Quien debía decirlo. ¿Quién recuerda aún cuando se planteaba detener sus obras? ¿Quién podía imaginar que la Sagrada Família acabaría convirtiéndose no solo en un templo culminado, sino en el gran símbolo global de Barcelona?
Hay pocas escenas tan reveladoras como ésta: miles de personas haciendo cola en silencio frente a una basílica. No es una manifestación, ni un acto cívico, ni una fiesta popular. Es una espera disciplinada, casi reverencial. Y, sin embargo, la mayoría de quienes entran no van a rezar. Van a contemplar.
En 2025, exactamente 4.877.567 visitantes pasaron por la Sagrada Família. No es sólo un dato turístico: es un dato cultural. Es el registro masivo de una atracción que actúa como centro simbólico de una ciudad que, paradójicamente, a menudo no se reconoce en su propio símbolo.
Barcelona no es Roma. No es una ciudad que articule su vida en torno al calendario litúrgico ni que haga de la fe una expresión pública central. Más bien lo contrario. El poder político municipal -hoy encarnado por Jaume Collboni- tiende a diluir cualquier manifestación religiosa visible. La Navidad se convierte en una escenografía discutida; la misma palabra desaparece de la ornamentación pública; el pesebre es expulsado de la plaza de Sant Jaume, y la misa de la Mercè ve cancelado su anuncio dentro del programa oficial.
Y, sin embargo, en el centro de todo esto se levanta una basílica expiatoria, consagrada en el 2010 por Benedicto XVI, diseñada por Antoni Gaudí, reconocido por la Iglesia como venerable y en proceso de beatificación. Gaudí no proyectó un monumento: concibió un acto de fe hecho piedra. Y es precisamente esa fe, que la ciudad tiende a invisibilizar, la que la proyecta al mundo.
Más aún: se trata de un templo expiatorio. Barcelona tiene dos: éste y el del Tibidabo. Quizás porque el viejo título literario de “la ciudad del pecado” necesita su contrarrelato maragalliano: “la ciudad del perdón”.
Porque la Sagrada Família no es solo Barcelona. Es un fenómeno global. Más del 80% de los visitantes son extranjeros. La ciudad exporta una imagen que no coincide con el relato que hace de sí misma. Vive -económica y simbólicamente- de un templo que no forma parte de su discurso dominante.
Hay, pues, un resquicio. No es una contradicción superficial, sino una fisura profunda: entre lo que la ciudad es y lo que la ciudad muestra; entre lo que construye y lo que reconoce.
Esta brecha se hace aún más visible si se observa el estado mismo de la obra. Desde 1882, la basílica crece lentamente, como una promesa aplazada. Hoy, con la torre de Jesucristo alcanzando los 172,5 metros, su perfil domina el horizonte. Pero todavía faltan elementos esenciales: la fachada de la Gloria y las torres finales dedicadas a los apóstoles. No es sólo un edificio en construcción. Es un sentido pendiente.
Mientras, la ciudad vive acelerada, saturada de turismo, reorganizando calles y plazas para absorber una presión constante de visitantes. La Sagrada Família no es sólo un templo: es un epicentro que reordena el espacio urbano.
Y quizá ahí esté la clave. La ciudad que relativiza la trascendencia se ve obligada a gestionarla. La ciudad que no celebra la fe administra su más potente símbolo. La ciudad que no se reconoce en Gaudí vive de Gaudí.
Pero no siempre fue así.
Durante el siglo XX, la Sagrada Familia fue objeto de una crítica feroz. No hablamos sólo de la destrucción de 1936, cuando sectores de la CNT-FAI incendiaron y estropearon parte del templo. Hablamos también de una oposición intelectual sostenida.
El arquitecto Oriol Bohigas calificó su continuación de “vergüenza mundial”, un “error” y un “falso Gaudí”. Argumentaba que prolongar la obra sin planos completos era una “barbaridad cultural” y que desvirtuaba el proyecto original. También sostenía que era absurdo dedicar más de un siglo a completar un edificio concebido en otro tiempo, en una ciudad moderna.
El debate culminó en un manifiesto publicado en La Vanguardia, con firmas que hoy sorprenden: Le Corbusier, José Luis Sert, Francisco de Paula Moragas, José Antonio Coderch, Nicolás Maria Rubió i Tudurí, Joan Miró o Antoni Tàpies. Incluso Josep Maria Subirachs —que acabaría dejando su impronta en la fachada de la Pasión— se convertiría en el “arrepentido” más visible.
La crítica se prolongó durante décadas. Bohigas llegaría a proponer convertir el templo en una estación de metro. Ni siquiera el reconocimiento de la UNESCO, en 1984, como Patrimonio de la Humanidad logró detener las reticencias.
Aún en 2008, el manifiesto Gaudí en alerta roja, impulsado por Maria del Mar Arnús, presidenta de la AICA, denunciaba la continuidad de las obras. La arquitecta Beth Galí la llegó a definir como una “mona de Pascua fea”.
Y, sin embargo, el tiempo ha terminado inclinando la balanza. Josep Acebillo, antiguo arquitecto jefe de Barcelona, evolucionó hacia una posición favorable: reconocía su “gran repercusión social” y afirmaba que sólo una “gran miopía intelectual” podía reducirla a caricatura. Anticipó lo que hoy parece evidente: la Sagrada Família es el gran signo identificador de Barcelona.
Y mientras la basílica se prepara para recibir al tercer papa —tras Juan Pablo II, en 1982, y Benedicto XVI, en el 2010— con la futura visita de León XIV, la ciudad sigue habitando esta paradoja.
Barcelona vive de lo que no acaba de querer reconocer. Y la Sagrada Família, nacida de una fe radical, se ha convertido —pese a todo— en su verdadero centro.
Lo llamaron “vergüenza mundial”, “falso Gaudí”, incluso “mona de Pascua fea”. El tiempo ha terminado decidiendo otra cosa. #SagradaFamilia Compartir en X






