Carles Puigdemont ya solo dispone de una única oportunidad. Una sola carta. Una bala de plata.
En el imaginario popular, la bala de plata era el único proyectil capaz de abatir a hombres lobo, brujas o criaturas aparentemente invencibles. En política, es ese movimiento excepcional capaz de alterar un destino que parece irreversible.
La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que considera compatible con el derecho comunitario la ley de amnistía podría ser, paradójicamente, esta última oportunidad. No porque resuelva todos sus problemas judiciales ni porque su regreso sea inminente, sino porque le ofrece la última ocasión para cambiar un relato político que hoy conduce a Junts hacia una derrota anunciada.
El reloj electoral no se detiene. Tic-tac, tic-tac.
Mientras se debate sobre recursos, interpretaciones judiciales y plazos procesales, se acerca una cita mucho más determinante: las elecciones municipales del próximo año. Probablemente son las más delicadas para Junts desde su fundación.
Las encuestas apuntan a una pérdida significativa de su principal activo político: la extensa red de alcaldías y gobiernos municipales, especialmente en las poblaciones medianas y pequeñas. Este poder territorial constituye hoy su gran reserva institucional. Si cae, el partido quedará mucho más debilitado ante unas futuras elecciones al Parlament que, según varios sondeos, podrían certificar el ascenso de Aliança Catalana a expensas del espacio que durante décadas había ocupado la antigua Convergència.
El problema es que el tiempo político corre más rápido que el tiempo judicial.
La orden de detención contra Puigdemont sigue vigente. El Tribunal Supremo no parece dispuesto a dejarla sin efecto al considerar que la resolución europea no afecta a una de las bases sobre las que mantiene la acusación: la presunta obtención de un beneficio personal derivado de la utilización de recursos públicos destinados al referéndum.
Este escenario solo podría modificarse si el Tribunal Constitucional apreciara una vulneración de derechos fundamentales. Pero nadie espera una resolución antes de las deliberaciones anunciadas en otoño. E incluso entonces el procedimiento podría alargarse semanas o meses.
La gran esperanza de Junts —el regreso normalizado de su líder— difícilmente llegará dentro del calendario que el partido necesita.
Pero existe un problema aún más profundo.
Supongamos que Puigdemont pudiera volver antes de las municipales. ¿Bastaría su presencia para dar la vuelta a la situación?
Probablemente no.
Forma parte del paisaje político catalán desde hace casi una década. Ya no representa la sorpresa ni la novedad. Todo lo que dice, propone o simboliza es perfectamente conocido. Su capital político sigue siendo considerable entre los fieles, pero difícilmente genera nuevas adhesiones. Y, de hecho, estas son cada vez menos numerosas. Puigdemont no es Tarradellas, y menos Pujol. Está muy lejos de disponer del carisma que ambos ejercieron en momentos decisivos de la historia del país.
¿Cuál sería hoy el mensaje?
“Vuelva a hacerlo.”
Pero esa consigna ya se ha repetido muchas veces. Y la credibilidad acumulada por los partidos independentistas después de los últimos años no es precisamente elevada. Puigdemont tampoco ha quedado al margen.
Es ahí donde aparece su posible bala de plata. Hacer, salvando todas las distancias históricas, «un Mandela».
No se trata, por supuesto, de comparar procesos políticos ni sacrificios personales. Nelson Mandela pasó veintisiete años encarcelado bajo el apartheid antes de convertirse en presidente de Suráfrica. La analogía es exclusivamente política: asumir conscientemente un riesgo personal para transformarlo en un activo de liderazgo.
Imaginemos la escena.
Puigdemont reaparece en Catalunya en un gran acto multitudinario. Anuncia que vuelve para quedarse. Que dirigirá la nueva etapa desde el país, aunque esto implique su detención. Si consigue mantenerse unas horas, días o semanas antes de ser arrestado, es casi secundario. Lo que importa es el gesto.
Los comunicados posteriores saldrían ya desde el interior de Catalunya.
«He vuelto para culminar el camino interrumpido hacia la independencia.»
La cárcel dejaría de ser una derrota procesal por convertirse en una pieza central del relato político.
Pero esta operación solo tendría sentido si estuviera acompañada de una profunda rectificación estratégica.
El independentismo lleva años hablando casi exclusivamente del procés. Mientras, los ciudadanos viven preocupados por la vivienda, la inmigración descontrolada, las dificultades de los jóvenes para emanciparse, la inseguridad o la baja natalidad.
La nueva política debería empezar precisamente aquí.
No con solemnes declaraciones, sino con iniciativas concretas. Anunciando que la independencia solo puede prepararse desde una mayoría política que permita gobernar la Generalitat y los ayuntamientos.
Por ejemplo, presentando en el Parlament leyes de doble factura.
Una primera versión, redactada como si Catalunya fuera ya un estado independiente, mostraría de forma práctica cómo se resolverían determinados problemas.
Una segunda, adaptada estrictamente al marco jurídico vigente, permitiría aplicar inmediatamente todo aquello que fuera posible, preservando en la mayor medida posible el espíritu de la primera.
El mensaje sería transparente:
«Con la independencia esto se podría hacer completamente. Sin ella sólo podemos llegar hasta aquí. Pero incluso así gobernaremos mejor.»
La pedagogía institucional sustituiría a la retórica. La primera ley serviría para evidenciar hasta qué punto determinados problemas –por ejemplo, el de la vivienda– son difíciles de resolver dentro del marco jurídico español. El texto complementario demostraría, al mismo tiempo, la voluntad de mejorar la realidad presente a pesar de estas limitaciones. Horizonte de país y transformación inmediata.
Se podrían plantear medidas como incentivos fiscales importantes al primer hijo y a los siguientes; beneficios para los jóvenes en los primeros años de incorporación al mercado laboral; la supresión del impuesto de sucesiones; reformas administrativas destinadas a simplificar trámites; iniciativas para facilitar el acceso a la vivienda; o la creación de una Agencia Nacional Catalana, de naturaleza privada, destinada a impulsar proyectos de cohesión, integración, desarrollo social y fortalecimiento nacional al margen de las limitaciones propias de la administración pública.
Incluso determinadas actuaciones policiales o administrativas podrían explorar hasta el límite las competencias actuales para demostrar cuáles son las posibilidades reales del autogobierno y dónde comienzan las limitaciones impuestas por el marco constitucional. La policía catalana, por ejemplo, podría ejercer hasta el límite las competencias disponibles en materia de control de accesos a los aeropuertos o desplegar mecanismos de control territorial que evidenciaran, de forma práctica, el alcance y límites del autogobierno.
En definitiva, se trataría de transformar el debate abstracto sobre la independencia en una demostración práctica de lo que significaría gobernar un país.
Este sería un auténtico cambio de paradigma.
¿Es una hipótesis? Naturalmente.
¿Es arriesgada? Sin duda.
Pero también es, probablemente, la única que podría alterar una dinámica que hoy parece conducir a Junts hacia una sucesión de derrotas electorales.
Sin embargo, hay una objeción importante.
Todo esto exige asumir riesgos personales, abandonar la comodidad del simbolismo y sustituir la política declarativa por una estrategia de confrontación institucional inteligente, persistente y orientada a obtener poder efectivo.
Y es ahí donde aparece la duda.
Como cuento para adultos, el guion funciona razonablemente bien.
La cuestión es si alguien está dispuesto a interpretarlo.
Porque demasiado a menudo da la impresión de que algunos dirigentes independentistas siguen esperando a que la independencia llegue servida en la cama, a la hora del desayuno.
¿Y si la mejor opción de Puigdemont fuera volver aún sabiendo que le pueden detener? Su auténtica bala de plata no es la sentencia europea, sino el relato político que podría construir aún. @KRLS @JuntsxCat Compartir en X





