La política española es capaz de dividir casi cualquier cosa. Divide la historia, divide la memoria, divide la forma de entender el Estado e incluso divide la forma de ver la realidad. Lo que quizás sorprende un poco más es que también divida el amor.
El CIS —institución que a veces parece dedicada a estudiar lo que nadie había pensado nunca en medir— ha preguntado a los ciudadanos qué piensan sobre el amor: qué significa, cómo lo definen y qué mitos románticos siguen vivos. El resultado es un mapa que, visto con algo de calma, dice muchas cosas sobre el país.
Para empezar, existe una primera línea de separación clara: la idea de apertura relacional, es decir, hasta qué punto los votantes aceptan que las relaciones abiertas o el poliamor sean formas legítimas de amar.
Aquí el contraste es notable. Entre los votantes de Sumar, el 63,3% considera que el poliamor es simplemente otra forma de amar. Los del BNG también muestran una notable simpatía (56%). En cambio, entre los votantes de VOX, solo el 17,9% está de acuerdo, y entre los del PP, el 20,5%.
Entre estos dos mundos se encuentra toda una gradación: PSOE (37%), Junts (40,2%), EH Bildu (48,1%), ERC (52,7%), mientras que los votantes en blanco (39,4%) y los abstencionistas (32,3%) se sitúan en una posición intermedia.
El lector atento observará que esta división no es exactamente nueva: recuerda mucho al viejo eje entre progresismo cultural y tradicionalismo social, que en realidad atraviesa toda la política contemporánea.
Sin embargo, hay una segunda dimensión que resulta aún más interesante: los mitos románticos clásicos.
Por ejemplo, la idea de que “el verdadero amor dura toda la vida” sigue siendo muy popular entre algunos electorados. El 70,4% de los votantes del PP está de acuerdo, así como el 68,6% de los de VOX. Sorprendentemente, el PNV presenta una cifra aún mayor (77,6%).
En cambio, entre los votantes de Sumar el acuerdo desciende al 39,7%, entre los del BNG al 30,6%, y entre los de EH Bildu al 34,3%.
Dicho de otra forma: Mientras algunos electorados todavía creen en una versión del amor que dura toda la vida, otros lo conciben como una experiencia más provisional, menos sólida.
Si Josep Pla hubiera leído estos datos, quizás hubiera observado que los españoles siguen amando con mucha ideología.
Existe también una parte del cuestionario que pide a los participantes qué palabras asocian con el amor. Aquí aparece una sorpresa relativa: la palabra “igualdad” es casi universal. Más del 92% de los votantes de casi todos los partidos ven una clara relación.
Esto sugiere que, al menos en el terreno declarativo, existe un consenso cultural amplio.
Pero el consenso se desvanece cuando aparecen conceptos más incómodos, como los celosos o la dependencia.
Los celosos, por ejemplo, son relativamente más asociados con el amor entre votantes de Junts (29,7%), mientras que casi desaparecen entre los del BNG (4,6%) y Coalición Canaria (3,6%).
La dependencia emocional, en cambio, aparece más vinculada al amor entre votantes de EH Bildu (48,8%) y VOX (44,3%), mientras que está mucho menos presente entre los del BNG (18,9%) o ERC (22,3%).
Otro apartado del estudio examina las opiniones sobre las aplicaciones de citas. Aquí el escepticismo es generalizado, lo que probablemente tranquilizará a aquellos que pensaban que la sociedad había perdido completamente el sentido crítico.
El 85,2% de los votantes de Junts cree que estas aplicaciones generan relaciones más superficiales. Entre los del BNG, el 86,4% piensa que la gente miente más.
Por lo general, la percepción es que estas plataformas banalizan las relaciones y fomentan una cierta mercantilización del afecto.
Quizás la conclusión más curiosa del estudio aparece cuando se comparan los perfiles globales de los electorados.
Cuando se analizan conjuntamente veinte indicadores diferentes, emergen algunos bloques relativamente coherentes.
Un primer bloque agrupa a Sumar, ERC, BNG y EH Bildu, caracterizado por una mayor aceptación de nuevas formas de relación y una menor adhesión al amor en versión clásica.
Un segundo bloque, mucho más amplio, incluye a PP, PSOE, VOX, Junts, voto en blanco y abstención, con posiciones más moderadas o más clásicas.
Por último, hay algunos casos singulares. El PNV aparece como un perfil particular —ni claramente tradicional ni claramente desmitificador—, mientras que Coalición Canaria emerge como un pequeño outlier estadístico, probablemente por el reducido tamaño de la muestra.
La conclusión es que el mapa sentimental del país refleja bastante bien su mapa político.
El amor, que durante siglos había sido considerado como una cuestión íntima y personal, parece haberse convertido también en una variable sociológica con orientación ideológica.
Quizá no sea tan sorprendente. Después de todo, la política moderna tiene la curiosa tendencia a convertir cualquier aspecto de la vida humana en un campo de batalla simbólico. Es lo de la doctrina queer: “Lo personal es político”. Incluso el amor.
Ahora la pregunta del millón es a quién prefieres como pareja, un clásico o un ferviente partidario del poliamor. Pues ya sabes en qué grupos políticos encontrarle.
Quizá la conclusión más sorprendente: incluso la forma de amar tiene orientación política. #Cultura #CIS #España Compartir en X





