La espectacular operación de Estados Unidos en Caracas para llevarse prisionero a Nicolás Maduro no fue solo una intervención militar brillantemente planificada y ejecutada (cero bajas civiles, algunos heridos pero ni un solo fallecimiento entre los militares estadounidenses), sino también un sensacional golpe de comunicación a escala mundial.
La capacidad de las fuerzas armadas y el aparato de inteligencia estadounidenses de penetrar el régimen chavista -que contaba con un importante contingente cubano, de elevada reputación en el mundo del espionaje y contrainteligencia- ha creado preocupación en las capitales de otros regímenes enemistados con Washington: el México de Claudia Sheinbaum, la Cuba castrista o la Colombia de Gustavo Petro.
Después de un golpe tan atrevido y contrario a las prácticas internacionales (y aquí hay que añadir que las actividades del narcotráfico del régimen de Maduro son igual de contrarias al derecho internacional) hay que preguntarse: ¿qué pasará a continuación?
Estados Unidos dispone de un instrumento de política internacional inigualado, y que su competidor geopolítico directo, China, está todavía a décadas de distancia de obtener: las mejores fuerzas especiales del mundo.
El Mando de las Operacionales Especiales de Estados Unidos (SOCOM del inglés Special Operations Command) disponía oficialmente en 2020 de más de 70.000 miembros. Para hacerse una idea, el ejército de tierra español está integrado, en su totalidad, por poco más de 73.000 efectivos.
Dentro del personal total del SOCOM, existen diferentes categorías de unidades.
En la cúspide encontramos a las fuerzas especiales en su sentido más estricto, esto es, las más rigurosamente seleccionadas, entrenadas y equipadas, y que se reservan para llevar a cabo las partes más delicadas de cada operación: liberar rehenes, eliminar o capturar el objetivo principal, etc. Entre estas destacan los SEALs de la armada estadounidense, y los Delta Force (“Delta” es en realidad un nombre genérico), pertenecientes al ejército y que han sido los encargados de capturar a Maduro.
A continuación figuran contingentes más numerosos, como los Rangers. Estas unidades de operaciones especiales suelen intervenir para apoyar a los equipos más experimentados, y se dedican, entre otros, a preparar el terreno o asegurar un perímetro para los SEALs o los Delta.
Por último, encontramos una tercera categoría de operadores, altamente especializados en ámbitos concretos. Aquí figuran por ejemplo la élite de los pilotos de helicóptero militares. También existen grupos de guerra psicológica (PSYOPS), encargados de mandar un combate informativo destinado a impactar sobre la población civil y los adversarios armados, y por supuesto, personal especializado en logística, comunicaciones y medicina de combate.
Históricamente, se considera que los británicos «inventaron» las fuerzas especiales durante la Segunda Guerra Mundial. La primera unidad dedicada a este tipo de operaciones, la SAS (Special Air Service) se fundó en 1941 e inspiró a Estados Unidos, ya en el período de posguerra.
Durante la segunda mitad del siglo XX, las fuerzas especiales ganaron en importancia y, paradójicamente, visibilidad pública. En Estados Unidos, sus miembros son considerados popularmente como héroes. La filmografía (Black Hawk Down, American Sniper, Lone Survivor , etc.) así lo demuestra.
Desde un punto de vista político, resulta interesante constatar cómo para los países occidentales, las fuerzas especiales se han convertido en un instrumento particularmente efectivo para llevar a cabo las acciones más contundentes de su agenda exterior.
Las fuerzas especiales ofrecen varias ventajas exclusivas: a diferencia de un ataque aéreo, son discretas (tanto de puertas hacia fuera como en el seno del mismo país) y resulta fácil negar la implicación gubernamental en caso de que algo salga mal. Respecto al uso intensivo de fuerzas armadas convencionales, las operaciones especiales reducen al mínimo las bajas.
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