Una de las consecuencias de la sociedad desvinculada que caracteriza a Occidente en el siglo XXI es la fragmentación de la población de los antiguos estados nación en islotes ideológicos y culturales. Es el archipiélago del que también habla el gran sociólogo contemporáneo francés Jérôme Fourquet.
La “archipelagitazión” se traduce por ejemplo en la división parlamentaria en toda Europa y la aparición de un número creciente de partidos con un peso relativo similar que hace que la toma de decisiones -no digamos el consenso necesario para llegar a pactos de estado- sea cada vez más difícil.
Esta tendencia a la fragmentación es profundamente preocupante porque está desdibujando la religión y la patria como los dos grandes sentimientos que actuaban de pegamento social en nuestros países.
La división de la sociedad en grupos aislados que persiguen fines exclusivos (por ejemplo: ecologistas, veganos, LGBTQ+, islamistas, feministas de diversos tipos, comunidades nacionales de emigrantes, pero también libertarios, católicos progresistas o conservadores, grandes capitalistas, etc.) se manifiesta igualmente en una división cada vez más profunda a la hora de informarse.
Desde las posiciones más cercanas al poder vigente, se martillea sin cesar que el gran enemigo de nuestra democracia es la desinformación.
Algo que desmiente John Burn-Murdoch, periodista estadístico del Financial Times que ya hemos citado anteriormente en este diario y que merece atención por la calidad y osadía de sus búsquedas.
Burn-Murdoch afirma en un artículo reciente que centrándose en las «falsedades objetivas» se ha perdido de vista que el problema esencial para la democracia «no es tanto que la gente crea en falacias, algo que se ha producido siempre. Es que ya no crean las mismas cosas que los demás, sean falsas o no».
Esto se traduce en que, según el posicionamiento ideológico de una persona, las informaciones que encontrará en sus noticias no tendrán nada que ver con las de una persona que piense diferente. No se trata de que un mismo hecho sea presentado de forma diferente, sino que la noticia que se presenta en portada en un medio no aparezca ni siquiera en una columna interior de otro.
Y no se trata de que los votantes de Trump, Le Pen o Farage sean unos inocentes que se lo tragan todo. Trabajos académicos estadounidenses han demostrado que los conservadores tienden a considerar falsos titulares relativos al cambio climático, sí. Pero es que los progresistas se inclinan por igual a pensar que son falsas las noticias sobre los beneficios de la energía nuclear.
Es más, según Burn-Murdoch la investigación apunta a que los graduados universitarios no son mejores jueces de la verdad que los que solo tienen títulos de educación secundaria.
Así pues, la fragmentación es un fenómeno que no entiende de clase social.
Así lo demuestra el hecho, especialmente preocupante, que se esté extendiendo a la escala de redes sociales enteras: X (ex- Twitter) se está convirtiendo a marchas forzadas en una comunidad “de derechas”, mientras que la progresía ha montado una red paralela, Bluesky. Sin contar con Truth Social, el medio que Donald Trump estableció tras su expulsión de Twitter. Basta con ver las portadas (aquí y aquí) que ofrecen estas dos últimas para darse cuenta de que existe un inmenso problema de segregación.
Y es que el ser humano busca constantemente la eficiencia, y no le gusta pasar tiempo contrastando informaciones, sobre todo si estas provienen de una fuente que no le genera repulsión (y en su caso, será con práctica totalidad descartada sin más). Si a este rasgo de la naturaleza humana le añadimos la multiplicación de fuentes de información de la era digital, el resultado es un reforzamiento mediático extremo de cuyos islotes hablábamos al inicio.
No se trata de que un mismo hecho sea presentado de forma diferente, sino que la noticia que se presenta en portada en un medio no aparezca ni siquiera en una columna interior de otro Compartir en X