Rehacer, reparar y regenerar Catalunya. Catalanidad, catalanismo y nacionalismo pujoliano (V)

Aplicamos el método tomista: ¿qué es necesario examinar?

Santo Tomás de Aquino exige considerar:

  1. Los hechos.
  2. La naturaleza de las cosas.
  3. El fin propio de cada realidad.
  4. El bien común.
  5. La ordenación jerárquica de los bienes.

La pregunta fundamental en este caso es: ¿la identidad nacional catalana es un bien? La respuesta es clara: sí.

¿Pero es el bien supremo? Es evidente que no, porque está supeditada a un bien superior: la dignidad de la persona, la ley moral y el trascendente destino del hombre.

Por tanto, no se puede identificar la verdad con la catalanidad, ni se pueden hacer deducciones del tipo:

  • tradición catalana = verdad;
  • castellanización = mentira.

Ni puede afirmarse que la Iglesia deja de defender la verdad si no defiende la catalanidad.

Este es el principal error filosófico. Para el tomismo, la verdad es la adecuación de la inteligencia a la realidad (adaequatio intellectus et rei).

La verdad no depende de la nación, de la lengua ni de la cultura; esto solo lo sostienen los totalitarismos, tanto de izquierdas como de derechas.

Catalunya es un bien histórico y cultural, pero no es el criterio de la verdad. Si lo fuera, también deberíamos aceptar que toda nación es criterio de verdad, algo absurdo, o bien que solo Cataluña lo es.

Santo Tomás diría que aquí existe una confusión entre un bien particular (Catalunya) y el bien universal (la verdad).

Este criterio también debe aplicarse a la Iglesia y a la inmigración

El Credo no dice: «Creo en la Iglesia catalana», sino: «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». La palabra católica significa universal. 

Esto no elimina las culturas, pero impide absolutizarlas. Una cosa es una legítima y necesaria inculturación catalana del cristianismo, y otra es una nacionalización de la Iglesia.

La Iglesia no existe para servir a Catalunya. Existe para anunciar a Cristo a los catalanes, a los castellanos, a los filipinos y a los senegaleses. Otra cosa es que, sirviendo a Cristo, sirva también al bien del pueblo de Catalunya.

Tampoco se puede realizar una lectura errónea de la doctrina social de la Iglesia sobre la inmigración. Hay fuerzas políticas, como VOX o Aliança Catalana, que afirman que algunos obispos promueven la inmigración para ganar fieles o intereses propios.

Este es un juicio de intenciones que no se demuestra. Pero existe un error aún más importante: la doctrina social de la Iglesia no defiende unas fronteras abiertas sin límites ni una inmigración ilimitada.

La doctrina católica sostiene simultáneamente:

  1. El derecho de la persona a permanecer en el propio país, es decir, el derecho a no tener que emigrar.
  2. El derecho a emigrar.
  3. El derecho de la comunidad política a regular los flujos migratorios.
  4. El deber de integración de los inmigrantes.
  5. La protección del bien común nacional.

La buena política procura armonizar estas cinco dimensiones.

El problema de fondo

Desde una perspectiva tomista, el problema central es que ese planteamiento altera el orden de los bienes.

El orden correcto sería:

  1. Dios.
  2. La persona humana.
  3. La comunidad política.
  4. La nación.
  5. Las opciones políticas concretas.

La nación no va primero porque, si esto ocurre, deja de ser un bien legítimo para convertirse en un principio casi absoluto.

Es aquí donde un determinado catalanismo deja de corresponder a la tradición catalana clásica – la de Josep Torras i Bages o Antoni Gaudí – para acercarse a una forma de nacionalismo que juzga a la Iglesia según su utilidad nacional.

Precisamente Torras i Bages sostenía lo contrario: Catalunya tenía sentido porque estaba ordenada a una concepción cristiana del hombre y de la sociedad, no porque fuera una realidad autosuficiente.

Desde el método tomista, la cuestión no es si Catalunya es un bien -que lo es-, sino si ese bien puede convertirse en el criterio supremo para juzgar a la Iglesia. La respuesta de Santo Tomás sería clara: no.

La nación es un bien importante, pero no es la medida de la verdad, ni de la moral, ni de la misión de la Iglesia.

En algunos extremismos, como los de Aliança Catalana, existe una concepción de la catalanidad que es, paradójicamente, poco catalana en el sentido histórico. La gran tradición catalana —desde Ramon Llull hasta Torras i Bages, pasando por Balmes, Verdaguer o Gaudí— nunca entendió Catalunya como una realidad autosuficiente.

Catalunya era una mediación concreta de un mayor orden: la cristiandad, la ley moral, la persona humana y el bien común.

Cuando Torras i Bages escribe La tradició catalana, no está afirmando que Catalunya sea la fuente de la verdad. Está afirmando exactamente lo contrario: que Catalunya es fecunda cuando arraiga en una verdad que la trasciende. La nación no crea la verdad; la recibe.

Esto explica también por qué el mensaje de León XIV resulta tan incómodo para determinados sectores. El Papa ha introducido un criterio distinto del nacional, del partidista y del ideológico: la dignidad humana integral.

Cuando habla del aborto, de la eutanasia, de la familia, de los padres como primeros educadores, de la inteligencia artificial al servicio de la persona o de la regeneración moral de la democracia, está situando el debate en un nivel anterior a la cuestión nacional. No niega la nación; la relativiza en un orden superior.

Expresado en términos tomistas:

  • Catalunya es un bien.
  • La nación es un bien político.
  • La cultura es un bien humano.
  • Pero ninguno de estos bienes es el bien supremo.

Cuando un bien relativo ocupa el lugar del bien superior, se produce lo que Santo Tomás llama desorden del amor (ordo amoris). No es que se ame algo malo; es que se ama algo bueno más de lo que corresponde.

Rehacer, reparar y regenerar Catalunya. Catalanidad, catalanismo y nacionalismo pujoliano (IV)

Catalunya es un bien. Pero no es el bien supremo. Esta es la diferencia entre el catalanismo clásico y el nacionalismo absoluto. #Catalunya Compartir en X

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