La relación con Ábalos, Cerdán o Zapatero añade el principio de la responsabilidad asimétrica. No significa que las situaciones jurídicas sean idénticas; no lo son. El problema político es la dificultad para identificar una regla estable que explique cuándo una sospecha exige un apartamiento fulminante y cuándo permite mantener el respaldo y la presunción de inocencia. Cuando la regla cambia según el sujeto, aparece la percepción de que la responsabilidad política se administra más por conveniencia que mediante un estándar general.
Aquí entramos ya en lo que podemos llamar el «carácter político», sin practicar psicología a distancia. De la reiteración observable de determinados comportamientos surgirían estos rasgos: enorme capacidad de resistencia; elevada tolerancia al riesgo; escasa aversión a la contradicción; gran capacidad adaptativa; centralización de la toma de decisiones; preferencia por relaciones políticas transaccionales; lealtades condicionadas por las circunstancias; intensa disciplina del mensaje; alta tolerancia al conflicto institucional; y una limitada inclinación a reconocer públicamente el error antes de que la rectificación resulte inevitable. No son diagnósticos clínicos: son características inferidas de una trayectoria política.
Añadiría una característica especialmente relevante: el voluntarismo. Es la convicción de que una situación políticamente imposible puede hacerse posible si se resiste lo suficiente, se modifican las alianzas, se cambia la interpretación de los hechos y se controla el calendario.
Ese voluntarismo explica tanto algunos de sus éxitos políticos indiscutibles, como recuperar el PSOE tras ser apartado de la secretaría general, alcanzar La Moncloa mediante una moción de censura o reconstruir mayorías muy improbables, como el riesgo de trasladar ese mismo esquema a instituciones y problemas públicos que no pueden resolverse únicamente mediante voluntad política y habilidad táctica.
Otro elemento relevante es la pérdida de transversalidad personal del presidente y la creciente dificultad para mantener una exposición pública espontánea sin fuertes mecanismos de control o sin asumir riesgos de hostilidad. Paiporta, en 2024, constituyó un caso extremo, aunque allí la protesta se dirigió contra varias autoridades. En Ceuta, en julio de 2026, Sánchez volvió a ser recibido con insultos y gritos de dimisión.
La cuestión no es el abucheo, porque todos los presidentes han sido abucheados alguna vez. Lo relevante es la pérdida de legitimidad transversal.
Una investigación académica sobre el liderazgo de Sánchez observa que su índice de valoraciones extremas pasó de 0,36 en 2019 a 0,53 en marzo de 2025 y que el crecimiento de la polarización se aceleró especialmente a partir de 2023. El estudio detecta simultáneamente una valoración muy elevada entre los votantes afines y un rechazo también muy intenso entre los electores de derechas.
Esto proporciona una medida mucho más precisa que el término «vituperado»: Sánchez se ha convertido en un presidente extraordinariamente polarizador y con una muy baja transversalidad política.
Y aquí aparece una posible explicación de ese rechazo. No se trata únicamente de una división entre izquierda y derecha. Felipe González, Zapatero y otros dirigentes también generaron una fuerte polarización.
En el caso de Sánchez se acumulan tres fuentes distintas de rechazo: el desacuerdo con sus políticas; la percepción de deterioro de determinadas normas e instituciones; y, sobre todo, la desconfianza personal respecto a la estabilidad de su palabra política.
Cuando esas tres dimensiones coinciden, el adversario deja de pensar «no comparto lo que hará» y empieza a pensar «no puedo saber qué defenderá mañana». En ese momento, el desacuerdo político se transforma en rechazo personal.
Existe además una dinámica circular. Cuanto mayor es el rechazo, más necesita Sánchez cohesionar a su propio bloque; y cuanto más lo cohesiona mediante una oposición binaria entre proyectos incompatibles, más aumenta el rechazo del bloque contrario.
El resultado es un liderazgo políticamente resistente, pero progresivamente menos transversal. El estudio citado confirma esa intensificación de la polarización afectiva, aunque, naturalmente, no atribuye toda su causa a Sánchez.
Sánchez ha desarrollado una modalidad de liderazgo personalista, voluntarista, decisionista y altamente transaccional. Se trata de un modelo extraordinariamente eficaz para conservar capacidad política en condiciones adversas, pero que tiende a considerar el Parlamento, los contrapoderes, los compromisos previos y los consensos institucionales como restricciones negociables cuando interfieren en la continuidad de su proyecto.
Esto no implica que haya eliminado la democracia ni sometido todas las instituciones. Significa, más bien, que su forma de gobernar tensiona de manera sistemática los límites y convenciones que restringen el poder ejecutivo.
Su legado crítico tendría, por tanto, tres dimensiones.
Primera, la institucional: la presidencialización de la política, el deterioro de la relación entre poderes, el debilitamiento del papel del Parlamento y una discutida politización de los medios públicos.
Segunda, la de las políticas públicas: problemas estructurales, especialmente en vivienda, inmigración y gestión fronteriza, y educación, que después de ocho años forman parte de su responsabilidad gubernamental, aunque no puedan atribuirse exclusivamente a su mandato.
Tercera, la dimensión cívico-política: una polarización personal extraordinaria y una pérdida de confianza que convierte casi cualquier cuestión en un plebiscito permanente sobre Pedro Sánchez.
El problema específico que aquí se describe no es un supuesto fracaso absoluto del país, sino una combinación paradójica de resultados positivos en determinados ámbitos con deterioros institucionales, problemas estructurales sin resolver y un estilo de ejercicio del poder que ha generado una polarización personal excepcional.
Deterioro institucional, gobernanza ineficaz en cuestiones fundamentales y utilización del enfrentamiento político como mecanismo de supervivencia en el poder. Esa podría ser la síntesis formulada en términos sencillos.
¿Por qué Sánchez es el presidente más criticado de la democracia? (II) Las razones estructurales
Sánchez ha demostrado una capacidad de resistencia política excepcional. La cuestión es si esa fortaleza ha tenido como coste una creciente pérdida de confianza transversal y una polarización sin precedentes. #PedroSánchez Compartir en X





