Nos dirán lo que quieran, pero para una gran mayoría de ciudadanos otro año como el que acabamos de dejar atrás sería sencillamente difícil de resistir. No es una percepción vaporosa ni un estado de ánimo pasajero: existen razones concretas, medibles y acumulativas. Al menos doce.
- Pérdida evidente del poder adquisitivo
La combinación de una inflación acumulada elevada y de una presión fiscal creciente ha provocado algo incontestable: hoy podemos comprar menos con el mismo dinero. El impacto de los alquileres y el coste de la alimentación es particularmente doloroso, y lo es aún más cuanto más bajos son los ingresos. En estos tramos, la parte del presupuesto familiar destinado a necesidades básicas es proporcionalmente muy superior, siendo el ahogo real. - Crisis estructural de la vivienda
Tanto el mercado del alquiler como el de compra se han convertido en un muro infranqueable para una parte muy significativa de la población. Afecta sobre todo a los jóvenes y las familias que necesitan ampliar la vivienda. No es solo una crisis del presente: es una hipoteca sobre el futuro. Y lo relevante es que se ha incubado y desarrollado íntegramente durante más de siete años de Gobierno Sánchez, sin que se haya afrontado con determinación ni eficacia. - Inflación por encima de la media de la eurozona
La inflación acumulada en España es superior a la del núcleo central de la Unión Europea. Esta brecha se ha ampliado en los últimos tiempos y, además, ha erosionado no solo la capacidad de consumo, sino también la competitividad del país. Aunque ésta todavía aguanta, el riesgo de deterioro es evidente si no se corrige el desequilibrio. - Inmigración como instrumento macroeconómico
El discurso buenista sobre la inmigración esconde, en el caso del gobierno español, un cálculo claro: la llegada masiva de mano de obra barata permite inflar las macromagnitudes. Más población activa, más ocupación —mal pagada—, más consumo y, por tanto, más crecimiento aparente. Las consecuencias sociales negativas son enormes, pero quedan subordinadas al objetivo político de presentar un ciclo expansivo que muchos ciudadanos no perciben en su vida cotidiana. - El aborto masivo como factor económico y demográfico
Cuando el aborto alcanza sus dimensiones en España —uno por cada tres nacimientos, y hasta el 40% en algunos territorios como Cataluña— deja de ser solo un debate moral o sanitario: se convierte en un problema económico y demográfico de primer orden. La pérdida de capital humano equivale a lo largo del ciclo económico a cerca de un 2% del PIB anual. Y agrava una crisis demográfica que ya es profundísima. - Hundimiento demográfico
Hay mujeres que renuncian a tener hijos; otras quisieran tenerlos, pero no pueden por motivos laborales, económicos o de vivienda. Cuando finalmente lo consiguen, a menudo es tarde, lo que dificulta el segundo hijo y hace prácticamente imposible al tercero. Mientras, el envejecimiento se acelera. Otros países que siguieron políticas antinatalistas, como Rusia o China, han rectificado. España persiste, por sectarismo ideológico, en la inacción. - Tres causas del deterioro del nivel de vida
La primera es la compresión salarial: cada vez más personas cobran salarios muy cercanos al mínimo. La segunda es la precariedad laboral, que ya no afecta solo a los jóvenes, sino también, de forma creciente, a los mayores de 55 años. La tercera es un paro estructural persistente que nos mantiene como líderes europeos en esta lacra. El resultado es el aumento del trabajador pobre y de la desigualdad. - Gobernar sin presupuestos
España acumula tres ejercicios sin presupuestos aprobados. Es una anomalía económica y democrática de primer orden, agravada por el hecho de que las cuentas prorrogadas son de la anterior legislatura. El presupuesto no es un detalle técnico: es la herramienta central de gobierno. Prescindir de ellos implica arbitrariedad, falta de control y degradación democrática. Y más grave es que el gobierno presuma de poder gobernar al margen del Congreso. - Ausencia de mayoría parlamentaria
El gobierno ha insistido en mantenerse durante el 2025 pese a no disponer de mayoría estable. En una democracia funcional, esto lleva a convocar elecciones. Pedro Sánchez ha optado por ignorar esta lógica, debilitando el sistema y alimentando los extremos. - El fracaso de los fondos Next Generation
Nunca España había recibido una inyección de recursos comparable. El objetivo era transformar el modelo productivo y mejorar la productividad. No se ha logrado. Retrasos, mala ejecución y oportunidad perdida. La productividad sigue estancada y la distancia con Europa no se ha acortado. Es un fracaso histórico. Es como si Alemania en los años 50 hubiera desaprovechado el plan Marshall. - Degradación de los servicios públicos
Mientras se proclama la centralidad del Estado, los servicios públicos empeoran: Renfe, sanidad, educación, dependencia, administración. La escuela concertada es atacada a pesar de ser una válvula de seguridad del sistema. La burocracia se ha convertido en un laberinto ineficiente y desesperante. - Polarización política
El discurso de Navidad del Felipe VI acertó al señalar la polarización como uno de los grandes males del país. Convertir a la política en una guerra permanente entre enemigos destruye la posibilidad de consensos de Estado. La responsabilidad principal recae en quien gobierna, y Sánchez ha hecho de la confrontación una herramienta deliberada de poder.
El balance negativo es abrumador. No es exhaustivo, pero es suficiente. Solo un cambio de rumbo profundo permitirá evitar un deterioro aún mayor. Un año como este no puede repetirse.
Un año más, así no es progreso, es desgaste social y democrático. #BalanceSánchez #PolíticaEspañola Compartir en X






