Hay gobiernos que gobiernan; otros representan la gobernación. El de Salvador Illa, en materia de vivienda, pertenece, de momento, a esta segunda escuela: la de la política entendida como escenografía, fotografía y nota de prensa con solemnidad de gran obra pública para anunciar, en realidad, una minucia.
La última escena es un ejemplo perfecto.
Rodeado de 31 alcaldes y de la consejera Sílvia Paneque, el presidente presentó una nueva aportación a su gran objetivo: 50.000 viviendas públicas hasta 2030.
La cifra concreta del anuncio obliga a bajar del atril a la calculadora: 556 viviendas en 31 municipios y 42 solares.
Dicho así, todavía conserva cierta dignidad estadística. Pero el periodismo —el de verdad, no el de la gacetilla reproducida— consiste justamente en poner las magnitudes en contexto.
Hagámoslo.
Esto significa una media de 17,9 viviendas por municipio; es decir, dieciocho pisos por término municipal. Si se reparten por los 42 terrenos anunciados, la promoción tipo queda en 13 viviendas por solar .
No es una política de vivienda. Es casi una maqueta urbanística con autoridades a su alrededor.
Y, sin embargo, la puesta en escena fue la de un gran vuelco estratégico: presidente, consejera, alcaldes, fotografías, titulares a cuatro y cinco columnas y la inevitable retórica del «compromiso histórico». Nadie parecía advertir la desproporción entre la trompetería institucional y el tamaño real de la pieza.
En catalán clásico llamaríamos disparar salvas de rey, expresión bien adecuada porque describe perfectamente mucho ruido sin un efecto material equivalente.
El problema es que el ruido no resuelve nada.
Según datos recogidos recientemente por los economistas de Promo Assessors y asumidos por la propia Generalitat, Catalunya arrastra un déficit acumulado de entre 130.000 y 175.000 viviendas, entre libres y protegidas.
Este es el gigante.
Además, el déficit específico de vivienda protegida acumulada ronda los 93.000 pisos, mientras que, solo para absorber la nueva demanda anual, habría que construir unas 20.260 viviendas cada año, cifra que ni siquiera reduce el agujero heredado, sino que simplemente impide que se ensanche más.
Esto lleva a una conclusión muy simple.
Si Catalunya quiere empezar a paliar seriamente la tragedia residencial, habría que levantar entre 45.000 y 50.000 viviendas anuales hasta el 2030, de las que entre 15.000 y 20.000 deberían ser de protección oficial.
No en cinco años. Cada año.
Aquí es donde la metáfora del título se convierte en exacta. El Gobierno comparece como si hubiera inmovilizado al gigante, pero en realidad comparece con la dimensión de Liliput.
La producción real sigue muy lejos de estas necesidades. Cataluña está construyendo alrededor de 15.000 viviendas totales anuales, y solo entre 1.500 y 2.000 protegidas en los años normales.
Incluso el año en que el ejecutivo exhibe como meta —unos 3.500 o 3.600 VPO terminadas— sigue muy por debajo de los 15.000 anuales necesarios solo en vivienda protegida para empezar a girar la situación.
La distancia entre el objetivo y la realidad no es marginal. Es estructural.
Esto es lo que hace especialmente discutible el famoso Plan 50.000. Sobre el papel, la cifra parece colosal. Políticamente es impecable: redonda, memorable, fácil de titular.
Pero cuando se contrasta con las necesidades reales, aparece la desproporción esencial: lo que el Gobierno promete hacer hasta el 2030 es aproximadamente lo que el país necesita construir en un solo año para empezar a corregir el problema.
Este es el punto central que demasiado a menudo se omite.
El relato oficial presenta el plan como gran respuesta. El contexto muestra que, incluso si se ejecutara íntegramente —lo que hoy está lejos de ser seguro—, su impacto sería insuficiente para revertir el déficit estructural.
Y ahí reaparece la vieja cuestión del periodismo.
Si los medios fueran menos complacientes con el poder y más fieles a su oficio, no bastaría con reproducir la fotografía, la cifra institucional y la frase presidencial. Habría que añadir el marco: qué representa esto frente al déficit real, qué porcentaje cubre, a qué ritmo avanza y en cuántos años empezaría a notarse.
Esto es, simplemente, el ABC del buen periodismo: dar al lector no solo el hecho, sino el contexto.
Porque entonces la imagen se convertiría en inequívoca.
Por un lado, el gigante de un déficit de hasta 175.000 viviendas. Por otro, una sucesión de actos solemnes para anunciar paquetes de 18 pisos por municipio.
Liliput frente al gigante, eso sí, disfrazado de “mil hombres”.
Y, mientras la política celebra maquetas, el gigante sigue creciendo.
Cuando la solemnidad institucional anuncia 556 pisos como si fuera una revolución, el gigante del déficit sigue riendo. #SalvadorIlla #Catalunya Compartir en X






