Catalunya, un país sin clase dirigente (I)

  1. Catalunya conserva personas ricas, empresarios y profesionales excelentes, pero ya no dispone de una clase dirigente cohesionada y reconocida.
  2. La riqueza no crea por sí sola una clase dirigente. Es necesario que existan arraigo territorial, vínculos internos, instituciones compartidas, continuidad generacional y voluntad de orientar el conjunto del país.
  3. Una clase dirigente relaciona cinco dimensiones: poder económico, prestigio social, producción cultural, formación de sucesores e influencia política.
  4. La debilidad catalana actual proviene de dos desapariciones sucesivas: primero, la de la aristocracia como estamento político propio; después, la de la burguesía industrial como sujeto colectivo.
  5. La aristocracia catalana medieval ya era relativamente débil en comparación con la gran nobleza territorial castellana.
  6. Las guerras remensas, la guerra civil del siglo XV, la Sentencia de Guadalupe, la decadencia de grandes linajes y el paso de patrimonios a familias foráneas redujeron aún más su poder.
  7. Catalunya disponía, en cambio, de un patriciado urbano importante, formado por caballeros, mercaderes y ciudadanos honrados, con una cultura propia de gobierno, familia y representación.
  8. 1714 y el Decreto de Nueva Planta constituyen la ruptura decisiva: no eliminan físicamente a la nobleza ni necesariamente sus propiedades, pero destruyen las instituciones dentro de las cuales ejercía su función política catalana.
  9. La desaparición de las Cortes, la Generalitat histórica, el Consejo de Ciento y el Brazo Militar deja a la aristocracia sin espacio corporativo propio.
  10. La nobleza que quiere prosperar debe integrarse en la monarquía española, entrar en la corte, el ejército o la administración borbónica y desplazar a menudo fuera de Cataluña el centro de sus intereses.
  11. Catalunya llega así al siglo XIX sin una aristocracia territorial capaz de dirigir el país.
  12. La burguesía catalana nace de la convergencia entre comercio, manufacturas, negocios americanos, profesiones liberales, propiedad urbana e industrialización.
  13. Entre 1800 y 1840 se produce la transformación decisiva: la vieja élite estamental es sustituida por una nueva élite burguesa, industrial y liberal.
  14. La unidad básica de esta burguesía no es únicamente la empresa, sino la casa industrial: familia, fábrica, patrimonio, reputación, matrimonios y continuidad generacional.
  15. Las «buenas familias» forman una red mediante matrimonios, consejos de administración, instituciones culturales y espacios de sociabilidad.
  16. La burguesía no construye solo fábricas y fortunas. Crea bancos, aseguradoras, patronales, cámaras de comercio, escuelas, periódicos, fundaciones, ateneos e instituciones asistenciales y religiosas.
  17. Este tejido institucional compensa parcialmente la ausencia de un Estado catalán y deja una profunda huella material y cultural sobre el país.
  18. La burguesía asume una doble ambición: dirigir Catalunya e intervenir en el gobierno de España. El proteccionismo, el regionalismo, la Mancomunidad y Cambó son expresiones diferentes de ello.
  19. No conviene idealizarla: defendió privilegios, limitó la competencia, reprimió demandas obreras y fue incapaz de integrar políticamente a la sociedad industrial.
  20. A pesar de estas limitaciones, existía como sujeto colectivo catalán: poseía intereses comunes, memoria, instituciones y proyecto.
  21. Su decadencia comienza antes de la Guerra Civil. A finales del siglo XIX, una parte de la burguesía emprendedora se transforma en oligarquía patrimonial y rentista.
  22. Se produce una distinción fundamental: una élite puede seguir siendo rica cuando ya ha dejado de ser innovadora y dirigente.
  23. El desplazamiento del capital hacia inmuebles, valores seguros y actividades protegidas hace perder a las familias tradicionales el liderazgo de la Segunda Revolución Industrial.
  24. La centralización financiera española debilita la capacidad catalana de decisión: monopolio de emisión del Banco de España, quiebra del Banco de Barcelona y crisis bancaria de 1931.
  25. La Guerra Civil provoca una destrucción traumática de personas, patrimonios, empresas y continuidades familiares.
  26. El franquismo restituye la propiedad, pero no la función dirigente catalana. El empresariado puede prosperar, pero subordinado a los ministerios, la banca española, el INI y el aparato del régimen.
  27. La fórmula central de este período es muy potente: el franquismo conserva la industria catalana, pero desnacionaliza su clase propietaria.
  28. Con la democracia, el pujolismo intenta reconstruir parcialmente esta función dirigente, articulando Generalitat, empresas, cajas, universidades, cultura y sociedad civil.
  29. El intento llega, sin embargo, cuando las bases materiales de la burguesía ya están cambiando: globalización, profesionalización directiva, fusiones, adquisiciones extranjeras y separación entre propiedad y gestión.
  30. La empresa familiar arraigada es sustituida por la corporación global. Muchas familias venden la empresa y conservan el capital, pero dejan de controlar el centro productivo.
  31. La crisis de 2008 liquida casi todo el sistema catalán de cajas y acelera la desaparición de los centros autónomos de decisión económica.
  32. Los traslados de sedes de 2017 no originan la crisis: son una manifestación espectacular de ella. El retorno jurídico de una sede tampoco significa recuperar un centro real de poder.
  33. La burguesía catalana es sustituida por una clase alta transnacional. Sus miembros pueden vivir en Cataluña, pero dependen de mercados, corporaciones y redes globales.
  34. El proceso del cambio. Cambia la propiedad. La empresa deja de estar controlada por una familia identificable y pasa a manos de fondos, accionistas dispersos, grupos multinacionales o entidades financieras.
  35. Se separan propiedad y dirección. El propietario que respondía con su patrimonio es sustituido por un directivo profesional que administra un capital que no es suyo.
  36. El centro de decisión se desplaza. Aunque la fábrica, los trabajadores e incluso la sede social estén en Catalunya, las decisiones sobre inversiones, cierres, compras o estrategia pueden tomarse en Madrid, París, Fráncfort o Nueva York.
  37. Cambia el horizonte temporal. La casa industrial pensaba en la transmisión a los hijos; la corporación piensa en rentabilidad, cotización, dividendos, adquisiciones y objetivos anuales.
  38. Cambia el destino del excedente. Una parte de los beneficios que antes se reinvertían en fábricas, bancos, escuelas o instituciones catalanas se distribuye ahora entre accionistas geográficamente dispersos.
  39. El patrimonio se desvincula de la producción. La familia puede vender la empresa y seguir siendo rica, pero ya no controla una organización productiva ni asume responsabilidades sobre trabajadores, proveedores y territorio.
  40. La riqueza se vuelve líquida y móvil. Las acciones, los fondos y las carteras financieras pueden trasladarse sin que los propietarios mantengan ninguna obligación especial hacia el lugar donde se originó la fortuna.
  41. Desaparece la identificación entre familia y empresa. La continuidad del linaje ya no depende de preservar la fábrica, la marca o la institución.
  42. Cambia la selección de los dirigentes. El heredero formado para asumir una empresa familiar es sustituido por el profesional reclutado en un mercado internacional de directivos.
  43. La movilidad se convierte en una virtud corporativa. El directivo progresa cambiando de empresa, ciudad y país. El sistema premia la disponibilidad para marcharse, no el arraigo.
  44. La responsabilidad territorial deja de formar parte del cargo. El directivo debe defender el interés de la empresa, pero no necesariamente el de Catalunya.
  45. La actividad institucional se transforma. El mecenazgo estable, vinculado a escuelas, ateneos, hospitales, iglesias o cultura, tiende a ser sustituido por políticas de responsabilidad corporativa más impersonales, variables y subordinadas a la marca.
  46. Las antiguas redes de confianza se debilitan. Familias, empresas, cajas, patronales, escuelas y entidades culturales dejan de formar un mismo mundo social.
  47. Las élites sectoriales se separan. El empresario, el universitario, el funcionario, el político, el periodista y el creador cultural ya no comparten necesariamente instituciones, diagnósticos ni lugares de encuentro.
  48. El Estado refuerza la concentración. Ministerios, reguladores, contratación pública, tribunales, grandes medios y empresas concesionarias generan alrededor de Madrid un ecosistema permanente de poder.
  49. Catalunya no puede contrarrestar esta fuerza centrípeta. La Generalitat tiene competencias administrativas, pero no controla suficientes instrumentos financieros, reguladores, fiscales y empresariales para reproducir una élite equivalente.
  50. Se forma un círculo vicioso: menos centros de decisión comportan menos dirigentes arraigados; menos dirigentes, menos instituciones propias; menos instituciones, menos capacidad para retener empresas, capital y talento.
  51. El modo de producción acaba seleccionando una mentalidad. No determina mecánicamente a las personas, pero premia unas conductas —movilidad, rentabilidad, neutralidad territorial— y penaliza otras —continuidad, lealtad, reinversión y servicio al país.
  52. La formulación sintética podría ser esta: el capital catalán no ha desaparecido; ha dejado, en una parte considerable, de tener a Catalunya como sujeto de responsabilidad.
  53. La globalización no hace inevitable el desarraigo. Alemania, Dinamarca, Suecia o el País Vasco muestran que empresas internacionalizadas pueden conservar propiedad, dirección, centros tecnológicos y compromiso territorial. El problema no es crecer fuera, sino dejar de decidir desde dentro.
  54. Esta fragmentación es especialmente grave en una nación sin Estado, porque los Estados reproducen automáticamente sus propias élites, mientras que Catalunya necesita crearlas mediante instituciones propias y una sociedad civil muy articulada.
  55. Ni la Generalitat, limitada en poder y continuidad, ni los partidos, sometidos al corto plazo electoral, han podido sustituir la función histórica de la burguesía.
  56. La consecuencia más grave es la incapacidad de formar sucesores. Una clase dirigente no solo ocupa posiciones: crea escuelas, códigos, itinerarios formativos y mecanismos de transmisión.
  57. Esto explica la sensación actual de un país sin centro: abundan las iniciativas y las personas competentes, pero falta una instancia capaz de fijar prioridades, generar confianza y dar continuidad a los proyectos.
Catalunya conserva personas ricas, empresarios y profesionales excelentes. Lo que ya no tiene es una clase dirigente cohesionada, arraigada y capaz de orientar el conjunto del país. #Catalunya Compartir en X

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