José Luis Rodríguez Zapatero ha tenido la fortuna de pasar a la historia por el segundo apellido. Es una elección legítima e incluso inteligente: Zapatero resulta más distinguido y memorable que Rodríguez. Con su legado ocurre algo parecido. Se le presenta envuelto con el vistoso papel de las «conquistas sociales», mientras se procura dejar en un rincón, discretamente, la factura económica, territorial e institucional.
La posteridad, como las memorias ministeriales, tiene gran facilidad para cuadrar los números. Y ahora más que nunca, tras las evidencias judiciales que le han puesto en la picota y después de haberle convertido en la referencia moral del PSOE, mitificar su legado es una necesidad política para el socialismo. ¿Pero cuál es, realmente, el balance de su gestión?
La división habitual entre sus dos mandatos es correcta. El primero sería el de la expansión económica y las reformas sociales; el segundo, el de la crisis, los cinco millones de parados y el descalabro electoral. Pero esa clasificación necesita algunos matices. El primer mandato no fue tan espléndido como ahora se dice, ni el segundo cayó del cielo como un pedrisco imprevisible.
Zapatero heredó una economía que crecía con fuerza, pero también una enorme burbuja inmobiliaria. Le tocó un jamón y se acostumbró a cortarlo pensando que era su autor. No creó la bonanza, ciertamente, pero gobernó durante los años en que esta alcanzó la máxima intensidad. Entre 2000 y 2007, el endeudamiento de familias y empresas pasó del 94% al 191% del PIB. El crédito crecía mucho más que la economía real y España vivía del ladrillo, de la financiación exterior y de la ilusión de que los pisos siempre subirían.
El Gobierno obtuvo superávits y redujo la deuda pública, pero confundió los ingresos extraordinarios de la burbuja con una prosperidad permanente. Es una confusión habitual en política: cuando entra dinero, el gobernante atribuye el fenómeno a su talento; cuando dejan de entrar, la culpa es de la economía internacional. Zapatero incluso se alababa de que España superaría a Italia en PIB per cápita.
También hay que examinar las conquistas sociales. El matrimonio entre personas del mismo sexo fue una gran conquista para quienes compartían esa concepción del matrimonio, de la familia y de los derechos individuales. Para otros, significó transformar jurídicamente una institución anterior y distinta. Puede estar a favor o en contra, pero no es riguroso presentar una opción ideológica concreta como un progreso objetivo e indiscutible de toda la sociedad. Lo mismo puede decirse de otras reformas relativas a la familia, la sexualidad, el aborto o la relación entre el Estado y la religión.
La Ley de dependencia sí podía haber sido una gran conquista social compartida. Quería crear el cuarto pilar del estado de bienestar. El problema es que ya nació con una memoria económica incapaz de determinar con precisión cuántas personas dependientes deberían ser atendidas. Las estimaciones bailaban, la financiación era insuficiente y una parte creciente del coste acabó recayendo sobre las comunidades autónomas.
La ley daba prioridad a los servicios profesionales y residenciales, pero el sistema derivó hacia las prestaciones familiares y la atención domiciliaria. Este cambio se produjo con demasiada frecuencia sin los medios, la formación, el descanso ni el apoyo necesarios para los cuidadores. Se proclamó un derecho que la administración no siempre podía garantizar. Una ley sin dinero es una proclama publicada en el BOE, que es una manera solemne de seguir teniendo el mismo problema.
La Ley de Memoria Histórica también tuvo consecuencias duraderas. En lugar de completar la reparación de las víctimas sin alterar el espíritu de la Transición, introdujo una lectura desequilibrada del pasado y abrió la tentación de ganar retrospectivamente, desde los despachos de los nietos, la guerra que habían perdido los abuelos. La Transición había construido la concordia no porque todo el mundo pensara igual, sino porque se aceptó no utilizar a los muertos como munición política. Zapatero empezó a deshacer ese acuerdo tácito, y Pedro Sánchez ha perfeccionado su método.
La cuestión catalana constituye otro gran pasivo. Zapatero prometió respetar el Estatut que aprobara el Parlament de Catalunya. Pero después negoció con Artur Mas una versión considerablemente reducida, que todavía sería modificada en las Cortes. El Tribunal Constitucional anuló posteriormente catorce preceptos y sometió a otros veintisiete a interpretación.
El resultado fue el peor posible: primero se levantaron enormes expectativas y después se demostró que no podían ser satisfechas. Zapatero no creó solo el procés independentista, pero sembró una de las semillas que lo harían crecer. Su operación, anunciada como la solución definitiva del problema catalán, acabó convirtiéndose en uno de sus detonantes.
Y entonces llegó la crisis. Zapatero se resistió con un tesón admirable, si el tesón consistiera en negar la realidad. En enero del 2008 calificaba de «puro catastrofismo» hablar de crisis. Aun en junio consideraba que su existencia era «opinable». Vinieron los 400 euros, el Plan E, los «brotes verdes» y la promesa de que el paro no alcanzaría los cuatro millones. La realidad, que no suele militar en ningún partido, dejó 5,27 millones de desempleados y una tasa de paro del 22,85% a finales de 2011.
En mayo del 2010, presionado por los mercados, gobiernos europeos y organismos internacionales, Zapatero tuvo que hacer lo contrario de lo prometido: reducción del sueldo de los funcionarios, congelación de pensiones, reforma laboral, reforma del sistema de pensiones y modificación exprés del artículo 135 de la Constitución. Pasó de negar la crisis a aplicar una austeridad abrupta, sin detenerse demasiado en la estación intermedia del reconocimiento de los errores.
No todo fue negativo. La UME y el carné por puntos han demostrado su utilidad. El fin de la actividad terrorista de ETA es un resultado histórico, aunque compartido con gobiernos anteriores, jueces, fuerzas de seguridad, Francia, las víctimas y el conjunto de la sociedad.
Pero el balance global es severo.
Rodríguez Zapatero fue un presidente culturalmente divisorio, económicamente catastrófico y territorialmente temerario. Dejó leyes, símbolos y relatos que aún condicionan a España, y no siempre para bien, pero no una economía más productiva, unas instituciones más sólidas ni una sociedad más acorde.
Este es su verdadero legado. El resto es el famoso envoltorio.
Y después Pedro Sánchez no ha hecho más que ampliarlo. Sus efectos son hoy aún más visibles, incluso en el ámbito económico, donde el crecimiento del PIB y del empleo conviven con una pérdida sostenida de poder adquisitivo y un malestar social cada vez más evidente.
El verdadero legado de Rodríguez Zapatero: de las «conquistas sociales» a los cinco millones de parados Compartir en X




