Por qué los demócratas no deberían haber iniciado un impeachment contra Trump

La cámara alta estadounidense votará el próximo miércoles 5 de febrero si el proceso de impeachment a Donald Trump sigue su curso o se detiene. Pero estando en manos firmes de los republicanos, totalmente cohesionados en torno a su líder, el resultado parece claro.

Se pondrá así punto final a un proceso que se inició ya con pocas perspectivas de victoria por el Partido Demócrata. Pero la oposición estaba muy impaciente por iniciar un proceso de destitución desde su victoria parcial en las elecciones legislativas de noviembre de 2018, que le dieron mayoría en la Cámara de los Representantes (cámara baja).

El pasado jueves, el republicano centrista Lamar Alexander se negó a votar a favor de hacer entrar más testigos en el Senado, acortando así el proceso y dejando entrever el resultado final. La votación sobre si había que llamar a más testigos acabó con una victoria de los partidarios de Trump por 51 votos contra 49.

El impeachment ha agudizado aún más la profunda división partidista en que viven inmersos los Estados Unidos. División que se inició en realidad con la era Obama, el primer polarizador ideológico con iniciativas muy polémicas, como la reforma de la sanidad pública conocida como «Obamacare».

Sin duda, Trump ha proseguido esta división posicionándose en las antípodas de su predecesor en un buen número de aspectos (y manteniendo el rumbo de Obama en otros, paradójicamente).

Demócratas y republicanos se acusan mutuamente de dañar las instituciones de la República en el juicio político a Trump. Los primeros, por miedo a establecer un precedente que legitime los abusos de poder con fines partidistas, y los segundos, temerosos de instaurar otro que permita el abuso del proceso de impeachment con motivos igualmente partidistas.

Como en ocasiones anteriores, antiguos colaboradores de Trump no han dudado en hacer declaraciones públicas que lo ponen en entredicho. Afirmaciones que son enseguida aprovechadas como arma política.

La semana pasada fue su antiguo Asesor de Seguridad Nacional, John R. Bolton, quien afirmó que Trump le había pedido presionar al gobierno ucraniano para que publicara pruebas que dañarían a los rivales políticos del presidente estadounidense.

Las afirmaciones de Bolton fueron filtradas por el New York Times, diario conocido por su furibunda oposición al actual ocupante de la Casa Blanca, en un oportuno momento del proceso contra el presidente. La maniobra sabía a arma desesperada para alargar los debates en el Senado. En vano.

Tengan o no razón los demócratas al afirmar que las faltas de Trump han sido suficientemente graves como para obligarle a dejar el cargo, lo cierto es que el impeachment ha acabado siendo una maniobra que ha reforzado el liderazgo de Trump y tiene mucho potencial para dañar la credibilidad demócrata como alternativa de gobierno.

Profundamente divididos e inmersos en un cruento proceso de elecciones primarias, los líderes parlamentarios demócratas deberían haber reflexionado más detenidamente si realmente les convenía iniciar un impeachment que tenía desde el comienzo tan pocas probabilidades de éxito. Como pasó en 2016 con Hillary Clinton, su exceso de confianza y el desprecio a su rival los han alejado de la realidad.

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