchas normas, poca justicia y ninguna solución. #Sudán #CrisisHumanitaria Compartir en X

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