La política internacional no suele premiar la claridad, y menos cuando ésta adopta la forma abrupta de la fuerza. Por eso han sorprendido -y han provocado rechazo- las declaraciones inequívocas de Donald Trump sobre Venezuela tras el arresto manu militari de Nicolás Maduro y de su esposa.
Sin ambigüedades, Trump ha fijado tres prioridades: una preferencia explícita por Delcy Rodríguez, la caída controlada de la figura internacionalmente más visible de la oposición -Premio Nobel de la Paz incluido- Corina Machado y, sobre todo, la apertura total del negocio petrolero a cambio de una gran inversión.
Si se evita un exceso de ideología -en el sentido peyorativo del término-, la lectura de este movimiento gana profundidad. Marx y gran parte de la tradición marxista definieron la ideología como “falsa conciencia”: una visión distorsionada de la realidad que hace creer a los individuos que actúan libremente cuando, en realidad, reproducen relaciones de dominación.
Louis Althusser añadiría que la ideología no es solo un error mental, sino que tiene una existencia material: se transmite a través de los aparatos ideológicos del Estado -la escuela, la familia, la Iglesia, los medios- e «interpela» a los individuos para que acepten el orden establecido casi de forma automática. Slavoj Žižek daría todavía un paso más: la ideología no nos impide ver la realidad; la construye.
Aplicada en Venezuela, esta clave es decisiva. La realidad desnuda es que María Corina Machado es líder formal de la oposición, pero con una incidencia limitada sobre las grandes masas del país. Frente a ella existe un ejército descomunal —con más generales que el de Estados Unidos— profundamente ligado al aparato del Estado, atravesado por la corrupción y fuertemente ideologizado. Es, probablemente, la peor combinación posible para una ruptura clásica. No es de extrañar, pues, que los servicios de inteligencia estadounidenses hayan optado por otro camino: asegurar la transformación a partir del mismo régimen.
Este planteamiento remite inevitablemente a la transición española.
En España no fue la oposición la que conquistó el Estado, sino una parte de las fuerzas políticas del régimen franquista las que emprendieron un camino que acabaría siendo inexorable hacia la democracia y el constitucionalismo. Las diferencias y equivalencias son bastante evidentes. Había una autoridad reconocida como superior que, con la complicidad de figuras clave, señalaba la dirección del cambio. En un caso, Juan Carlos I, dotado de legitimidad franquista; en el otro, Trump, dotado de la legitimidad de la fuerza.
Aquí entran en juego dos factores determinantes: las figuras que actúan desde dentro del régimen y la actitud de los liderazgos de la oposición. En este esquema, Delcy Rodríguez, podría convertirse en una especie de Suárez venezolano: el artífice directo del proceso, y capaz de ganar unas primeras elecciones democráticas, si antes se han creado las condiciones políticas adecuadas. Su hermano, el presidente del Congreso chavista sería el Torcuato Fernández-Miranda venezolano, es decir, el que hace posible desde las Cortes la transformación legal del Régimen.
En paralelo, María Corina Machado, podría representar un híbrido complejo entre Felipe González —el primero entre los opositores con vocación de gobierno— y Santiago Carrillo, la fuerza más dura contra el franquismo y, a la vez, la más temida y perseguida por el régimen. Todo esto exigiría asumir una lógica muy precisa: ir «de la ley a la ley«. Es decir, que el Parlamento chavista legislara la apertura de la transición y aceptara una disolución pactada que permitiera unas elecciones constituyentes capaces de abrir el camino hacia una nueva constitución homologable.
¿Es ésta la vía venezolana?
Aún es pronto para saberlo. El riesgo de que todo acabe siendo solo una autopista hacia el petróleo para las empresas estadounidenses es real. Para evitarlo, «la prueba del algodón» es concreta e inmediata, con independencia de que las elecciones se retrasen uno o dos años: amnistía total para todos los presos políticos y libertad real de expresión, asociación y manifestación.
Si estas medidas se materializan a corto plazo, el camino a la democracia será difícilmente reversible, porque será auténtico. Si, en cambio, la amnistía y los derechos fundamentales no resultan efectivos, Trump no habrá abierto una transición, sino que habrá fabricado una dictadura a medida de sus intereses. Y entonces, no solo Venezuela, sino el equilibrio político global, entrará en una fase radicalmente distinta, marcada por contradicciones enormes en Europa y en la propia Unión Europea, con un nivel de confusión y ruido monumental. Y de riesgo… Mucho riesgo.







1 comentario. Dejar nuevo
Una transición como la que hubo en España hace medio siglo es imposible en la Venezuela actual. Las circunstancias no son comparables en ningún sentido. Sobre todo hay un factor fundamental que imposibilita un proceso equivalente: el respeto al derecho. La transición en España se llevó a cabo observando rigurosamente el respeto a la legalidad vigente. La ley de reforma política, que fue el fundamento primero de la transición, fue aprobada por mayoría de las cortes franquistas siguiendo un procedimiento conforme a la legalidad establecida por el régimen de Franco. Se pasó, como es de sobras sabido, de una legalidad a otra: en eso consistió la transición. También se hizo todo lo posible, y gracias a Dios con mucho éxito, para evitar la violencia. En Venezuela está ocurriendo todo lo contrario de lo que pasó en España. Se ha pasado de la ilegalidad de Maduro a una nueva ilegalidad instaurada mediante una violenta intervención militar extranjera. Ésta no sólo vulnera el orden jurídico venezolano, por muy altrecho que estuviera, sino también gravísimamente el derecho internacional en su conjunto. En este sentido sólo empeora las cosas y coloca al país bajo la tutela de los EE.UU., como ha declarado abiertamente el propio Trump. Con ello evidentemente Venezuela pierde soberanía y pasa de ser un estado independiente a hallarse en una situación jurídicamente indefinida e indefinible, pero de facto neocolonial. En tales condiciones una transición como la española es del todo imposible. Por no hablar de otros factores que diferencian ambos casos, como el petróleo, verdadero móvil del conflicto, el impacto geopolítico de la nueva situación, el que los EE.UU. ni siquiera hayan mencionado como fin de su ataque el establecimiento de una democracia en Venezuela, su tradicional apoyo a regímenes dictatoriales en Iberoamérica, etc. Puede que el chavismo y Trump lleguen a un arreglo que evite, por el momento, un conflicto bélico, sea entre los dos países, sea civil en el interior de Venezuela. Pero tal arreglo sólo puede ser un parche provisorio que únicamente aplazará nuevas tensiones y enfrentamientos. Empleando la violencia y violando las leyes no se puede llegar ni a una solución pacífica ni a la instauración de un estado de derecho.