El funeral, TV3 y la apostasía y Arabia Saudita

¿Qué une conceptos aparentemente tan distantes como un funeral, la televisión pública catalana y Arabia Saudita? El hilo conductor es el hecho religioso o, mejor dicho, la creciente voluntad de vaciarlo del espacio público. En una sociedad que se proclama laica y secularizada, la religión sigue siendo un factor de consuelo, esperanza e identidad. Y justamente por eso se convierte en objeto de deslegitimación activa.

Empecemos por el funeral

Ante un trágico accidente ferroviario, el gobierno español impuso lo que llamó un “funeral laico” para homenajear a las víctimas, en realidad una celebración atea porque laicidad nunca ha significado ausencia de Dios. El concepto ya es problemático: no se homenajea a quien no ha elegido ser víctima; se les recuerda, se les llora y se les acompaña. Las familias lo entendieron mejor que nadie y rechazaron ese acto, reclamando un funeral religioso, católico, que reflejara la fe compartida, si no de todos, sí de la mayoría.

El contraste entre el funeral de Valencia y el de Huelva es revelador. En Valencia, el acto oficial resultó frío, desangelado e incapaz de ofrecer consuelo. Sin trascendencia, el dolor derivó en crispación; la escena terminó siendo un escarnio público con consecuencias políticas inmediatas sobre Mazón. Su condena política resultó inapelable. En Huelva, en cambio, imperaron el silencio, la paz y el consuelo; puede ser la esperanza. El cristianismo, con su promesa última de vida eterna, actuó como bálsamo. Sin consuelo ni esperanza, frente a pérdidas irreparables, solo resta la desesperación o la rabia.

El presidente Pedro Sánchez no asistió porque no acude a actos religiosos, algo que no siempre había sido así al inicio. En ese ausentarse coincidió con Sumar y Podemos y también con fuerzas políticas antagónicas como VOX, que se ausentó por su confrontación con la Iglesia. Lo hicieron porque anteponen el cálculo electoral a cualquier consideración de carácter humano o espiritual.

El resultado es una constatación incómoda: el hecho religioso sigue teniendo una función social positiva, mientras que su expulsión forzada del ritual público empobrece la respuesta colectiva al dolor. Y también, que la mayoría de los actuales partidos políticos juegan a la contra de una experiencia tan difícil de controlar políticamente, que tan pronto reclama el derecho cívico de unas elecciones y eso le acerca a la oposición o reclama la regularización de los inmigrantes y eso la hace gubernamental.

TV3

En la otra cara de la moneda encontramos TV3, medio público financiado con los impuestos de todos los ciudadanos de Cataluña. Esta condición exige neutralidad, rigor y respeto institucional superiores a los de un medio privado. Cuando estos principios se vulneran, el problema no es ideológico; es democrático.

El artículo difundido bajo el paraguas de 3Cat sobre “darse de baja de la Iglesia católica” no es información: es campaña. No contextualiza el papel histórico y social de la Iglesia, no contrasta voces, no explica consecuencias jurídicas diversas. Orienta a la acción y presenta la apostasía como la única salida deseable. Informar sería contar; incentivar es otra cosa.

Imaginemos el escándalo si una televisión pública promoviera, paso a paso, la reincorporación a una confesión religiosa. ¿Por qué lo contrario se considera aceptable? La crítica no está en la libertad de apostatar —indiscutible—, sino en el uso de poder público o económico para orientar conciencias y borrar símbolos. Esto no es servicio público. Es campaña

Esta direccionalidad transmite un mensaje claro: el catolicismo no merece legitimidad en el espacio público. Esto no es laicidad; es anticatolicismo. Una televisión pública no debe adoctrinar —ni a favor ni en contra— sino servir al pluralismo real. Cuando aquí falla, deja de representar a todo el mundo.

Arabia Saudita

La coincidencia inquietante aparece cuando miramos hacia Arabia Saudí. En finales deportivas disputadas allí, se ha hecho habitual borrar las cruces de los escudos. Tanto FC Barcelona como Real Madrid han aceptado que sus símbolos cristianos desaparezcan de las banderas que ondeaban y de las camisetas que se vendían, para no perder mercado. El dogmatismo islámico que impone esta censura es inaceptable; el silencio cómplice de los clubs, también. Se traiciona la identidad simbólica para vender más camisetas.

Aquí radica la convergencia: unos promueven la apostasía desde un medio público; otros hacen invisible la cruz por dogmatismo islámico y aún otros lo aceptan por intereses comerciales. Métodos diferentes, mismo propósito: arrinconar al cristianismo. Aunque es -lo constata el funeral de Huelva- lo que acompaña, pone paz, consuela y da esperanza en los momentos más difíciles.

Apostatar es libre; promoverlo con dinero de todos, no. #Pluralismo #Laicidad Compartir en X

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