Aliança Catalana y su líder representan la gran sacudida de la política catalana posterior al “procés”, con unos efectos todavía imprevisibles en las próximas contiendas electorales. Es indiscutible el mérito personal de Silvia Orriols, una auténtica outsider de la política catalana, que durante su primer mandato en el Ayuntamiento de Ripoll resistió el cordón sanitario del resto de partidos y acabó alcanzando la alcaldía con más del 30 % de los votos. Desde Ripoll, Aliança Catalana se ha ido implantando por todo el territorio gracias al empuje de sus dirigentes y afiliados.
Aliança Catalana es la reacción de una parte de la sociedad ante la falta de control y regulación de la inmigración masiva que ha recibido Cataluña durante todo lo que llevamos de siglo. Bien mirado, no se trata tanto de una cuestión ideológica como de una reacción más primaria o instintiva. Los catalanes, en su conjunto, no somos una sociedad cerrada a los extranjeros, y mucho menos racista. Además, la inmensa mayoría de los inmigrantes que recibimos son personas responsables y trabajadoras que han venido a ganarse una vida mejor. Pero también los hay que delinquen, que abusan de los servicios públicos o que se niegan a aceptar las normas mínimas de convivencia de la sociedad que los acoge. La magnitud del fenómeno migratorio, la percepción de descontrol y la inacción de los distintos gobiernos ante estos problemas han dado alas a Aliança Catalana.
Orriols también ha sabido detectar y capitalizar políticamente la decepción por el desenlace del Procés. A esos catalanes desencantados van dirigidas sus proclamas identitarias y patrióticas, que apelan a una Cataluña idealizada, anterior a las grandes oleadas migratorias de los siglos XX y XXI. Sus discursos presentan la independencia como un objetivo frustrado por la cobardía de los dirigentes del procés, pero que ella estaría dispuesta a culminar cuando tenga la oportunidad de gobernar.
El último gran político catalán que construyó su discurso sobre el patriotismo fue Jordi Pujol. Por eso resulta pertinente establecer una comparación entre el expresident y Orriols. Pujol también inició su trayectoria política en una época marcada por una gran oleada migratoria, la que durante el tercer cuarto del siglo pasado llegó principalmente desde el sur de España. Es cierto que aquellos inmigrantes eran culturalmente más próximos, aunque las diferencias entre un catalán y un andaluz de hace setenta años podían ser, en algunos aspectos, mayores que las que hoy existen entre muchos catalanes y una parte de los recién llegados. También es cierto que aquella fue una etapa de crecimiento económico en la que prácticamente todo el mundo podía encontrar trabajo y prosperar.
El gran éxito político de Jordi Pujol consistió en construir una mayoría social catalana incorporando a cientos de miles de personas nacidas fuera de Cataluña a un proyecto colectivo de país. Pujol asumió la nueva realidad social que estaba emergiendo e intentó integrarla en un solo pueblo, con la colaboración imprescindible del PSC y del PSUC. Esa idea quedó resumida en la conocida definición «Es catalán quien vive y trabaja en Cataluña», popularizada por Pujol, aunque formulada originalmente por el dirigente socialista Rafael Campalans durante la década de 1930.
Esta concepción de la catalanidad se sitúa en las antípodas del nacionalismo identitario que hoy defiende Orriols, un nacionalismo que pone el acento en los orígenes culturales y en la percepción de una amenaza demográfica sobre una Cataluña idealizada como esencialmente catalana. Poco importa que esa visión no encaje con la realidad social y lingüística del país. A diferencia de la época del joven Pujol, la política actual se construye menos sobre el realismo y mucho más sobre las emociones. También sobre un cierto cinismo, asumido con naturalidad por todos los partidos, según el cual una cosa es lo que se defiende y promete desde la oposición y otra muy distinta lo que realmente puede hacerse cuando se gobierna.
El pensamiento político de Pujol estaba en sintonía con la corriente democristiana y social predominante en la Europa de los Treinta Años Gloriosos (1945-1975), y conectaba con la tradición política catalanista de raíz católica anterior a la Guerra Civil. Esa tradición conciliaba una concepción cultural y espiritual del país con una preocupación por la cohesión social y el bienestar de la comunidad. El objetivo prioritario de Pujol era construir la Cataluña del futuro a partir de la realidad existente, no de una Cataluña idealizada.
Impulsado por la nueva derecha europea y, más allá de los maximalismos y de la retórica, el proyecto político de Aliança Catalana todavía está por definir en muchos aspectos. Incorpora un discurso liberal en materia económica y también en cuestiones morales, con posiciones favorables al aborto y a la denominada ideología de género que difícilmente parecen conciliables con el componente identitario y patriótico que constituye el eje central de su discurso y que, en teoría, debería traducirse en una apuesta por la estabilidad y la natalidad de las familias catalanas. Pero eso parece que no importa: en la política contemporánea, las emociones son las protagonistas.
Twitter:@ros_arpa
Artículo publicado en el Diari de Girona el 14 de julio de 2026
La líder de Aliança Catalana representa una ruptura con el catalanismo integrador de Jordi Pujol y canaliza el malestar por la inmigración y el desenlace del Procés. @JordiPujol #AC Compartir en X





