Esta pregunta tabú, impensable hace poco tiempo, ha sido debatida recientemente en el seno de un think tank europeo.
En el pensamiento de muchos de sus participantes estaba probablemente un libro publicado en 1970 por el disidente soviético, Andrei Amalrik, 21 años antes de la implosión de la URSS, con este título: ¿Sobrevivirá la Unión Soviética hasta 1986?
Abundaban entre los ponentes argumentos preocupantes sobre el futuro de la UE. Los cimientos de la integración europea aparecían a sus ojos en fase de desmoronamiento. El malestar de la unificación europea radicaría fundamentalmente en el carácter incompleto del proyecto. El nivel de organización de la UE es alto y su marco jurídico muy ambicioso, pero sigue siendo un cuerpo al que le faltan instrumentos esenciales para preservar el bienestar y la seguridad de los pueblos de Europa.
El mercado único sigue inacabado, lo acaba de reconocer el Informe Letta. Carece de un mercado de capitales común o de plena competencia comercial. No existe un mercado único para equipos de defensa y apenas existe una contratación pública común, tampoco una protección fronteriza común efectiva, ni una política de inmigración común, ni una política de defensa común, mucho menos unas fuerzas armadas integradas.
El magnetismo fundacional de la UE dio un gran impulso a la integración europea. Las propuestas de las élites de Bruselas fueron aplaudidas por los ciudadanos europeos desde 1950 hasta 1989 en forma de “consenso pasivo”, pero tras la caída del muro de Berlín (1989) y el desmoronamiento de la URSS (1991) las cosas se torcieron. Los ciudadanos empezaron a votar en contra de las propuestas de las élites de Bruselas. El Tratado de Maastricht (1992) y siguientes fueron defectuosos en la forma y en el fondo.
Los últimos años del siglo veinte y primeros años del veintiuno constituyeron el último período de eurooptimismo de la historia comunitaria, basado en cuatro pilares: euro (1999), Agenda de Lisboa 2000-2010, ampliación al este (2004) y elaboración del Tratado constitucional que debía coronar el edificio institucional comunitario.
Aquel optimismo se esfumó a partir de 2005 con el rechazo en referéndum del Tratado constitucional (en Francia y Países Bajos). La Agenda de Lisboa 2000-2010 – que prometía alcanzar la economía más competitiva del mundo, la más justa socialmente y la más respetuosa con el medioambiente – resultó un gran fiasco. La ampliación al este atravesó enseguida graves dificultades y el euro – al haber nacido sin unión política, presupuestaria, bancaria o fiscal y al no operar en una zona monetaria óptima (ZMO) – era un “mal nacido“ que conocería pronto (2010) una crisis tan grave que hizo temblar los propios cimientos de la UE.
Las cosas se hicieron bien en las primeras décadas – “treinta años gloriosos“ (1945-1975) con la unión aduanera y el mercado común, el período Delors con “el mercado único“ (1985-1992) – pero se torcieron a partir de 1992 y hasta hoy.
Desde 2005 y hasta la actualidad, la UE ha conocido una concatenación de crisis muy importantes. En conjunto forman lo que se ha dado en llamar indistintamente “policrisis”, “crisis hiedra”, “permacrisis» o “crisis existencial”. Las principales: fracaso del tratado constitucional (2005), presentación de Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich que señaló el final de un Putin complaciente con la UE y Occidente (2000-2007), Gran Recesión (2008), crisis del euro (2010), Crimea en manos de Rusia (2014), inmigración masiva procedente de Siria (2015), Brexit, primera presidencia de Trump (2016), pandemia (2020), invasión rusa de Ucrania (2022), segunda presidencia de Trump (2024).
Cada uno de estos desafíos desencadenó intensos procesos políticos y numerosas decisiones para superar cada crisis, pero no se logró ni se intentó seriamente fortalecer de manera duradera la eficacia de la UE a través de una integración más profunda.
Nuevos retos procedentes del entorno internacional y del interior de la UE
El giro geopolítico de Rusia contra Europa y Occidente expone y exacerba el problema de la “incompletitud” de Europa. No se trata de un reto aislado, sino que forma parte de una agitación global y de la aparición de un nuevo orden mundial imperial, caracterizado por la primacía del poder y la fuerza sobre la ley, la búsqueda del interés propio a expensas del equilibrio de intereses y el rechazo de la idea de orden basada en valores y reglas que habían regido las relaciones internacionales hasta hace poco.
Los actores más poderosos -Estados Unidos, China, Rusia- prefieren las relaciones bilaterales, que pueden dominar más fácilmente, a los procesos multilaterales preferidos por la UE. La entrada de Estados Unidos en este círculo perjudica las relaciones transatlánticas y puede romper el proceso de unificación europeo.
Por otro lado, la Europa institucionalizada puede desintegrarse también desde dentro. Un tercio de los eurodiputados del actual Parlamento Europeo, resultado de las elecciones de 2024, pertenecen a fuerzas políticas de extrema derecha que ponen en entredicho el proceso integrador europeo y defienden la primacía de los estados nacionales.
Cinco cambios que marcan una lenta decadencia
1- Falta de una idea de integración
Antes del cambio de siglo, la visión de una formación progresiva de una comunidad sirvió de guía; se perseguía “una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa “. Desde el cambio de siglo, esta idea se ha ido evaporando.
2- Ausencia de coaliciones para configurar la integración
El desarrollo de la UE es inconcebible sin coaliciones estables y a largo plazo entre los Estados miembros. El tándem franco-alemán ha sido indispensable.
3- El concepto de soberanismo
El nacionalismo ha vuelto a Europa. Hace hincapié en la identidad nacional. Los movimientos y partidos nacionalistas de derecha han ganado peso en muchos de los nuevos miembros, pero también en los antiguos como Francia (Rassemblement National (RN) y Alemania (Alternative für Deutschland (AfD). Estos partidos tienen en común el énfasis en la soberanía nacional, el deseo de preservar o volver a las decisiones por unanimidad y el principio de que la legislación nacional debe prevalecer sobre la europea. El soberanismo busca transformar la UE en una cooperación voluntaria de Estados independientes con sus propias fronteras, sus propias instituciones y su propia moneda.
4- Malestar amplificado por el populismo
Los partidos nacionalistas van a más en la UE, a pesar de que según las encuestas del Eurobarómetro las actitudes positivas hacia la UE se mantienen altas. Se observa una creciente polarización en las sociedades europeas. La integración está impulsando conceptos como patria, nación o religión como categorías inmateriales de autodefinición que prometen estabilidad, pertenencia y distinción.
5- Estados Unidos sin un papel europeo
Estados Unidos ha desempeñado un papel decisivo en la construcción de la UE. Condicionó la provisión de fondos del Plan Marshall a la cooperación entre los estados receptores, y desde la fundación de la OTAN ha sido la potencia líder indiscutible y garante de la seguridad de los europeos. El regreso de Trump a la Casa Blanca lo ha cambiado todo. Las relaciones transatlánticas se deterioran gravemente. Para Trump, la UE es un instrumento con el que los europeos se aprovechan económicamente de Estados Unidos. Trump celebró el Brexit y apoya a partidos y gobiernos en Europa que son críticos con la UE.
¿Puede con todo ello la UE sobrevivir hasta el año 2040?
Por primera vez desde su fundación, con la Declaración Schuman de 1950, el fracaso y la desintegración de la UE parece un escenario realista.
El futuro de la UE, como mínimo, es dudoso, y no solo por el renacimiento de la política de las grandes potencias, sino también por el enemigo interior. “Bruselas es el nuevo Moscú” es uno de los lemas del líder húngaro Viktor Orbán, que comparten muchos de sus amigos soberanistas. La referencia a la “nueva Moscú” recuerda el famoso ensayo de Andrei Amalrik antes citado.
De todos modos, se estima que la UE podrá sobrevivir después de 2040 porque rara vez las entidades políticas colapsan tan espectacularmente como lo hizo la URSS. Podría seguir existiendo institucionalmente, al mismo tiempo que pierde importancia y fuerza vinculante de manera progresiva.
Conclusiones
En la UE conviven hoy dos visiones contrapuestas sobre el futuro de Europa. Una de ellas, espoleada por el liderazgo nacional-populista de Trump, quiere deconstruir la integración europea devolviendo los poderes de Bruselas a las capitales nacionales. La otra es la de Europa que quiere avanzar en la integración como única receta para actuar en un mundo de gigantes. Es la Europa de quienes reclaman avanzar en competitividad (Informe Draghi), seguridad y defensa (Informe Niinistö) y completar el mercado único (Informe Letta).
Para que la UE no se extinga, necesita un empuje integrador, un nuevo impulso hacia la unión política y un pensamiento estratégico. Se necesita “más Europa “, particularmente en la realización de la unión económica y monetaria, seguridad interior, ámbito general de la inmigración, así como en política exterior, seguridad y defensa.
Podría darse el caso de que un grupo de estados miembros de la UE se propusieran avanzar más rápido que el resto hacia tales objetivos. De hecho, ya existe una Europa asimétrica, geometría variable y diferentes velocidades de integración (dos ejemplos: euro, Acuerdo Schengen sobre libertad de circulación de personas). La integración diferenciada puede convertirse en una receta inevitable.
El fortalecimiento de Europa puede lograrse, rompiendo los moldes de la Europa geopolítica, mediante coaliciones estables de Estados europeos, con presencia de miembros y no miembros de la UE. Hoy existen intentos, como los dos siguientes: 1) acceso al mercado interior de la UE sin libre movimiento de personas a cambio de una unión en defensa (coalición formada por algunos Estados miembros de la UE más Reino Unido y Turquía), y 2) conversaciones entre Alemania, Francia, países nórdicos miembros de la UE, Países Bajos y Noruega sobre formación del brazo europeo de la OTAN. En todo caso, el gran paso hacia delante – unión política para ser un verdadero actor en la escena internacional- quedaría pendiente.
Mucho, si no todo, depende de Alemania. De la forma en que los políticos alemanes interpreten la situación de Europa y las conclusiones que saquen. Una Alemania indecisa paraliza Europa. Si la unificación de Europa se desmorona, Alemania será tanto la principal víctima como la principal culpable.
Mucho, si no todo, depende de Alemania. De la forma en que los políticos alemanes interpreten la situación de Europa y las conclusiones que saquen. Una Alemania indecisa paraliza Europa Compartir en X