Hay viajes pontificios importantes por los discursos que producen y otros que lo son por las imágenes que dejan. El de León XIV en Francia ha logrado ambas cosas. Le Parisien ha resumido la impresión de la prensa internacional con tres expresiones bastante significativas: «acogida de superstar», «triunfo» e «intervenciones ofensivas». Le Monde, con otro registro, habla de un Papa «tranquilo y aglutinador».
Si el viaje a España ya había sido un éxito en diversos ámbitos, el de Francia —en un territorio especialmente difícil para la Iglesia— no ha sido menor. En algunos aspectos, incluso, los resultados han sido extraordinarios: desde las ovaciones recibidas durante la visita a la UNESCO hasta la movilización de fieles en los diferentes actos del programa.
Las cifras explican una parte del fenómeno. Unos 800.000 asistentes, según el Vaticano, a la misa de la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos; 80.000 jóvenes en el Stade de France; multitudes en las calles de París, y 150.000 personas en Lourdes, con 150 obispos y un millar de sacerdotes. No se pueden sumar mecánicamente, porque hay asistentes que se repiten en distintos actos, pero son magnitudes extraordinarias en una de las sociedades más secularizadas de Europa.
Este es el primer gran resultado: el catolicismo francés ha demostrado una capacidad de convocatoria que muchos consideraban muy debilitada. La Repubblica ha visto en ello un «renacimiento de la dimensión religiosa»; Associated Press, la persistencia de la influencia de la Iglesia; y El País, según recoge Le Parisien, lo ha resumido con un contundente «León XIV triunfa en París».
Pero el resultado más interesante quizá sea otro. León XIV ha hablado de cuestiones que dividen profundamente a la sociedad francesa sin convertir el viaje en una confrontación política.
En el Elíseo ha defendido que la protección del derecho a la vida es el fundamento de los demás derechos, ha criticado la gestación subrogada y la «muerte programada», y ha reivindicado una «justa laicidad» que no expulse la religión del espacio público ni de la educación. Lo ha hecho ante el presidente de la República y precisamente en Francia, donde la laïcité forma parte de la identidad constitucional del Estado.
En Lourdes ha sido aún más explícito. Ante los enfermos ha afirmado que «lo que es legal no es necesariamente moral», ha rechazado dar la muerte bajo la apariencia de una falsa compasión y ha reclamado cuidados paliativos. Ha situado en una misma defensa de la vida al embrión, al enfermo y a la persona mayor.
Y, simultáneamente, ha visitado la Maison Bakhita, dedicada a inmigrantes y refugiados, donde ha defendido la acogida, la integración y la posibilidad de «vivir juntos con dignidad y paz».
Esta combinación es políticamente y pastoralmente significativa. León XIV no parece seleccionar la doctrina en función del público: vida, inmigración, familia, enfermedad, tecnología, religión y espacio público forman parte de una misma concepción de la dignidad humana.
El discurso ante la UNESCO completa esta arquitectura. León XIV ha situado ante una de las grandes instituciones seculares mundiales una antropología explícita: la educación, la ciencia y la tecnología deben estar subordinadas a la dignidad de la persona; la inteligencia artificial puede procesar información, pero no responder a la pregunta por el sentido de la existencia. Y ha defendido que las tradiciones religiosas tienen una función cultural «necesaria e insustituible».
Hay todavía un tercer resultado, menos espectacular pero quizá decisivo para la Iglesia: la recuperación de la unidad católica. Las tensiones entre diferentes sensibilidades habían quedado muy expuestas durante el pontificado anterior. En Lourdes, León XIV ha afrontado directamente la cuestión ante los obispos franceses: «las divisiones ideológicas harían inútil su testimonio». Pero inmediatamente ha precisado que unidad no significa uniformidad: todas las sensibilidades «auténticamente católicas» deben poder converger en una misma profesión de fe.
También ha afrontado los abusos sexuales, reuniéndose con siete víctimas y exigiendo continuar la prevención, la reparación y la vigilancia. En este punto, sin embargo, conviene precisar un dato que se ha repetido estos días: los 330.000 casos atribuidos al informe Sauvé no corresponden a un censo de víctimas individualmente verificadas, sino a una estimación estadística elaborada a partir de una encuesta a 28.010 personas. En esta encuesta, 171 personas declararon haber sufrido abusos en un entorno relacionado con la Iglesia, una proporción que posteriormente se proyectó sobre la población francesa.
Esta metodología presenta limitaciones que han sido objeto de debate y que deben tenerse en cuenta a la hora de interpretar la cifra. Una estimación estadística no equivale a un registro individual de casos comprobados, especialmente cuando se proyecta sobre un periodo tan largo y en ausencia de un censo completo que permita contrastar cada caso.
Esto no disminuye en absoluto la gravedad de los abusos ni la necesidad de prevención, reparación y justicia. Pero precisamente porque se trata de una cuestión tan grave, conviene distinguir entre los datos directamente observados, las estimaciones estadísticas y sus interpretaciones.
El mismo criterio debería aplicarse a cualquier comparación internacional, incluida la que pueda establecerse con España: las proporciones obtenidas mediante encuestas pueden aportar información sobre la magnitud del fenómeno, pero no deben presentarse como si fueran censos de casos individualmente acreditados.
El balance que deja Francia es, pues, notable. León XIV ha movilizado a multitudes, ha hablado con claridad de cuestiones difíciles, ha entrado sin complejos en el corazón de la Francia laica y ha intentado coser las fracturas internas del catolicismo.
Lo más singular es que la firmeza no le ha impedido ser percibido como un Papa aglutinador. Quizá esta sea la clave de su éxito francés: no ha rebajado el mensaje para ser aceptado, sino que ha cambiado la manera de presentarlo.
La ciudad de Metz, con Europa, la paz y la unidad como grandes temas, cierra el viaje y puede acabar de darle una dimensión europea.
800.000 personas en París y 150.000 en Lourdes. En la Francia de la laicidad, León XIV ha hecho visible un catolicismo que muchos consideraban residual. #LeónXIV #Francia Compartir en X





