El pluralismo según La Vanguardia: fuera López Burniol, todos los lunes Iván Redondo

Hay decisiones empresariales que, aisladas, parecen perfectamente normales. Sin embargo, cuando se ponen dos de lado, adquieren una claridad casi ofensiva. Es lo que acaba de pasar en La Vanguardia. El sábado desaparece una voz; el lunes aparece el relato que conviene. En medio solo hay un domingo, que es el día tradicionalmente reservado al descanso y a la digestión.

Juan José López Burniol debía publicar el sábado 22 de agosto su artículo semanal. Se titulaba «La revancha». El diario decidió no publicarlo y acabó con una colaboración de muchos años. La relación está terminada. No se trata de un descanso, de unas vacaciones ni de esa pausa provisional con la que a menudo se envuelven las defunciones definitivas.

La Vanguardia tiene todo el derecho a elegir a sus articulistas. Un diario es una empresa privada y no una oficina pública de reparto de columnas. Pero una cosa es tener derecho a hacer una cosa y otra es que esa cosa no tenga significado. Los periódicos tienen línea editorial, intereses y amistades. También tienen ventanas. Y algunas ventanas dan a la calle; otros, directamente al poder.

López Burniol no es un exaltado recién llegado de una tertulia nocturna. Notario, profesor de derecho, exdecano del Colegio de Notarios de Catalunya, expresidente del Tribunal Constitucional de Andorra y expresidente de la Fundación “la Caixa”, ha formado parte durante décadas del núcleo institucional catalán. Se le atribuye, junto a Enric Juliana, la redacción de la editorial conjunta «La dignidad de Cataluña» de 2009. También defendió posiciones socialdemócratas, votó al PSOE hasta el 2008, apoyó los indultos e incluso propuso que el PP facilitara la investidura de Sánchez.

No parece, por tanto, que nos encontramos ante un peligroso conspirador.

Su problema es otro. Ha llegado a la conclusión de que Pedro Sánchez ha convertido la conservación del poder en el principio ordenador de la política española. Y lo ha escrito con una dureza creciente. El propio Burniol lo reconocía en «Examen de conciencia»: algunos lectores le reprochaban que la crítica a Sánchez se hubiera convertido casi en un monotema. Él respondía que la causa de su insistencia era el pacto del PSOE con los partidos separatistas y la progresiva desfiguración del Estado constitucional.

En «La revancha», el artículo rechazado, Burniol sostenía que España vive una nueva forma de guerra civil, afortunadamente híbrida, basada en la polarización, el bloqueo institucional y la división entre dos bandos separados por el “muro” proclamado por Sánchez. Afirmaba también que el objetivo final de este proceso es sustituir a la monarquía parlamentaria de 1978 por una república presidencialista, plurinacional y confederal.

La tesis puede parecer excesiva, apocalíptica o simplemente equivocada. Pero no contiene ningún llamamiento a la violencia ni desprecio alguno de la legalidad. Al contrario: acaba pidiendo que aparezca un líder democrático capaz de sacar a España de la crisis «desde la ley, con la ley y por la ley».

La ironía es que La Vanguardia ya había publicado, el 31 de agosto del 2024, otro artículo de Burniol titulado también «La revancha», con una tesis muy parecida. Y durante las semanas inmediatamente anteriores había acogido textos suyos de una dureza considerable: «Jaque a una monarquía parlamentaria», «Pedro Sánchez: rendición o repliegue», «Ante otro 98: el desastre final» y «El Rey constitucional no es solo un símbolo». En este último, publicado solo una semana antes de la ruptura, denunciaba ya la deriva hacia una república presidencialista encabezada por Sánchez.

Pero el lunes 24, cuando aún resonaba el silencio impuesto a López Burniol, La Vanguardia publicaba «El efecto Genovés»de Iván Redondo.

Redondo no es un analista cualquiera. Fue director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno entre 2018 y 2021, secretario del Consejo de Seguridad Nacional y principal estratega de Sánchez durante los primeros años en la Moncloa. Desde 2021 escribe cada lunes la sección The Situation Room en las páginas de Política y forma parte del Consejo Asesor de la Presidencia del Grupo Godó en Madrid. No es solo un articulista: forma parte de la arquitectura de influencia del grupo.

En su artículo, Redondo aplica a la crisis de Ceuta el llamado “efecto espectador”: cuando muchas personas presencian una emergencia, cada una espera que actúe la otra y, al final, nadie actúa. A su juicio, esto es lo que ha ocurrido en el Gobierno español, en el PP y en los representantes de Ceuta.

El procedimiento es elegante. Una crisis provocada por la imprevisión y la inacción del Gobierno se transforma en una responsabilidad colectiva. Como todo el mundo miraba, nadie era responsable. Redondo define lo ocurrido como un “golpe híbrido” y un “colapso humanitario”, pero declara que no entrará a averiguar quién tiene más culpa. Y, después de haber repartido pulcramente la responsabilidad, acaba señalando al PP porque no ha sabido dar el primer paso.

El Gobierno se desvanece dentro del grupo. Sánchez desaparece tras el efecto psicológico. Y la culpa, que había comenzado repartida entre todos, termina paseando por Génova.

Esta es la cuestión. No que La Vanguardia comparta las opiniones de Redondo. Ni siquiera que deje de publicar a López Burniol. La cuestión es la coincidencia reveladora: se aparta una veterana voz que identifica una responsabilidad política concreta, mientras se mantiene una tribuna privilegiada para quien, además, forma parte del Consejo Asesor del grupo. Una tribuna que se dedica a diluir la responsabilidad del Gobierno para justificar la penosa inacción de Sánchez en Ceuta y el fracaso del Estado en este caso por la inacción de su Gobierno.

Porque el presidente estaba de vacaciones y, justo cuando regresa, casi un mes después del inicio de los hechos, entonces sí convoca al Consejo de Ministros y al Consejo de Seguridad Nacional y nombra a un responsable único, como venía pidiendo desde principios de agosto el presidente de Ceuta. Es, el de Redondo, un debate vergonzante para blanquear al Gobierno al margen de toda consideración por los hechos.

El pluralismo no consiste en publicar opiniones diversas mientras no molesten demasiado. Se demuestra precisamente cuando una opinión comienza a resultar incómoda. Tolerar a los amigos es cordialidad. Tolerar a los discrepantes es pluralismo.

López Burniol se ha marchado. Redondo volverá el lunes. Y todo continuará con esa apariencia de normalidad que tienen las cosas cuando ya han quedado suficientemente claras. Lo que no está tan claro es si La Vanguardia se recuperará, en un futuro distinto, de su servilismo con el Gobierno.

Tolerar a los amigos es cordialidad. Tolerar a los discrepantes es pluralismo. López Burniol se ha ido de La Vanguardia. Redondo volverá el lunes. #LaVanguardia Compartir en X

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