Cronos y el 17-A: los límites de la integración

El estreno de Cronos, el thriller de Fernando González Molina sobre los atentados del 17-A, vuelve a abrir una herida que Catalunya no ha terminado de pensar. La película reconstruye con respeto el operativo policial desatado tras la masacre de Barcelona y Cambrils: dieciséis personas asesinadas y 137 heridas. Pero su más valiosa aportación no es sólo recordar los hechos. Es devolvernos la pregunta que desconcertó a Ripoll y Catalunya.

¿Cómo podían haber participado en esa matanza unos jóvenes de origen marroquí, crecidos en una villa catalana, escolarizados, con trabajo, que hablaban la lengua del país y participaban en la vida local? No respondían a la imagen tranquilizadora del marginado absoluto, sin vínculos ni futuro. Eran, al menos exteriormente, chicos normales. Por eso el caso sigue inquietando.

La primera explicación sostiene que esa integración era solo aparente. Podían hablar catalán, trabajar y participar en las fiestas, pero no sentirse plenamente miembros de la comunidad. Pequeños episodios de rechazo -no entrar en una discoteca por su aspecto, tener dificultades para relacionarse con chicas autóctonas o percibir que siempre serían considerados extranjeros- habrían ido sedimentando una identidad herida. Habría habido integración funcional pero no inclusión.

Esta explicación contiene una parte de verdad que no debe menospreciarse. La discriminación existe, la humillación puede alimentar el resentimiento y una sociedad debe procurar que nadie viva a la intemperie. Pero es una respuesta insuficiente. Miles de personas sufren rechazo, precariedad o fracaso afectivo y no se convierten en asesinos. La inmensa mayoría de los musulmanes catalanes no abraza el yihadismo. Tampoco existe un perfil social único que permita anticipar la radicalización.

Los jóvenes de Ripoll disponían, además, de unas mejores condiciones objetivas que muchos menores marroquíes llegados posteriormente a Catalunya sin familia, sin red y sin una perspectiva clara de futuro. Si ni la integración visible ni la exclusión percibida explican por sí solas el paso al terrorismo, cabe formular la siguiente pregunta: ¿cómo llegaron a considerar bueno asesinar a sus conciudadanos y morir mientras lo hacían?

Aquí entramos en el terreno que buena parte de los análisis evita: la idea de bien que una persona ha configurado. La radicalización no consiste solo en acumular agravios. Consiste en alterar la jerarquía moral hasta que el vecino se convierte en enemigo; el inocente, en objetivo legítimo; el crimen, en deber, y la muerte, en premio. Sin esa inversión del bien y del mal, el resentimiento no se transforma en matanza.

Toda educación necesita un telos. El término griego designa la finalidad que ordena los actos y da sentido a la vida. Educar no es solo transmitir competencias para encontrar trabajo, hablar una lengua o cumplir unas normas. Es enseñar por qué unas acciones son buenas y otras intolerables. Cuando familia, escuela y comunidad renuncian a proponer un bien compartido, el vacío no queda vacío: lo ocupan la tribu, la secta digital, la ideología totalitaria o el predicador del odio.

Nuestra sociedad proclama la dignidad humana, pero debilita su fundamento cuando condiciona el valor de la vida a la autonomía, la utilidad, el deseo o el estadio de desarrollo. El ser humano no puede valer más o menos según ha nacido, si es dependiente, si está gravemente enfermo, si piensa como nosotros o si profesa otra fe. Esto no significa que el aborto o la eutanasia causen terrorismo; sería una simplificación absurda. Significa que una cultura que multiplica las excepciones tiene más dificultades para transmitir un principio universal: ninguna vida humana inocente puede ser convertida en instrumento ni declarada prescindible.

Aquí el cristianismo ofrece una importante aportación, como fe y como cultura pública. Afirma que la dignidad no la conceden el Estado, el grupo, la raza, la religión ni la utilidad, sino que pertenece a toda persona por el hecho de ser humana. Y extiende el mandamiento de amar hasta al extranjero y al enemigo. Los cristianos han traicionado muchas veces este principio, pero la traición puede ser juzgada precisamente porque el principio existe.

Esto no autoriza ninguna condena indiscriminada del islam. La gran mayoría de los musulmanes rechaza el terrorismo. Pero tampoco podemos esconder que la célula fue adoctrinada por un imán en una lectura yihadista que dividía el mundo entre fieles y enemigos y concedía una justificación sagrada al asesinato. Una política de integración que cuenta con cursos, contratos y actividades, pero se niega a examinar las ideas morales y religiosas que se transmiten, conserva un punto ciego peligroso.

La lección del 17-A es que integrar no significa solo adaptarse  exteriormente, sino incorporarse a un orden moral compartido. Necesitamos inclusión, vigilancia y oportunidades, pero sobre todo familias, escuelas y comunidades capaces de educar en el bien. Cronos nos devuelve la pregunta. La respuesta es incómoda: no hay integración sólida sin telos, ni telos sin una idea de bien, ni bien común si la vida humana deja de ser inviolable.

El 17-A no sólo nos pregunta por qué se radicalizaron. Nos pregunta qué entendemos por integrar. Cronos reabre el debate. #Cronos #17-A Compartir en X

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