El pasado 9 de enero, los 27 Estados miembros de la Unión Europea dieron luz verde para firmar el acuerdo de libre comercio con Mercosur, un bloque comercial integrado por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia.
El pacto comercial aún debe superar varias etapas antes de que entre en vigor, entre ellas una votación clave en el Parlamento Europeo. De confirmarse, se trataría del acuerdo de libre comercio más importante jamás firmado por la UE, y que generaría una zona de aranceles reducidos en todos los sectores económicos para un mercado de más de 700 millones de personas.
Alemania ha impulsado de forma decidida la iniciativa. No es de extrañar, ya que se prevé que uno de los principales beneficiados de la parte europea sea el sector del automóvil. Tras fundirse ante la competencia china y estadounidense, y admitir decenas de miles de despidos en sus fábricas, Alemania necesitaba desesperadamente encontrar nuevos mercados para sus productos, y Mercosur ha aparecido como una tabla de salvación.
España también se ha posicionado a favor del acuerdo. Su condición de segundo productor europeo de automóviles por detrás de Alemania ha contribuido a ello. Madrid ha visto además una gran oportunidad de actuar como puente entre los dos bloques, tanto cultural como económicamente.
La Italia de Giorgia Meloni ha conseguido concesiones para los productores agrícolas europeos, lo que le ha acabado posicionando a favor del texto final.
La oposición al tratado de libre comercio ha estado liderada por los agricultores de todo el Viejo Continente, que consideran injusto otorgar facilidades a la entrada de productos agropecuarios que no están sometidos al mismo marco regulador que los europeos.
De hecho, Francia, el principal productor agrícola europeo, se ha acabado oponiendo frontalmente al acuerdo. Aunque inicialmente el presidente francés Emmanuel Macron se mostró favorable, el acorralamiento político al que actualmente hace frente le han obligado a cambiar radicalmente de postura.
Además de Francia, Polonia, Irlanda, Austria y Hungría también votaron en contra de la firma del tratado, y Bélgica se abstuvo. A pesar de estas voces disonantes, el texto fue aprobado por mayoría calificada.
El problema no es el tratado de libre comercio como tal, sino la absurdidad que resulta de imponer restricciones complejísimas de gestionar a los agricultores europeos y abrir al mismo tiempo las puertas a productos que no están sometidos a las mismas condiciones de calidad y medio ambiente.
Peor aún, la Política Agrícola Común (PAC) de la UE, inicialmente fomentada por Charles de Gaulle como compensación para los productores franceses, tiene un coste exorbitante en los presupuestos plurianuales de la Unión. La adopción del tratado con Mercosur viene acompañada de aún más provisiones y excepciones para intentar calmar a los agricultores europeos, incluidas las negociadas expresamente por el gobierno de Meloni.
Por último, la tensión subyacente entre los objetivos climáticos de la UE, tan importantes para la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen, y el coste de importar miles de toneladas de alimentos que no cumplen las reglas medioambientales de la UE desde el hemisferio sur, tampoco encaja bien.
El problema no es el tratado de libre comercio como tal, sino la absurdidad que resulta de imponer restricciones complejísimas de gestionar a los agricultores europeos Compartir en X






