Hay momentos en los que una sociedad se define más por lo que exagera que por lo que calla. El episodio del hantavirus —convertido durante días en una especie de espectáculo nacional— ha sido una demostración elocuente: una parte de la sociedad, de los medios y de la política parece haber perdido la capacidad de distinguir entre lo accesorio y lo esencial.
Se ha construido un relato sobredimensionado, alimentado por una sensibilidad colectiva casi morbosa y por una cobertura televisiva compulsiva, reiterativa y agotadora. Las televisiones han explotado la noticia hasta la extenuación por una razón elemental: a falta de sustancia, solo queda la repetición. La oposición ha querido ver «el caos»; el gobierno, por su parte, ha respondido sobreactuando. Todo el mundo ha contribuido al ruido.
Y ese ruido es revelador. Refleja una sociedad con crecientes dificultades para concentrarse en lo que realmente determinará su futuro.
Mientras España vive cautivada por estas escenas efímeras, el Gobierno sigue presentando como un “milagro económico” lo que, en realidad, se parece mucho más a una bomba de relojería. El modelo que se vende como una historia de éxito descansa sobre dos pilares tan desmedidos como frágiles: la inmigración descontrolada y el turismo masivo.
La inmigración, lejos de responder a una planificación racional de necesidades productivas y de integración, funciona a menudo bajo una lógica caótica que acaba desembocando en regularizaciones masivas de irregulares.
El turismo, convertido en monocultivo económico, ha llegado a un extremo tan exagerado que incluso Glen Fogel, CEO de Booking Holdings, advertía recientemente de que España debía decidir «qué quiere hacer con el exceso de turismo». Cuando incluso quien se beneficia de la saturación turística alerta de los riesgos, el problema es ya imposible de esconder.
La consecuencia inevitable es la presión asfixiante sobre la vivienda y los servicios públicos, especialmente en los territorios donde inmigración y turismo se concentran con mayor intensidad. Y es aquí donde aparece una de las imágenes más demoledoras del país real: la renta per cápita municipal.
El municipio catalán con la renta per cápita más baja es Salt, paradigma de una población con un porcentaje muy elevado de residentes nacidos en el extranjero. Y el otro gran nombre situado en la cola es aún más simbólico: Lloret de Mar, icono internacional del turismo masivo de bajo coste. Cuesta encontrar una metáfora más precisa del modelo económico español: mucha actividad aparente, poca generación real de prosperidad.
Incluso periodistas económicos cercanos al relato gubernamental, como Manel Pérez, han acabado reconociendo la evidencia. Los salarios españoles están prácticamente estancados desde 1995 y solo han crecido en torno a un 5%, mientras que en los países de nuestro entorno el incremento se acerca al 30%. Sin milagros retóricos. Sin maquillaje estadístico.
La causa principal de esta divergencia tiene un nombre antiguo y persistente: productividad.
Sin productividad, los salarios no pueden crecer. Es una ley económica elemental que la propaganda política intenta sortear. Una economía puede repartir subsidios durante un tiempo —como se hace con unos presupuestos del Estado eternamente prorrogados—, pero no puede generar sostenida prosperidad sin aumentar el valor que produce cada trabajador. Y todavía existe un agravante adicional: en muchas grandes empresas españolas se ha consolidado una brecha retributiva desmedida entre directivos y trabajadores que acentúa la percepción de fractura e injusticia.
España no fracasa por falta de esfuerzo. Fracasa por la naturaleza del modelo que ha escogido. Durante décadas ha apostado sistemáticamente por sectores intensivos en mano de obra, pero de bajo valor añadido:
— turismo masivo
— construcción cíclica
— servicios de baja calificación
Este modelo tiene una virtud evidente: absorbe a trabajadores. Pero también un límite igualmente evidente: no multiplica la productividad. Y por eso, después de treinta años, España solo ha avanzado dieciocho puntos en el índice comparativo, mientras Estados Unidos ha dado un salto colosal. Una economía que crece así no transforma el futuro; simplemente administra el presente.
Cataluña dispone objetivamente de mayor potencial: más industria, más exportación, más tradición empresarial. Esto explica que su índice se sitúe en torno a 122, frente al 118 español. Pero la diferencia es demasiado pequeña para resultar determinante. Porque los mismos factores estructurales que frenan España también operan aquí, a menudo con mayor intensidad: elevada presión fiscal, regulación asfixiante y enormes dificultades para que las empresas ganen dimensión.
El resultado es paradójico e inquietante: una economía con mayor capacidad acaba atrapada bajo el mismo techo. Cataluña no es exactamente el problema. Pero tampoco es la solución.
Y todavía existe una dimensión más profunda: la decadencia relativa europea. El problema no es solo español ni catalán. La propia Unión Europea arrastra un déficit estructural de escala y tamaño. Mientras Estados Unidos ha construido gigantes globales como Apple, Microsoft o Google, Europa sigue fragmentada en regulaciones, mercados y culturas empresariales dispersas.
La consecuencia es concreta y devastadora: menos inversión, menos innovación, menor productividad. Y, por último, menos prosperidad.
Los datos describen una auténtica triple periferia:
Unión Europea respecto de Estados Unidos: −55 puntos
Cataluña respecto de la UE: −13 puntos
España respecto de la UE: −17 puntos
Esto significa que España –y también Cataluña– no solo quedan atrás a escala global. También quedan atrás dentro del mismo espacio europeo al que pertenecen. Esta es la definición exacta de una periferia: no participar del lugar donde se marca el ritmo histórico.
Y las consecuencias son ya visibles cada día: salarios estancados, presión creciente sobre el estado del bienestar, jóvenes que heredan una economía incapaz de ofrecer expectativas de progreso sostenido, talento que emigra, frustración latente y precariedad convertida en normalidad.
Llega un momento en que los datos dejan de ser simples estadísticas y se convierten en una advertencia histórica. Ese momento es ahora.
Porque el problema no es solo estar por debajo. El problema real es que la distancia aumenta año tras año. Una economía puede tolerar temporalmente una posición inferior; lo que no puede soportar indefinidamente es quedarse inmóvil mientras los demás aceleran.
En 1995, España y Estados Unidos partían simbólicamente del mismo punto comparativo: 100 contra 100. Hoy, Estados Unidos se acerca a 190, mientras España apenas llega a 118.
La conclusión no necesita interpretación: nos hemos quedado atrás.
Si en 1995 España y EE.UU. estaban a 100, y hoy EE.UU. está a 190 mientras España está a 118, esto no es convergencia: es decadencia relativa. #Economía Compartir en X






