Hay días del año que tienen una liturgia casi religiosa. El Día Internacional de la Mujer es uno de ellos. Llega el 8 de marzo, los discursos se escriben con cierta solemnidad, los edificios públicos se iluminan de lila y la sociedad entra en una especie de ritual que combina proclamas, consignas y una buena dosis de autocomplacencia. Todo ello tiene un aire que recuerda a aquellas celebraciones oficiales de tiempos pasados: mucha retórica, una verdad única y una cierta incomodidad ante cualquier matiz.
El comunismo también proclamaba la igualdad universal. El feminismo contemporáneo utiliza un lenguaje similar. Ambos movimientos comparten, al menos, una curiosa coincidencia: a medida que ganan poder institucional, la tolerancia hacia las opiniones discrepantes tiende a disminuir. Las consignas, cancelación y censura son instrumentos útiles cuando el debate puede resultar incómodo.
El feminismo histórico —el que reclamaba igualdad jurídica y derechos civiles— tenía una base clara y comprensible. Y, de hecho, sus principales objetivos se han alcanzado en buena parte de las sociedades occidentales. Hombres y mujeres tienen hoy los mismos derechos formales y, sobre todo, pueden ejercerlos de forma efectiva en casi todos los ámbitos: educación, trabajo, participación política o vida pública.
El problema es que aquel feminismo clásico hace tiempo que ha sido sustituido por otra cosa. Lo que hoy domina el discurso público es lo que se llama feminismo de género, una doctrina que ya no se limita a reclamar igualdad, sino que aspira a explicar el conjunto de la realidad social. En este sentido, se asemeja más a una ideología totalizadora —con cierto aroma marxista— que a un movimiento reivindicativo concreto.
Su punto de partida es conocido: la sociedad occidental estaría estructurada por un sistema opresivo —el famoso heteropatriarcado— que somete a la mujer de forma sistemática. Según esta teoría, todos los hombres forman parte de esta estructura, unos por acción y otros por omisión. Es una suerte de responsabilidad colectiva que convierte al hombre en sospechoso permanente.
A partir de ahí se construye una arquitectura jurídica y cultural que justifica tratamientos diferenciados. La ley española contra la violencia de género es el ejemplo más citado: en determinadas circunstancias, un mismo acto puede tener consecuencias penales distintas según el sexo de quien lo comete. La justificación jurídica apela precisamente a la existencia de esa estructura opresiva masculina.
Con el tiempo, el concepto se ha ido refinando. Ya no se habla tanto de «hombres» en general, porque esto generaba algunos problemas conceptuales evidentes. La responsabilidad se concentra ahora en el heteropatriarcado, lo que permite eximir a determinados colectivos —por ejemplo los hombres homosexuales— de la culpa estructural. Es una evolución semántica interesante que muestra hasta qué punto el lenguaje puede adaptarse a las necesidades de la teoría.
Mientras tanto, esta ideología ha ido ocupando espacios institucionales con notable eficacia. Universidades, administraciones públicas, ONG, empresas y organismos internacionales han incorporado estructuras dedicadas a la perspectiva de género. Todo esto requiere presupuestos importantes, programas específicos y una considerable infraestructura burocrática.
Curiosamente, casi nunca se ofrece una clara cifra del volumen de recursos públicos destinados a este conjunto de políticas. Y conviene recordar que ese dinero proviene de un sistema fiscal que exige a los ciudadanos trabajar más de medio año —seis o siete meses— al servicio del Estado antes de disponer plenamente de sus ingresos.
Una de las consecuencias de esta institucionalización es la aparición de un sistema de cuotas y mecanismos de promoción preferente. En algunos ámbitos –política, administración o grandes empresas–, una mujer puede tener más probabilidades de promoción que un hombre simplemente porque las normas de representación así lo establecen. Las listas electorales “cremallera” son el ejemplo más visible.
Este mecanismo tiene un efecto paradójico: mientras intenta corregir discriminaciones históricas, puede acabar estigmatizando a una generación entera de jóvenes hombres que, por el simple hecho de serlo, parten de una posición culturalmente sospechosa.
El discurso feminista ha contribuido también a crear una sensación de riesgo generalizado que a menudo no coincide con la realidad estadística. Los datos del Ministerio del Interior muestran que los delitos de abuso sexual tienen una incidencia especialmente alta en el caso de menores de edad, sobre todo chicas adolescentes. Sin embargo, el foco político y mediático se centra principalmente en la mujer adulta. El feminismo actual ha generado unas psicosis de miedo en muchas mujeres, convirtiéndolas a todas ellas en objetos del deseo violento de los hombres que las rodean. El feminismo ha inventado los “micromachismos” para seguir transformando molinos de viento en ogros maléficos, sencillamente porque uno de sus negocios es el del miedo. Inspirar miedo a las mujeres.
Los casos de asesinatos de mujeres en manos de sus parejas —unos cuarenta o cincuenta al año en España— son, sin duda, tragedias reales y terribles. Pero estadísticamente constituyen un fenómeno marginal en una población de 25 millones de mujeres. Sin embargo, el tratamiento mediático a menudo los presenta como si fueran la manifestación de una guerra estructural entre sexos.
Esta percepción tiene sus consecuencias psicológicas. Algunos analistas han señalado que el discurso dominante tiende a presentar estos crímenes no como hechos excepcionales, sino como posibilidades cotidianas, lo que alimenta una sensación de vulnerabilidad permanente.
Y sin embargo, cuando se observa la sociedad real, aparecen algunos contrastes curiosos. Las encuestas muestran que la mayoría de mujeres y hombres consideran que la igualdad básica se ha alcanzado ya en ámbitos como el trabajo, la política o la vida familiar. Pero al mismo tiempo existe una fuerte presión cultural para afirmar que la discriminación sigue siendo estructural.
El resultado es paradójico. España es uno de los países europeos donde más personas creen que la igualdad puede implicar una especie de “agravio masculino” . No porque la igualdad sea problemática en sí misma, sino porque determinados desmanes del feminismo de género generan una percepción de desequilibrio. Si en lugar de preguntar por la “igualdad” se preguntara por lo lógico, por el “feminismo”, las respuestas afirmando el agravio se multiplicarían.
Este fenómeno ayuda a contar otro hecho interesante: los jóvenes menores de treinta años son hoy el grupo más crítico con esta ideología. Ante esto, algunos sectores del feminismo hablan de manipulación a través de las redes sociales. En realidad, es una reacción obvia frente a un discurso que perciben como acusatorio y discriminatorio.
La realidad social, en ocasiones, es menos revolucionaria de lo que sugieren los manifiestos. Según la última encuesta del CIS sobre percepciones del amor y las relaciones, la mayoría de jóvenes siguen valorando positivamente el matrimonio, la monogamia y la relación estable entre hombre y mujer. El amor, la familia y el compromiso siguen siendo aspiraciones ampliamente compartidas.
Todo esto dibuja un panorama bastante diferente del relato dominante del feminismo. Lejos de una guerra entre sexos, lo que emerge es la voluntad de construir relaciones de cooperación, cariño y familia.
Quizá esta sea la mejor manera de celebrar el Día Internacional de la Mujer: reconocer los avances logrados, preservar la igualdad real y evitar que una ideología cada vez más sectaria y conflictiva acabe convirtiendo la convivencia entre hombres y mujeres en una disputa permanente.
Porque, al fin y al cabo, la realidad suele ser más sencilla –y más humana– que las teorías que pretenden explicarlo todo.
Los datos dicen una cosa, el relato político dice otra. La distancia entre ambas explica muchas reacciones de los jóvenes. #8M2026 Compartir en X





