Este pasado domingo se ha celebrado con diversas manifestaciones el Día Internacional de la Mujer, convertido en una suerte de ofrenda ritual en el altar del feminismo de género. Uno de los eslóganes recurrentes de cada 8 de marzo es el de «Nos queremos vivas», formulado como si fuera la expresión de una realidad evidente: que las mujeres son asesinadas por los hombres —así, en bloque— por el simple hecho de ser mujeres. El mensaje implícito es que ellas son perseguidas y muertas a causa de su condición femenina.
Este feminismo, que poco tiene que ver con la reivindicación legítima de la igualdad, establece así una fractura insalvable dentro de la condición humana según se ha nacido hombre o mujer.
Pero, como ocurre con muchas afirmaciones del feminismo contemporáneo, cuando se observan los hechos, sus proclamas a menudo se traducen en exageraciones, manipulaciones o directamente falsedades.
Los datos no indican en absoluto que exista una inseguridad mortal específica para la mujer en España. Al contrario: es uno de los países con una de las tasas de homicidio total y de homicidio de pareja más bajas del mundo, y estas cifras han ido disminuyendo a lo largo de lo que llevamos de siglo hasta situarse en una prevalencia marginal en el conjunto de víctimas.
Según los últimos datos disponibles, en España se registraron 348 homicidios, de los que 115 víctimas fueron mujeres, es decir, el 30% del total, aunque representan aproximadamente el 51% de la población. De estas 115 mujeres, 48 murieron a manos de su pareja o expareja, en un país con aproximadamente 25 millones de mujeres.
Esto significa una prevalencia de 1,92 víctimas por millón de mujeres.
Toda muerte es sin duda una tragedia personal. Sin embargo, desde un punto de vista colectivo, su incidencia debe ser valorada según su magnitud real si se quiere determinar cuáles deben ser las prioridades de las políticas públicas.
Y ahí aparece una distorsión notable. En España existe una hiperinflación de recursos y atención política dedicados al feminicidio de pareja en relación con su incidencia real, mientras que otras muertes también trágicas reciben una atención muy inferior.
Un ejemplo lo encontramos en el suicidio. En 2024 se registraron 3.953 suicidios, de los cuales 1.051 fueron mujeres y 2.902 hombres. Es decir, casi veintidós veces más mujeres muertas que los feminicidios de pareja.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede existir una hiperatención en un caso y un silencio casi total en otro?
La respuesta es concreta y escandalosa: el feminicidio es amplificado porque encaja con la doctrina del feminismo de género, mientras que el suicidio —incluso cuando afecta a las mujeres en una proporción muy superior— no resulta útil para este relato. En realidad, no importa tanto el número de muertes como la utilidad política que se pueda obtener de ellos.

En el contexto europeo existen países con tasas de homicidio de pareja más elevadas que España. Por ejemplo:
- Letonia: entre 10 y 11 muertes por millón.
- Lituania: entre 6 y 7 por millón.
- Austria: aproximadamente 3–3,2 por millón.
Entre los países con tasas más bajas encontramos:
- Grecia: aproximadamente 1,15 por millón.
- España: 1,9 por millón.
- Italia: 2,03 por millón.
Hay que tener en cuenta una observación metodológica importante: muchos países no separan estrictamente en sus estadísticas los homicidios de pareja de los homicidios en el ámbito familiar. Eurostat, por ejemplo, a menudo los combina, lo que obliga a realizar estimaciones cuando se quieren establecer comparaciones internacionales.
La gran diferencia con América Latina
Existe, además, una distinción fundamental que raramente se introduce en el debate público.
Los feminicidios de pareja o expareja —principalmente cometidos por hombres— muestran una drástica diferencia entre Europa y América Latina.
España y Europa tienen las tasas más bajas del mundo, con una tendencia descendente. En cambio, América Latina registra las más altas, junto con diversas regiones africanas.
Según datos de CEPAL y ONU Mujeres (2024):
- América Latina y el Caribe: aproximadamente 1,5 por cada 100.000 mujeres, es decir, 15 homicidios por millón.
- Europa (incluida España): aproximadamente 0,5 por cada 100.000 mujeres, la tasa más baja del mundo.
La diferencia es clara: América Latina presenta tasas entre siete y diez veces superiores a las europeas.
Otras regiones: Marruecos y Pakistán
Los informes conjuntos de UNODC y ONU Mujeres (2025) indican que:
- Marruecos presenta una estimación de unos 5 homicidios por millón de mujeres.
- Pakistán, en el contexto del sur de Asia y con presencia de honour killings, registra tasas estimadas entre 7 y 10 por millón.
Son cifras muy superiores a las españolas.
Lo que raramente se explica
Hay varios hechos que casi nunca aparecen en el relato dominante.
Primero: hay más homicidios de hombres que de mujeres.
Segundo: hay más mujeres asesinadas fuera de la relación de pareja que dentro de ella.
Tercero: España es, junto con Italia y Grecia, un país modelo en términos de seguridad dentro de la pareja. En otras palabras: las mujeres de este país gozan de una seguridad en su vida de pareja superior a la de otras muchas mujeres europeas.
Y todavía hay otra realidad que raramente se menciona: los agresores y también las víctimas nacidas en el extranjero están sobrerrepresentados en estas estadísticas. Si la inmigración fuese mucho menor o proviniera mayoritariamente de países con tasas más bajas de feminicidio de pareja, los resultados probablemente serían aún mejores.
La pregunta inevitable
¿Por qué el feminismo institucional y el gobierno no utilizan estos datos, que podrían mostrar a España como una referencia internacional?
¿Por qué no se presenta como un éxito social e institucional?
La respuesta es evidente: porque estos datos desmontarían el relato de persecución sistemática y de violencia estructural que sustenta las campañas políticas.
Sin este relato, eslóganes como «Nos queremos vivas» —que sugieren que la sociedad quiere lo contrario— perderían sentido.
Solo ocultando o tergiversando la realidad puede continuar una narrativa que alimenta una constante percepción de amenaza entre muchas jóvenes. Mientras, otros riesgos mucho más frecuentes y reales —como el suicidio— siguen siendo ignorados o insuficientemente abordados por las políticas públicas.
España, Italia y Grecia figuran entre los países más seguros para las mujeres dentro de la pareja según los datos comparativos. #Seguridad #Mujeres #Europa Compartir en X





