Los idus de enero no son sólo una fecha cargada de simbolismo clásico; se han convertido en el retrato exacto de un país que se hunde mientras insiste en proclamar que todo funciona.
El 18 de enero de 2026, en Adamuz, España vivió el peor accidente ferroviario desde el desastre de Santiago de Compostela de 2013. Un tren de alta velocidad de Iryo que cubría la ruta Málaga–Madrid descarriló en plena línea Madrid–Sevilla invadió la vía contraria y colisionó con un Alvia de Renfe que se dirigía hacia Huelva. El resultado: 45 muertos y 292 heridos.
No fue solo un accidente. Fue una revelación.
Los vagones cayeron por un talud de cuatro metros, en un tramo aislado entre túneles, lo que dificultó las labores de rescate. Pero lo más grave no fue la orografía, sino la respuesta institucional. La sala de control de Renfe en Atocha, un icono tecnológico lleno de pantallas y protocolos, no detectó la colisión entre ambos trenes. Los primeros equipos de emergencia llegaron cuarenta minutos tarde y, durante un rato crítico, ni siquiera sabían que había un segundo convoy implicado.
El ministro de Transportes reaccionó con una afirmación tan tranquilizadora como inquietante: el tramo había sido renovado en el 2025 y estaba «en perfecto estado». Sin embargo, las primeras investigaciones apuntaron a la ruptura de un carril, a fallos en los sistemas de detección y a una renovación solo parcial de la infraestructura. Es el primer accidente grave entre dos trenes en la red de alta velocidad española y pone en cuestión un sistema que hasta ahora se presentaba como modélico.
Si las infraestructuras fallan en el momento de máxima inversión pública, con presupuestos récord y con los fondos europeos Next Generation sobre la mesa, ¿qué se puede esperar del resto de servicios? Si el colapso llega donde se ha concentrado el esfuerzo inversor, nadie debería extrañarse del desastre crónico de la red secundaria, especialmente Cercanías en Catalunya, abandonada pese a transportar cada día a millones de personas.
Adamuz es un símbolo. Al igual que lo es el colapso ferroviario catalán. No hablemos de errores puntuales, sino de una fatiga estructural de país.
La tragedia también ha dejado al descubierto la inutilidad de protocolos que solo sirven para justificarse a posteriori. Si una vía «revisada exhaustivamente» se rompe y nadie lo detecta hasta que los vagones se estrellan contra una pared de roca, la seguridad es una ficción. Insistir en que “todo se hizo bien” no aporta serenidad: siembra miedo.
El hilo conductor de esta crisis es humano y político. España sufre una saturación de cargos ocupados por personas sin preparación, seleccionadas por su lealtad y no por su competencia. El gobierno de Pedro Sánchez, beneficiario de los mayores ingresos fiscales de la historia —inflación, presión fiscal y fondos europeos—, ha sido incapaz de aprobar presupuestos durante tres años. Esta parálisis ha tenido consecuencias directas en el mantenimiento y conservación de las infraestructuras.
La planificación a medio y largo plazo ha sido sustituida por el cortoplacismo electoral, la propaganda y el maquillaje estadístico. La meritocracia ha desaparecido; la filiación partidista ocupa su puesto.
En Cataluña, la situación no es distinta.
El Gobierno de Illa, con Esquerra Republicana como socio, ha renunciado a gobernar con ambición propia. El traspaso de Cercanías sigue siendo un espejismo, las infraestructuras viarias no mejoran, el acceso al aeropuerto sigue bloqueado y la seguridad ciudadana empeora. Uno de cada cuatro habitantes del área metropolitana de Barcelona ha sufrido algún delito; la educación entra en crisis sistémica y la sanidad pública se desangra, hasta el punto de que cada vez más ciudadanos optan por seguros privados.
Residencias de personas mayores en condiciones indignas, una dependencia cronificada y una administración incapaz de responder completan el cuadro. Ante esto, los responsables prefieren el relato, el control mediático y la propaganda constante antes que la autocrítica y la reforma.
El colapso de Cercanías y los defectos graves que afloran a la alta velocidad no son anomalías: son el resultado de una toma de decisiones deficiente, de una fallida coordinación y de una incompetencia que empieza en la cúspide. Como la corrupción, estos males nacen arriba, por acción o por omisión, por interés o por incapacidad de supervisar.
Nada se ha resuelto. Porque los responsables siguen en la cima. Esta es la realidad.
Esta es la clave de la crisis.
Los idus de enero: crónica de un hundimiento y el caos catalán
Protocolos que no detectan colisiones, controles ciegos y políticos satisfechos: ésta es la crisis. #Adamuz Compartir en X





