La mañana de las elecciones, Donald Trump declaró a Fox News que la inflación estaba resuelta y que todo iba de maravilla. Al anochecer, había perdido la Cámara de Representantes y el Senado, con derrotas en estados como Texas, Kansas y Carolina del Sur.
No le faltaban argumentos: la economía crece, el mercado laboral resiste y la bolsa ha subido más de un 10% este año. Pero los precios han aumentado más de un 5% desde que regresó a la Casa Blanca, y el coste de la vida ha sido un factor decisivo a la hora de votar para el 88% de los electores.
Nadie vota por el PIB, sino por el coste de su vida.
Quien no tiene resueltos los problemas de la vivienda, la cesta de la compra o la gasolina no se deja deslumbrar por las guerras culturales ni por los conflictos internacionales.
En 2024, los demócratas perdieron la presidencia pese a las buenas cifras de crecimiento, porque Trump prometió bajar los precios desde el primer día. Dos años después, el mismo malestar ha girado en sentido contrario.
Texas y Kansas no se han vuelto progresistas; simplemente, el actual gobernante no ha sido capaz de resolver el problema.
En España, la música suena bastante parecida. El PIB crece un 2,7% interanual y Sánchez presume de una economía que va como un cohete. Los datos no son falsos, pero las medias esconden muchas realidades.
La inflación se sitúa en el 4,9%, más del 82% del empleo creado se concentra en actividades de baja productividad y la vivienda social no alcanza el 2% del parque residencial, frente al 6% o el 7% de media europea. No es extraño, por tanto, que la vivienda sea el principal problema según el barómetro del CIS desde hace casi dos años.
Sánchez y Trump parecen opuestos, pero gobiernan con un manual sorprendentemente similar.
Ante el malestar, ambos responden con la macroeconomía: uno dice que la affordability —la dificultad para hacer frente al coste de la vida— es un engaño de los demócratas; el otro habla de la «máquina del fango». Ambos han convertido la polarización en un método de gobierno y prefieren el relato a la gestión. Cuando se es incapaz de conseguir resultados tangibles, siempre hay un adversario al que temer o al que señalar.
En 1980, Ronald Reagan cerró el debate contra Jimmy Carter con una pregunta, sin necesidad de ningún gráfico: «¿Estáis mejor que hace cuatro años?». Trump acaba de experimentarlo. El 29 de noviembre le tocará el turno a Sánchez.
En 1980, Ronald Reagan cerró el debate contra Jimmy Carter con una pregunta, sin necesidad de ningún gráfico: «¿Estáis mejor que hace cuatro años?». Compartir en X






